
Sancti Spíritus.— Tal vez no superen la soledad de Kiribati, el mal tiempo de Belice o la agreste Amazonía, pero si de territorio inexplorado se trata, ellos son primerizos en el arte de conducir un arria de mulos, bañarse en un río “congelado” sin titiritar y atemperar la presión de las alturas. Luis Miguel y Yainiel confirman que, definitivamente, no hace falta salir del país para cumplir una misión.
En Gavilanes, donde atraviesan dos ríos y bajan y suben incontables elevaciones de esa geografía espirituana en medio del Escambray, se han responsabilizado con la comunidad de 312 personas; un acto recíproco de los jóvenes porque los habitantes de esa zona de Fomento llevan años atrincherados en su postura de “hacerse cargo de los médicos”. En teoría de gavilaneros eso significa estar pendientes del buche de café, de si les falta comida, si necesitan una manito en la batea, si pueden calmar sus preocupaciones… y un montón de maneras más que guían a los muchachos en el camino de la vida, malcriándolos un poco, también.
El recién graduado doctor Luis Miguel Gómez Borges ha venido desde Iguará, un poblado del municipio de Yaguajay y en el mes que apenas lleva en Gavilanes ha sentido esa gratitud desenfrenada.
“Suele ser normal la curiosidad cuando alguien llega, de afuera, a un poblado”, contesta apenado Luis Miguel, con una novia en Sancti Spíritus y renuente a la vida perpetua en esos lares. “Mi misión es trabajar aquí uno o dos años, y después de mí alguien vendrá, lo importante es que esta gente no esté sin la asistencia”. Y esa labor puede parecerle sencilla, casi rutinaria entre la presión de los hipertensos, el seguimiento de las embarazadas y los pequeños, y algún que otro incidente típico de la zona. Pero con el solo hecho de permanecer allí puede regocijarse la gente de Gavilanes, quienes, además, tienen para sí un estomatólogo: Yainiel Machado Cañizares, otro joven de 24 años, recién estrenado en la estomatología y en las alturas, ya que, increíblemente, viviendo en Fomento, nunca antes se había empinado por los 27 kilómetros que conducen a Gavilanes.
“El sillón está viejo, sin embargo funciona, y los recursos están, por ser esta una zona priorizada”, aclara Yainiel mientras reconoce que lo que más ha hecho son extracciones a “gente guapa que no le tiene miedo al dentista”. Debe todavía incidir en la higiene bucal aunque sabe que, por lo general, el guajiro acude a consulta en última instancia y no es muy dado a reconocer sus padecimientos.
FOMENTANDO HISTORIAS
La enraizada costumbre de subestimar riesgos ha llevado al doctor Héctor Hurtado Luna, subdirector municipal de Salud en el municipio de Fomento ha “montear” cuanta embarazada habite por la geografía montañosa; renuentes algunas y tan confiadas otras que no les permite vaticinar posibles complicaciones. Precisamente por esa atención preventiva, hace años que nadie muere allí; es tanto el celo de quienes atienden el Programa Materno Infantil, que más que pacientes que engrosan estadísticas sagradas y primermundistas de la salud cubana, parecen hijas “cabezonas” que se siguen queriendo.
“Me considero un hombre con facilidad de palabras y con conocimientos suficientes para convencerlas de por qué deben bajar hasta Fomento. Y he tenido que enfrentar esposos y familiares que tampoco creen en la pertinencia de un ingreso a tiempo. No obstante, los resultados, han costado, pero están ahí”, sostiene Luna, quien admira, al mismo tiempo, la labor de Yainiel y Luis Miguel. “Esos muchachitos son muy buenos”, dice en tono paternal.
Allá arriba también están la enfermera, la farmacia, los dos teléfonos satelitales, una bodega surtida que siempre podría estar mejor, una panadería de panes amarillitos y suaves, un círculo social, la escuelita reluciente y el museo Frente de Las Villas, porque mucho más alto que Gavilanes está Caballete de Casa; de hecho, Gavilanes viene siendo “el parqueo”, pues hasta la cúspide solo se llega caminando dos horas después, si se es ágil.
