Unos en la tribuna y otros —la mayoría— como una enésima parte de ese cuadro apretado que dominó las calles.
Unos abajo, con la espalda “trancada” y el abdomen contraído, con el aire repartido entre gritar un ¡Viva! o soportar el pequeño y más valioso pedazo de su orgullo personal, ahora arriba, alzado sobre los hombros; porque quiere ser parte de la fiesta desde allí, donde puede mirar bien, gritar y saludar con su manito infantil.
Unos sobre el asfalto de la ciudad o el poblado llanero, desfilando, gracias a la suerte geográfica de residir allí en la cabecera; pero otros empinados en sus lomas de vivir y trabajar, donde hace poco celebraron también su “acto de barrio”, y consuelan el “no poder estar” con la certeza de que allí, en sus montañas, nació la Revolución que ellos defienden y construyen a fuerza de sudor.
El primero de mayo en Cuba tiene estas diferencias, tan pequeñas y físicas, de las alturas en que cada cual se lo disfruta. En definitiva, sea desde más arriba o más abajo, tiene justo ese final común, tan grande y espiritual, del disfrute.
Las altitudes distintas solo cambian de color la perspectiva, porque el que avanza en la calle clama por la fidelidad y la esperanza, y el que observa en la tribuna lo acompaña, con el sentimiento compartido.
El niño alzado sobre los hombros del padre tal vez no sepa, por la edad, las esencias de los vivas, pero concluye que algo bueno debe ser tanto color, grito, brinco y alegría… y eso le basta para entender, al menos, que es una fiesta.
El padre, allá abajo, no le explica. Deja que lo disfrute. Lo traerá el año que viene, y al siguiente, y él solito aprenderá que es cosa de voluntad, no de dictado, y que la fidelidad a los principios nobles es una gran virtud que salva pueblos.
En la marea del desfile, al nivel de la calle, la vista solo alcanza hasta quienes nos rodean, pero el fragor de pueblo que se siente ofrece la certeza del acompañamiento en multitud que enseñan esos planos de la televisión.
No hay montaje, hay principios; no hay chantaje ideológico, sino participación. La espontaneidad es un saldo incorruptible de la voluntad humana, capaz de vencer las pretensiones ocultas de las apariencias, y un pueblo de millones desbordado en sus calles, solo puede ser sinónimo de voluntad, no de apariencia.
Este primero de mayo Cuba vibró otra vez con un clamor obrero que estremeció toda su geografía, y de nuevo fue símbolo universal. Volvió a ser la unidad el mensaje más fuerte, y esta Isla creció sobre su propia altura.



















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