ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Yordani y Yusnai fertilizan las primeras de las 40 hectáreas bajo riego por goteo. Foto: del autor

BARAGUÁ, Ciego de Ávila.—Dicen que cuando Severo González Hernández, el tronco de la familia, oyó hablar de cooperativas, fue al palmar aledaño a su casa de guano, se sentó en el lugar acostumbrado, exhaló aire y al rato volvió con la decisión que le cambió la vida a muchos guajiros de la zona.

UNA ORDEN “DEMOCRÁTICA”

—Muchachos, les dijo a sus seis hijos. Me hablaron de formar una cooperativa y si le idea viene de Fidel, yo levanto las dos manos y la orden está dada.

“Los seis partimos por derecho detrás del viejo, no muy convencidos porque los cambios siempre traen resistencia”, según comenta ahora Edelio González, conocido como Pi­po en la zona de La Cuba, el que siempre tuvo leyes de guajiro instruido.

“La discusión fue en marzo y el 25 de abril del ’79 ya teníamos creada la CPA Paquito González y, por orden ‘democrática’, si es que ustedes me entienden, papá me eligió presidente y, claro, mis hermanos estuvieron de acuerdo. Fui fiel a aquella decisión durante 27 años.

“De los primeros 16 socios, incluidas dos mujeres, siete tenían el apellido González. Así que no nos fue difícil formar un imperio de trabajo, con organización, disciplina y entrega por parte de quienes dieron el paso inicial, nada fácil en aquellos tiempos, al menos para nosotros.

“A decir verdad, el viejo dio la orden pero no había necesidad de formar una cooperativa, pensaba yo en aquel momento. Fíjate que teníamos una máquina Chevrolet, nuevecita, un camión, un tractor con todos los implementos agrícolas, turbinas para regadío y ese año fuimos los mejores productores de papa de la provincia. Así que necesidad, lo que se dice necesidad, no teníamos”, dijo con franqueza guajira.

“Fue bonito el inicio. Todo el mundo entregó la tierra y se sintió dueño del patrimonio colectivo. De repente, comenzó a aumentar el número de asociados, las producciones de plátano, boniato, melón, papa…”, relata Pipo.

“Uno se hacía la ilusión de que producía mucho, pero no es más que eso: la ilusión, porque en la unión está la fuerza y hoy es bien distinto a aquel comienzo”, afirma Urpiano Aguilar Mulet, de 77 años de edad, quien presta atención a las palabras de Pipo.

“No aporté tierra y fui el socio número 54 en integrarme. Ya no trabajo, pero recibo todos los beneficios como si fuera un asociado más”, aclara.

Pipo retoma la conversación: “Yo no hubiera querido irme jamás, pero entendí que debía darle paso a la nueva generación. Dije que Jose, el pecuario de entonces, era el hombre. Y mire si estaba claro que hoy la cooperativa está mejor que antes”, matiza la aseveración con la nostalgia de una generación muy apegada a la tierra, que incluso, fue capaz de imponer en el 2002 récord productivo de 232 000 quintales, el equivalente a poco más de 10 600 toneladas de viandas, granos, hortalizas y vegetales.

EL MISMO PAISAJE

“El paisaje en la cooperativa es el mismo de siempre, con los mismos cultivos, hombres y mujeres. Solo tratamos de poner en práctica lo que aprendimos en todos estos años; claro, salpicado con un poco de ingrediente propio”, comenta José Al­berto González, presidente de la CPA y miembro del Comité Central del Partido, y en quien Pipo puso los destinos de la cooperativa, en noviembre del 2006, “sin imaginar que llegara tan alto”, dice en tono de broma.

Del 2006 acá ha llovido mucho y, también, ha habido grandes sequías, como la de ahora, pero ni las lluvias a destiempo, ni el cambio climático, ni aquellos temporales de antaño que arrancaron cosechas, mellaron el espíritu de hombres y mujeres decididos a implantar un reinado en la producción, tanto que no hay en la provincia organización similar a la Paquito González, por demás, “la mejor del país el pasado año entre las del movimiento por los 100 000 quintales de viandas, hortalizas, granos y frutales”, según fuentes de la ANAP consultadas.

Como en la Paquito nadie cree en milagros, José Alberto prefiere atribuir los resultados a lo que él llama “una razón esencial”: el colec­tivismo que los une. “Ahora mismo, ante la im­posibilidad de continuar la preparación de tierra por las lluvias de los últimos días, la mayoría de los operadores de la maquina­ria está ocupada en la remodelación y ampliación de la cochiquera, y si llegamos a las áreas del goteo, verás a la gente fertilizando el plá­tano”.

