
Desde hace tres días estoy recorriendo Mil Cumbres, en la región más occidental de Cuba. Mientras contemplo sus exuberantes bosques vienen a mi memoria los relatos de los cronistas de la colonización, según los cuales en aquella época se podían recorrer 200 leguas bajo la sombra de los árboles y arbustos que cubrían gran parte de la Isla.

Me pregunto si aquellos hombres tendrían una imagen semejante a la que estoy contemplando: palmas, robles, ceibas, guásimas, yagrumas y muchos otros árboles que convivían con los aborígenes, primeros habitantes de estas tierras. Completa la imagen un raro telón de fondo: los macizos montañosos Sierra del Rosario y Sierra de los Órganos –cuyo origen se remonta a los períodos Jurásico y Cretácico– con algunos mogotes de caprichosas formas que semejan enormes animales prehistóricos.
De este lugar, casi mágico, he recorrido palmo a palmo su mosaico de suelos cubiertos por diversos tipos de bosques, ascendido cumbres rematadas por el Pan de Guajaibón; vadeado ríos, penetrado en húmedas cavernas y disfrutado de su variada y en ocasiones exclusiva fauna; tiene fama por sus enormes majaes de Santa María, la boa cubana, aunque cuenta con otros no menos curiosos, como el Anolis vermiculatos o lagarto-caimán.
Pero sobre todo, son sus extensos y bien conservados bosques, que se extienden a lo largo y ancho de las 17 342 hectáreas de esta Área Protegida de Recursos Manejados, los que le imprimen una especie de mística que anima el espíritu. No hace falta una gran imaginación para quedar virtualmente hechizado por su paisajística.

También posee riquezas culturales, como sitios arqueológicos, hatos del siglo XIX, evidencias de un palenque de esclavos; lugares en los cuales se desarrollaron combates durante la Guerra de Independencia, y de la historia más reciente, la Cueva de los Portales, donde radicó la Comandancia de Ernesto Che Guevara cuando la Crisis de los Misiles en Octubre de 1962.
Y a todo eso hay que añadirle el valor que le imprime el trabajo del hombre por conservar intacta la naturaleza, preservar lo suelos, reforestar el área y construir senderos para disfrutar plenamente de tan hermoso lugar.
LA MAGIA VERDE DEL ENTORNO
Es el pino quien señorea en Mil Cumbres, que prácticamente se adueñó de su paisaje. La mirada se pierde en los pinares que llegan hasta la meseta de Cajálbana. El pino macho, según los especialistas, constituye el mayor fondo genético del área. Debido a su profusión se mezcla con otras formaciones vegetales naturales, de las que aquí hay ocho, de ahí que la flora sea muy diversa e interesante, como la de cuabales, de gran valor botánico y una de las mejores conservadas del país, por lo que es altamente apreciada por los expertos.
Pueden encontrarse 49 especies endémicas locales, desde plantas como el granadillo, con la que se puede construir instrumentos musicales, hasta otras que actualmente son objeto de estudio para su posible uso en la Medicina. También crecen en Mil Cumbres diversas variedades de orquídeas y helechos, así como otras no menos apreciadas.
Punto y aparte merece una planta que sólo aquí puede observarse, la Palma Corcho (Microcycas calocoma), testigo excepcional de la existencia de una parte del país en la época en que los grandes reptiles dominaban el planeta. Para verla, tuve que ascender por un tortuoso sendero hasta que dos especialistas que me acompañaban, conocedores y experimentados, me la mostraron erguida sobre unas lajas de piedra al borde de un río, como escondida para perpetuarse allí quién sabe cuánto tiempo más.

Pero al adentrarme en el bosque me quedé maravillada con la abundante avifauna que tiene su hábitat en el área. Sus melodiosos trinos me acompañaron durante todos esos días. Como era en pleno mes de marzo, cuando asoman las primeras señales de la primavera y las aves comienzan su período de reproducción, me fue difícil sustraerme a su presencia, sobre todo la del tocororo, que no huía en vuelo precipitado ante extraños, sino que desde su acecho emitía un llamado de apareo a las hembras que parecían aguardar ansiosas la señal.
Esta vez, la que acaparó toda mi atención fue una rara y poca vistosa criatura, con una aureola de misterio debido a sus casi desconocidos hábitos, lo que entre los conocedores le ha ganado el nombre de "ave mística": el ruiseñor cubano. Después de una rápida incursión a un alejado punto donde pude escuchar fragmentos de su melodioso trino, me dediqué a encontrarlo, lo que no pude lograr hasta mucho tiempo más tarde.













COMENTAR
maykel dijo:
1
20 de enero de 2016
13:05:53
Lisana González Suárez Respondió:
21 de enero de 2016
11:27:29
Responder comentario