ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El otorrino Juan José Oro Martínez asegura que el Hospital Central de Maputo, en Mozambique, dispone del equipamiento necesario para atender las entidades de su especialidad.

MAPUTO, Mozambique.—El rayos X de tórax anunciaba la presencia de un cuerpo extraño. Por sus características: puntiagudo, alargado, con aspecto metálico, parecía indicar que se trataba de un clavo. Y en realidad lo era. Ante el descuido de los padres, el pequeño de 19 meses de edad se había introducido en la boca el objeto de seis centímetros que terminó alojado en uno de sus pulmones.

El niño fue recibido en los servicios de urgencias del Hospital Central de Maputo, ubicado en la capital mozambiqueña. El doctor Juan José Oro Martínez, un otorrino holguinero que ya acumula más de un año de trabajo en esta institución, fue el encargado de atender al pequeñín que en muy poco tiempo volvió a los brazos de su madre, ya fuera de peligro.

Estos casos, nos explicó después el médico, constituyen las principales urgencias de su especialidad, “porque no solo se trata de una situación de salud compleja sino de un trauma familiar, y una vez que logramos salvar la vida ante un cuadro tan aparatoso, quienes participamos sentimos una gran satisfacción”.

Afortunadamente, este hospital, el mayor de su tipo en el país, dispone, a juicio de Oro Martínez, de equipamientos idóneos y tecnología de punta para atender estas entidades, tanto en consulta externa como en el salón de operaciones. Dicho desarrollo, sin embargo, no marcha acorde con la formación del capital humano, y si bien las instituciones de salud cuentan con equipos muy avanzados, el déficit de personal capacitado para usarlos resulta contradictorio.

Por ello, tal vez, la presencia de más de 50 colaboradores cubanos en el Hospital Central de Maputo se hace cada día más notoria y permite afianzar la ayuda que en materia de salud ya suma alrededor de cuatro décadas, sustentada hoy en los más de 280 cooperantes diseminados por todo Mozambique.
Esa fuerza, que al menos en Maputo es considerada “imprescindible, necesaria y que debe continuar”, enfrenta a diario, según Oro Mar­tínez, las olas interminables de infecciones por VIH, así como de enfermedades ma­lig­nas, tuberculosis y afecciones del oído me­dio. Y aunque a veces las jornadas resultan en extremo agotadoras, le han permitido conocer, muy de cerquita, “el alcance humanitario de la salud cubana”, ya hecha historia en este pedazo de mundo.

La doctora Niurbi Santiesteban coincide en la necesidad de un sistema de atención primaria de salud en Mozambique que permita evitar o detectar a tiempo las patologías.  Fotos de la AUTORA



LOS ROSTROS DE LA CONTINUIDAD

La primera frase que le escuchamos decir a Sonia Marrime sobre los profesionales cu­banos fue quizá la más completa y la prueba mayor de lo hecho en estas tierras, de sus buenas maneras, de la profesionalidad, sin que tales palabras se hayan mencionado nunca.

Esta doctora mozambiqueña, que actualmente cursa la especialidad de Oto­rrino­la­ringología (ORL) en el Hospital Central de Maputo, apenas dijo: “Aquí no hay un paciente que no guste de atenderse con los médicos cubanos”. Y fue suficiente, porque allí estaba implícito todo lo bueno que han sabido transmitirle a Mozambique.

Sonia tuvo la suerte, según nos contó, de formarse como médico con profesores cubanos y ahora vuelve a sentirse afortunada pues comparte los rigores de la residencia con tres otorrinos de la Isla, a quienes “la sensibilidad los distingue”.

Y ese lado humano, tan normal para noso­tros, casi excepcional aquí, también fue lo primero que conoció Paulino Conta Mua­rapaz, cuando llegó a Cuba siendo un niño y allá se hizo hombre, y médico.

En la Isla de la Juventud cursó la se­cundaria básica y el preuniversitario y luego estudió Medicina en la Facultad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba.  Hoy, de vuelta a Mozambique, después de casi 14 años, continúa sintiendo a Cuba, literalmente, muy próxima, porque son cubanos los especialistas que lo guían como residente en ORL.