Hasta allá no se va por pura vocación de senderismo, como tampoco se entra al museo para cobijarse de la llovizna.
Ahora, frente a Luis Miguel, Yainiel y el doctor Hurtado Luna vivo la aventura de 17 años atrás cuando cientos de muchachos y muchachas ascendíamos en busca de un lugar que mereciera el privilegio de recibir un carné de joven comunista; hoy continúa siendo un sitio reservado para caminantes que, de alguna manera, quieren revivir la historia del Che Guevara y su gente.
En lo que fuera el primer hospitalito de la zona, antigua casa que el Che lograra acondicionar para atender a las tropas de las dos columnas (la 2 y la 8) y a los pobladores del lugar, yacen las imágenes del momento y el mulo que la taxidermia conserva medio siglo después. Solo falta imaginarnos al Comandante, bajando de la Sierra Maestra en él.
Yainiel y Luis Miguel aprovecharían el adelanto que les regala la cuesta a Gavilanes para subir a la antigua Comandancia y no solo eso, descubrirían la historia de la lavandera del Che.
Fortuitamente cruzaba el tercero de los ríos cuando su boina estampada del Che nos impulsaba a “congelar” la imagen de una anciana desafiando la montaña con un símbolo en su frente. Ahí mismo ella aprovechó para balbucearnos su nombre, irrelevante a todas luces porque sea Ángel Mina o Angelina, su epíteto minimiza cualquier identificación.
“Yo soy la lavandera del Che”, dijo en presente, haciéndonos creer que un lapsus desmemoriado la ubicaba 57 años antes. No obstante, con la cordura de su avanzada vejez explicó, en pasado, cómo le gustaba al Che su ropa, “solo limpia, así lo hice por muuuucho tiempo, con un amor muy grande”.
Dice que la lleva para acordarse de él, y el doctor y el estomatólogo se enteran por Granma de que la boina que se han cansado de ver no es atuendo que luzca su paciente a falta de un sombrero —mucho más apropiado y común en los soles de la Isla— sino que, en algún recodo de su vida, ella sigue siendo la lavandera del Che.
Lo corrobora Eugenio Días Pérez, el delegado de la zona, un hombre “nacío y críao aquí. Desde que soy un niño, y ya tengo 44, la veo así. Su marido, ya fallecido, también se ponía una igualita, pero yo creo que ella no se la quita ni pa dormir, jamás la he visto sin la boina en la cabeza”.
Así está el Che y su ejemplo en Gavilanes, el mismo sitio en el que Yainiel y Luis Miguel son testigos y protagonistas de la velocidad supersónica con que las aguas se escurren por las montañas dejándonos atrapados al otro lado del río; del exquisito café montañés; del silencio y la bonanza espiritual de su gente y de la “altura” de la medicina cubana.













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machete dijo:
1
27 de octubre de 2015
07:44:47
yudelka dijo:
2
27 de octubre de 2015
09:30:46
Nercys dijo:
3
27 de octubre de 2015
12:27:30
yoel dijo:
4
27 de octubre de 2015
12:59:30
Wuiliam Rodriguez dijo:
5
27 de octubre de 2015
18:54:11
eme dijo:
6
28 de octubre de 2015
10:47:29
peter san pedro dijo:
7
28 de octubre de 2015
15:14:42
EduardoJC dijo:
8
29 de octubre de 2015
10:49:41
barbara rodriguez lopez dijo:
9
30 de octubre de 2015
11:16:45
Anisiel Delgado dijo:
10
8 de noviembre de 2015
21:50:02
Hector Daniel Hurtado Varona dijo:
11
11 de noviembre de 2015
15:31:11
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