
BULAWAYO, Zimbabwe.— Puede que su método no haya sido el más convencional. Pero eso, en verdad, carece de importancia cuando de salvar vidas se trata. Y en tales casos, por más maquiavélico que parezca, el fin justifica los medios.
La historia nos la contaron en Bulawayo, la segunda ciudad más importante de Zimbabwe, que cuenta hoy con 11 colaboradores de la Brigada Médica cubana. Allí, como en África toda, los médicos hacen cuanto está a su alcance para sanar a toda costa a disímiles personas, en un continente castigado en demasía por las epidemias y las enfermedades.
Todo ocurrió en la sala de Nefrología del hospital Mpilo, donde trabaja José Alberto Hernández, o Matojo, como le llaman desde pequeño, acaso por su parecido con el animado infantil.
En Cuba, las salas de este tipo siempre tienen un médico de guardia, encargado de atender cualquier complicación, nos aclara este enfermero intensivista de Sancti Spíritus, especializado en Nefrología. En Bulawayo, sin embargo, buena parte de las emergencias las enfrenta el personal de enfermería.
Recuerda Matojo que el paciente había hecho una hipoglicemia, y cuando preguntó por un suero para suministrárselo, una de las trabajadoras le dijo que no había. Sin pensarlo mucho, salió disparado hacia el pantry, agarró un poco de azúcar, con sus manos introdujo varias dosis en la boca del desfallecido y esperó cinco minutos aproximadamente.
“Cuando el hombre abrió los ojos, me volvió el alma al cuerpo”, asegura, y casi sin detenerse enrumba sus pasos hacia la cama de otro necesitado, donde quizá tenga que implementar alguna estrategia, a la cubana, para preservar, más allá de los protocolos, la vida.
GRACIAS, EN PERFECTO ESPAÑOL
Solo tres pediatras componen el servicio de esta especialidad en el hospital Mpilo. Y no son suficientes. De ahí que el director de dicha área en la institución, Wedu Ndebele, considere de suma importancia la colaboración de los profesionales cubanos.
“Su nivel de calificación es alto y hasta se han adaptado a los protocolos nacionales, los cuales difieren de los aplicados en Cuba”, dice, y a su vez reconoce que “el país los necesita pues son de mucha ayuda”.
Justo en el equipo de los necesarios encontramos a Félix Villalón Pimentel, un pediatra intensivista que después de un año aquí bien conoce el rostro de la muerte, mucho más duro cuando se trata de niños, y también sabe de caritas felices luego de la aplicación de un buen tratamiento.

Por esa mezcla de sensaciones, tal vez insista tanto en la sensibilidad, dedicación y espiritualidad que demanda la Pediatría, cualidades, en definitiva, de nuestra medicina, y que en cualquier rincón de este mundo hacen la diferencia, y hasta ayudan a entender por qué de una larga fila todos querían verse con los doctores cubanos.
De esa cola también se nutre otra tan extensa como la primera, la de los agradecidos, ya sea por la cura o el cariño, por la atención o el sosiego. Y los gestos de gratitud, cuando son auténticos, perduran. Félix, por ejemplo, difícilmente olvide a aquel padre que luego de llegar a casa con su hijito a salvo, practicó tanto como pudo para decirle, en perfecto español: “Gracias por curar al niño”.
La frase pudo ser dicha en shona, su lengua natal, o en inglés. Para el médico hubiese sido suficiente. Pero la dijo en español, con las únicas palabras que tal vez sepa. Y fue tan sentido, que por algunos segundos Félix no supo qué decir, en ningún idioma.
LEJOS DE CASA TODO ES MÁS DIFÍCIL
La ausencia de profesionales especializados en Zimbabwe, ya lo hemos dicho, pone en jaque cualquier servicio. Existen especialidades que no cuentan con ningún médico nacional, y en otras son muy escasos, escasísimos. También Psiquiatría, como podría ser Cardiología, Neonatología, Neurocirugía… (y la lista resulta interminable) es de esas áreas donde el apoyo cubano ha sido vital.
En el Hospital Central Ingutsheni, de Bulawayo, la psiquiatra Sandra Sánchez ha debido ejercitar todo su conocimiento y echarle mano a cada rato a la literatura, porque solo allí había visto enfermedades tan comunes hoy en su consulta.
Nos cuenta que es muy frecuente la demencia por sida, la cual produce alucinaciones, trastornos de memoria y conducta, síntomas propios de otras entidades, por lo que puede errarse en el diagnóstico si no se está bien preparado.
Por eso subraya que esta misión supone un gran reto profesional, y hasta humano, porque siempre es gratificante curar a aquellos que nunca habían tenido un médico a quien abordar a cualquier hora, en medio del pasillo, sin protocolos excesivos o falsas jerarquías.
Sabe Sandra que es alto el riesgo al cual se exponen, pues en Zimbabwe, como en casi todo el continente africano, cualquier epidemia puede propagarse de modo vertiginoso ante la carencia de servicios básicos de atención primaria, orientados a la prevención y promoción de salud.
De cualquier forma, todo lo noble de su profesión la impulsa y la sostiene. Así fue antes cuando las barreras idiomáticas le parecían insuperables y el rostro húmedo marcaba el comienzo de cada día. Ahora habla de otras experiencias, incluso de felicidad, aunque permanezca intacto el anhelo infinito de volver a su tierra.
|













COMENTAR
Responder comentario