No duda entonces en admitir que de esa tierra antillana extraña un poco de todo, “a las personas conocidas, las playas, el tiempo ma­ravilloso y hasta la pelota, porque mi equipo es Santiago, aunque ahora no esté muy bien. Todo lo que profesionalmente sé, lo aprendí allá, ni siquiera hablo un portugués perfecto porque se me da mejor el Español”. Y en un intento, quizá, de demostrarlo, pronunció: “In­con­men­surable, así ha sido el apoyo de Cu­ba a mi país”.

EL EMPUJE DE LAS MANOS AMIGAS

Aunque en Maputo, la capital mozambiqueña, está concentrada la mayor cantidad de médicos del país, la cifra es tan baja (poco más de 700) que ni allí es posible atenuar el déficit de especialistas, por ello son los cubanos, en casi todas las instituciones donde están ubicados, el empuje fundamental.

En el Hospital General José Macano, el segundo con mayor número de colaboradores en la capital, son muchos los casos donde la mano amiga de una isla del Caribe ha estado presente. A veces la única.

Ataviados con gorros, nasobucos y cuanta medida profiláctica es posible, entramos a una de sus salas de medicina interna. “Es que hay muchos casos de tuberculosis y otras enfermedades contagiosas”, nos advirtió Mag­da­lena Sá­enz, una doctora casi recién llegada a Mo­zam­bique, para quien resulta lastimosa “la au­sencia de un sistema de atención primaria de salud que permita evitar o detectar a tiempo las patologías”.

Según nos contó, “las personas llegan al hos­pital muy deterioradas y en ocasiones re­sulta imposible obtener buenos resultados. Hoy el Gobierno hace esfuerzos por mejorar su sistema sanitario, pero aún falta mucho por andar en ese camino, si bien el apoyo cubano debe ayudarlo a salir adelante”.

Cubrir de algún modo esos vacíos de salud, en un país cuya esperanza de vida no supera los 50 años de edad, resulta nuestro mayor compromiso, agregó Niurbi Santiesteban, otra de las doctoras que sostiene la colaboración en el José Macano y que ha sido artífice, como tantos cubanos en esta tierra, de mu­chas historias esperanzadoras.

ÁFRICA CON OJOS PROPIOS

EQUILIBRIO

Pareciera que llevan el mundo encima. Un mundo bien pesado al que solo vienen para cargarlo, y debajo, donde la vida pasa, tampoco es diferente.

Pueden ser cestas enormes de frutas o verduras, canastas de ropa, tanques de agua, leña o cualquier cosa. Pueden ser mu­jeres jóvenes o viejas las dueñas de la carga; pueden ser niñas, no importa cuán pequeñas. Siempre pobres, aunque eso ya es una carga añadida. Pero nunca son hombres, o casi nunca.

También es cosa de mujeres labrar la tierra, incluso con los bebés a la espalda. Y son muy fuertes, y no se quejan y probablemente les parezca bien que el mundo de los hombres sea tan ligero.

Eso fue lo que les enseñaron. Ha sido así por siempre. Lo aceptaron antes las abuelas, las tías, las hermanas…Y muy pocas veces, más allá de África, solemos cuestionar o incumplir lo que ha sido instituido como bien. Aunque esté muy mal. Pero también eso: la noción del bien y del mal, ya lo han dicho otros, es muy relativo.

De cualquier forma, las mujeres en Mozambique, en toda África y fuera de allí también, andan erguidas, con sus cuellos tensos, ajenas a quienes, imbuidos en otra cul­tura, otras costumbres y otros deberes instituidos, las miran asombrados, sintiéndose incapaces de hacer lo mismo.

Y hasta habrá quien elogie su equilibrio, su destreza, sin reparar en los siglos de desi­gualdad y discriminación que también cargan en sus cabezas. Un peso mucho mayor que cualquier otro sobre el cual sí valdría la pena reflexionar, independientemente de la cultura diferente o la “relatividad”.

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