
HOLGUÍN.— Amar lo que hacen es una cualidad común en Mislanda Pérez Ávila y Milagros Sánchez Batista, tecnóloga y costurera, respectivamente, de la fábrica Lidia Doce, ubicada en la capital provincial e integrante de la UEB Confecciones Yamarex.
Ambas no reparan en afirmar que les basta una mirada para conocer si el pantalón que viste un hombre procede del establecimiento donde trabajan. Estiman que al resto de sus compañeras de faena les ocurre igual, y es porque esa prenda de vestir masculina, avalada por la calidad, se ha convertido con el paso de los años en el producto líder del centro. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio del Interior la encargan para sus oficiales, argumentan.
El colectivo está apto para asumir los más diversos pedidos y entre ellos también están los uniformes escolares, cuya confección emprenden a gusto porque los identifican con el derecho de niñas y niños a la educación, explica Mislanda, quien anuncia que tras satisfacer este año el voluminoso pedido destinado a la enseñanza primaria, en la segunda mitad de enero venidero acometerán lo demandado para el 2016 en cuanto a secundaria básica.
Conversadora espontánea, Milagros recuerda que lleva 18 años en el centro y que es fruto del sistema interno de capacitación. Acerca de las prendas de uniformes de enfermeras en preparación apunta que tendrán un buen acabado, como ha ocurrido con el resto de lo demandado por el Ministerio de Salud Pública.
Le parece casi imposible afectar la calidad de las confecciones porque a los sistemas de control, que tienen su base en las brigadas, se unen los reproches del colectivo, bien informado del destino de los pedidos, debido al hábito de la administración de mantenerlos al tanto sobre del nivel de satisfacción de los clientes.
La joven Elianis Losada Nieblas es segura en el empleo de la máquina de coser en la que ensambla piezas de tela blanca.
No hace mucho era alumna del politécnico Julio Antonio Mella y tras recibir el certificado de obrera calificada le ofertaron el puesto de costurera en la fábrica. Recientemente enfrentó el severo escrutinio del comité de expertos y de la categoría de costurera C pasó a la B.
María Delia Morales fue compañera de escuela de Elianis, con quien aprovechó la oportunidad que ofrece el establecimiento convertido en aula anexa del politécnico, razón por la que dominar los equipos e interactuar con los trabajadores fogueados no constituyeron problemas. Pronto se someterá a la pruebas de cambio de categoría.
Captar fuerza de trabajo y sostener la capacitación son tareas vitales para el centro, de ahí que no se dejan a la espontaneidad, refiere Ernesto Rodríguez Hernández, especialista principal de recursos humanos. “Del Mella procede un grupo de muchachas, aunque no ponemos obstáculos al ingreso por otras vías. Cuando las jóvenes se incorporan, entran en juego las maestras de calidad, las jefas de brigada y las trabajadoras de mayor experiencia, que las tutelan hasta declararlas aptas para realizar todo tipo de operaciones”.
Con la responsabilidad de mantener en explotación constante más de 200 equipos diseñados para realizar complejas operaciones, cualquiera diría que Laritza de la Rosa Pérez permanece alterada; sin embargo, eso no ocurre porque existe un serio programa de mantenimiento, clave del bajo índice de roturas. Las máquinas, puntualiza, tienen nueve años de uso y deben permanecer listas para satisfacer pedidos de cualquier cliente.
Y estos no faltan. En la nave aledaña al taller de costura, Orestes Domínguez Velázquez y Wilder Reyes Expósito, auxiliados por equipos eléctricos, cortan piezas dibujadas en grandes paños de tela. Un nuevo lote de pantalones de hombre está por salir.













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