Y en efecto, de esa labor se ocupaban Yor­dani Rosa Her­nández y Yusnai Zamora So­ca­rrás, dos jóvenes que a las 6:30 de la mañana entraron al campo “con la fresca para aprovechar el tiempo, porque cuando el Sol calienta el abono acaba con las manos.

“Por primera vez hacemos este trabajo, refiere Yusnai. El jefe de área nos explicó cómo realizarlo: debemos echar pequeñas dosis a unos 15 centímetros a ambos lados del tronco de las plantaciones, no hacerlo encima de las hojas, y lleva la dosis exacta, como en el programa de televisión”.

Un poco más adentro, en un área con maíz, la brigada de mujeres se ocupaba del raleo (eliminar las plantas que nacieron demasiado juntas) para garantizar el marco de siembra adecuado y lograr mejores rendimientos en la cosecha.

Aydée González Carratalá, con 28 años de permanencia en la CPA, da por sentado que la labor de las mujeres en el campo es imprescindible: “Realizamos distintos trabajos como la recolección de malanga, boniato; eliminamos las hierbas dentro de la papa. Aquí estamos 20 mujeres, pero en total somos más de 50, dispuestas a trabajar en lo que sea”.

“La idea, comenta José Alberto, es tratar de llegarle al récord productivo del 2002. Para eso nos preparamos. Este año, debemos sobrepasar las 6 590 toneladas (unos 140 440 quintales), pero tenemos potencialidades para producir 300 000 quintales, aunque, sabemos, queda mucho camino por recorrer para llenar la mesa de cualquier hogar y lograr que los precios bajen.

DALE TALLER

Las señales de progreso también llegan al taller, luego de atesorar durante varios años un inventario de equipos achacosos, que mantienen en pie gracias a la labor innovadora de los mecánicos y los propios operadores.

“La mayoría de nuestros tractores proceden del antiguo campo socialista y tienen más de dos décadas de explotación.

Hace unos meses llegó una nueva inyección. Fueron solo cinco tractores, pero es algo así como un suero en vena, porque da vitalidad a la cooperativa y eleva el coeficiente de disponibilidad técnica”, confiesa Yuslexi Paz Moya, jefe de maquinaria, transporte y riego.

“Aquí lo más importante es el cuidado de los equipos, porque quién sabe cuándo volverán a entrar otros, de ahí que dediquemos a la semana un día sorpresivo a la técnica, y uno al mes, pero este último más riguroso.

“Eso nos ha dado resultado, prosigue Yus­lexi, al extremo de que cuando llegaron los cinco tractores nuevos, varios operadores los querían, sin embargo, ganaron el derecho los de mejor trayectoria”.

El taller, declarado modelo hace poco más de un mes, se codea entre los mejores de la provincia. Hanoi Sánchez Medina, presidente de la ANAP en Ciego de Ávila, es categórico en su aseveración: “En las cooperativas no hay otro igual, donde impere tanto orden y limpieza”.

Algunos detalles validan tal aseveración: los 21 tractores y el K-700 duermen en el taller, limpios y habilitados, listos para salir bien temprano a cumplir con sus funciones agrarias; el coeficiente de disponibilidad técnica supera el 95 %, y el tiempo de paralización es mínimo, a no ser que la rotura sea grande.

Para José Alberto la labor de mecánicos y operadores es esencial en el cumplimiento de los planes de producción.

“Pudieran verse co­mo dos actividades muy alejadas entre sí, pero si la maquinaria no responde, la cooperativa no puede, siquiera, cumplir los programas de siembra y hoy no estuvieran plantadas la casi totalidad de las 671 hectáreas dedicadas al cultivo de viandas, granos y hortalizas.

Por ello, tiene toda lógica que en la Pa­quito González no esté resentida la cultura del mantenimiento, ni la disciplina tecnológica, que evitan los tropiezos ocasionados por las carencias financieras y la obsolescencia del parque.

Los trabajadores del taller, el campo, el so­cioadministrativo, la junta directiva… los más de 300 asociados, todos, desde hace mu­cho aprendieron que para producir alimentos se ne­cesita de una obra colectiva impecable, que comienza con la atención al hombre, pasa por el taller y termina cuando las cosechas llegan a la mesa de la familia cubana.

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