ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Atilio Borón participó en La Habana en el Congreso Universidad 2016. Foto: Jorge Luis González

Cuando Albert Einstein elabora su teoría de la relatividad no estudiaba en ninguna universidad. Era funcionario de la oficina de patentes de Ginebra. ¿Qué habría pasado si el genial científico alemán hubiera tenido que enfrentarse al pensamiento conservador de las instituciones académicas de su época?

“Si él hubiera estado en la universidad seguramente no le hubieran aceptado la publicación – asegura el politólogo y sociólogo argentino Atilio Borón- porque era demasiado audaz, demasiado temerario; cuestionaba muy radicalmente toda la Física de su época.”

No fue este el único caso en que un ente generador de conocimiento se negó a aceptar las ideas de quienes osaban desafiarlo con criterios contrarios al pensamiento convencional.

“En Oxford prendieron fuego a toda la obra de Santo Tomás de Aquino, el gran pensador dominico, en el siglo XIV. A principios del XVII quemaron los escritos de Thomas Hobbes, el gran filósofo inglés, porque se atrevía a poner en duda el derecho divino de la monarquía”, continúa Borón.

Los ejemplos que cita el destacado investigador argentino pudieran parecer remotos en el tiempo, pero son prácticas que de maneras más sutiles se utilizan todavía hoy, cuando persisten barreras entre lo que se admite y lo que se rechaza en el entorno académico, una realidad que no se puede ignorar y que repercute también en lo social.

No han sido pocos los esfuerzos de gobiernos conservadores para hacer de las universidades una mercancía que se rija por las leyes del mercado, lo que Atilio Borón define como “el acoso del neoliberalismo”.

Tampoco es del todo transparente el origen del financiamiento de algunas investigaciones (que salen de universidades) y los resultados de estas, que terminan dañando al ser humano o lo que es peor, experimentando con él.

Es entonces cuando las universidades corren el peligro de convertirse en un instrumento en beneficio de multinacionales y mega-corporaciones, mientras por otro lado las masas son arrastradas por una marea de conformismo, consumismo, inequidad, injusticia, pobreza, violencia…

Tampoco es noticia ver como en diferentes partes del mundo las universidades públicas – “muy amenazadas por esa asfixia financiera que la arroja en brazos de las grandes corporaciones”- van siendo desplazadas por las privadas, lo que invariablemente y en plazos cada vez más cortos se traduce en “el fin de la educación pública, de la salud pública, de la jubilación, la privatización de todos los derechos sociales.”

Además de conocimiento – para ingresar al mercado laboral y para comprender las complejidades del mundo actual- la universidad está llamada a “fomentar el avance de la paz”. En un entorno de guerras permanentes en todo el mundo, esta idea queda bastante clara. Pero también tiene la obligación de seguir desafiando lo establecido si en verdad quiere ser innovadora.

“Tenemos que estimular a aquellos que en las universidades piensan diferente, a aquellos que se atreven a tener un pensamiento crítico y están dispuestos a desafiar las ideas dominantes –recalca Atilio Borón-. La universidad tiene que ser ese centro de reflexión crítica. No es fácil. Tenemos que hacer que sea un foco de tolerancia de las ideas de discusión, de diálogo, de debate.”

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