
HARARE, Zimbabwe.—Antes de la llegada de los médicos cubanos a la provincia de Masvingo, situada a unos 300 kilómetros de la capital zimbabwense de Harare, los niños enfermaban, y hasta morían, sin que los viera un pediatra. Pero es costumbre de nuestra gente llegar a donde otros no lo hacen, y una vez allí, echar pie en tierra por quienes lo necesiten.
El doctor Rafael Cruzata, especialista en Pediatría, fue el médico que un año atrás debió atender las afecciones acumuladas de una población próxima a los 460 000 habitantes, donde la atención primaria de salud no existe, y por consiguiente, es nulo el seguimiento a cualquier enfermedad.
Qué suerte hubiese corrido aquella pequeña de 11 años que llegó casi sin aliento al hospital provincial de Masvingo, luego de ser mordida por un cocodrilo, si el pediatra de Contramaestre no hubiese estado allí para suplir, de algún modo, tanto tiempo de ausencias.
Cruzata prefiere entonces no pensar en desenlaces fatales y se inclina por narrar lo que sucedió aquel día cuando la niña asomó al hospital después de seis horas del accidente, “anémica e inconsciente, con heridas severas en un muslo, y parte del estómago y genitales destrozados”.
Cuenta que la niña estaba sentada a la orilla del río con los pies en el agua, cuando de pronto salió el cocodrilo y la capturó entre las piernas. Fue un hermanito quien logró rescatarla y espantar al animal.
Por el tiempo transcurrido desde la mordida no pudieron suturarla en el momento y fue preciso entonces atender el sangramiento, transfundirla, estabilizarla y recuperarla del estado de inconsciencia. A la semana fue llevada al salón y le reconstruyeron las partes del cuerpo desgarradas.

Con sonrisa de satisfacción, este médico, que en sus 22 años de experiencia jamás había visto algo parecido, asegura que “la operación fue un éxito”. A los 20 días la jovencita caminaba y se mostraba feliz, ajena, desde su inocencia, al grave peligro sufrido y a la tensión de quien la devolvió con sus manos a la vida.
Pero esta historia es apenas una de las tantas que a diario asumen los galenos cubanos, en una tierra donde morir es tan normal que la vida, a veces, parece no importarles.
CUIDAR LA INOCENCIA
En Masvingo, luego de tantos años sin atención especializada, el número de niños con padecimientos crónicos era muy alto, por lo cual el doctor Rafael debió organizar consultas externas cuatro veces por semana y planificar una agenda que siempre estuvo muy apretada. Entre diez y 12 horas duraban las jornadas diarias, no obstante, debía estar localizable ante cualquier emergencia.
Esa etapa en el hospital provincial fue muy dura, dice este médico santiaguero, quien pasó mucho trabajo para asimilar las particularidades del sistema de salud, tan diferente al nuestro, donde humanismo y entrega son valores intrínsecos de la profesión. Pero desde hace dos meses ya no trabaja en
Masvingo, sino en el Grupo de Hospitales Parirenyatwa, ubicado en la capital y cuyo nombre rinde homenaje al primer médico negro de este país africano.
Forma parte entonces de los 14 colaboradores que actualmente prestan sus servicios en el hospital y ayudan a suplir el déficit de especialistas. Ya aquí, Cruzata no es el único médico, pues el centro dispone de un equipo de profesionales zimbabwenses con quienes es posible compartir el trabajo y que en su opinión están muy bien preparados.
Ello, sin embargo, no le aligera suficientemente los días, teniendo en cuenta que en Zimbabwe el número de partos es alto, donde el 30 % aún ocurre en las casas sin atención médica, lo cual eleva las sepsis en los niños.
Sobrecoge saber que en la sala de pediatría clínica, donde atiende como promedio entre 25 y 30 pacientes diarios, unido a igual número en consulta externa, es frecuente encontrar pequeños de dos meses de edad con sida, tuberculosis o fiebre tifoidea. Y predominan los desnutridos, en su mayoría por la falta de alimentos.
Ya la enfermera especialista en Neonatología, Oraida Águila, única en la brigada médica y en Zimbabwe, nos había alertado sobre el elevado índice de prematuridad, malformaciones e infecciones en los niños, debido a la ausencia de un seguimiento prenatal a las embarazadas.
Esta espirituana dedica sus desvelos a la única sala de Neonatología del país, ubicada en el Hospital Central de Harare, con capacidad para cien niños. Ella, por su destreza en procederes como intubación endotraqueal, canalización de venas… se ha convertido en la mano derecha de los colegas zimbabwenses.
Quizá por ello, en la sala de los neonatos, como antes en la de Pediatría, se percibe un clima cálido de integración profesional, justo donde hoy los médicos cubanos ayudan a sanar el futuro de Zimbabwe.
África con ojos propios
Sadza
Oliver Gogo es chofer. Un buen chofer zimbabwense que desde nuestra llegada nos ha mostrado, acaso sin pretenderlo, los atractivos de su país, tan distante culturalmente al nuestro.
Y sin querer también hemos alterado su rutina, sus horarios, y hasta ha debido comer platillos rápidos, tan comunes en medio de nuestra vorágine, tan diferentes a su sadza. Pero hoy, Oliver no pudo más y salió en busca de su platillo favorito, que también es el de cualquier zimbabwense.
Las tradiciones culinarias, como las culturales o religiosas, nos definen. Nos distinguen. La sadza, sin dudas, es parte de la identidad de Zimbabwe, plato típico que no puede faltar en la dieta, los siete días de la semana, ya sea en el almuerzo, ya sea en la comida.
Se trata de una pasta de harina de maíz blanco, sin una pizca de sal. La preparación es aparentemente sencilla: se cocina la harina con agua hasta que empiece a hervir y luego se espesa, sin que llegue a solidificarse en demasía.
Así de simple se cuece la sadza. Y la terminación del plato está en la salsa acompañante. En Zimbabwe hay disímiles variedades. No obstante, la mayoría prefiere la salsa de huesos, que según dicen, es muy rica en nutrientes, aunque científicamente no existan investigaciones conclusivas. También la comen con carne de res, pollo, o con un guisado de verduras.
Normalmente se sirve en un plato común y se coge con la mano. Se hace bolas y se moja en la salsa. Y si algún extranjero, por curiosidad, intenta probarlo y no le gusta, piénselo bien antes de escupir si anda por la calle. Ello ofende a cualquier zimbabwense, quien asume el acto como un agravio a su país.
Así que si anda de visita por Zimbabwe, ojalá le guste la sadza.













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celia dijo:
1
25 de noviembre de 2015
06:40:42
osmany dijo:
2
25 de noviembre de 2015
10:03:31
LEONARDO OJEDA HERNANDEZ dijo:
3
25 de noviembre de 2015
10:12:50
Angelina Ramos Montoya dijo:
4
27 de noviembre de 2015
14:31:42
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