
LAS TUNAS.—“Dime, de verdad, ¿hay algo más lindo que eso?”.
Midaisy Escriba Concepción no necesita que le respondan. Tiene la confirmación ante su mirada, en el rebaño de reses que se acercan con lento y cadencioso paso, entre algún que otro mugido, envueltas en la dorada tonalidad del atardecer.
“Y pensar que empecé con seis vaquitas —añade tras exhalar un suspiro— cuando este lugar era puro marabú por todas partes. Hoy tengo 116 cabezas, áreas dedicadas a cultivos varios, ceba de toros, un coto para reserva genética...”.
Si sorprendente resulta para el visitante, mucho más lo es para quienes se negaban a entregarle tierra a Midaisy en aquellos marabuzales, por considerar tal decisión un fracaso seguro.
“Tras mucha insistencia querían darme seis hectáreas, por el simple hecho de ser mujer, pero me aferré a la idea de que me entregaran una caballería de tierra, como le estaban dando a los hombres. Por fin me complacieron. El reto era inmenso, aquí ni se podía caminar. Un día tuvimos que subirnos a un árbol de anoncillo para poder orientarnos y llegar hasta aquí.
“Además de esa plaga vegetal, tuve en contra la opinión de muchas personas que me tildaban de loca. Ni mis padres me entendieron al inicio. Hubo quienes hasta me dieron la espalda. Yo había dejado atrás las comodidades de mi casa para venir a hacer un ranchito aquí, sobre los restos de un piso que descubrimos bajo tierra, a los dos meses, mientras tumbábamos marabú.
“Llegué incluso a vender mis caballos de equitación para enfrentar la enorme inversión que significaba poner a producir este lugar. Podrás imaginar cómo me sentí. Yo integré el equipo Cuba de rodeo durante 23 años. Todavía compito en la carrera entre barriles.
“Fueron días muy duros. Creo que, además de mi hijo, solo un hombre me entendió, me siguió y me apoyó totalmente. Fue Reinier Arias Cutiño, un muchacho que no trabajaba. Algunos me criticaron. Lo consideraban un peligro. A mí eso no me importó. Confié en él, le di techo, abrigo, trabajo y la oportunidad de ser útil. Trabajábamos como verdaderos ‘animales’. A veces ni almorzábamos, decididos a avanzar más.
“Seis meses después fui ejemplo para los miembros de la misma UBPC a la que yo había pertenecido. No me lo propuse. Yo solo quería producir, tener animales, sobre todo ganado y caballos. Los caballos son mi vida. Mi intención era sacarle provecho, para mi familia y para la sociedad, a esa misma tierra que muchos obreros agrícolas se niegan a trabajar por miedo al marabú”.
CRÉDITO PARA LA AMAZONA
“La verdadera historia de mi finca, La Amazona, comenzó cuando decidí pedirle crédito al banco para fomentar la ceba de toros. Podemos dártelo, me dijeron, pero debes tener alimento animal. Eso fue lo primero que yo había garantizado. ¿A quién se le ocurre criar animales sin prever con qué alimentarlos? Por eso tengo forraje, caña, morera, canavalia, yuca, residuales de cultivos…
“Gracias al Decreto Ley 300 amplié mi tierra a cuatro caballerías, tres de ellas bastante limpias ya. Además de ganado mayor y cultivos, tengo cerdo criollo, gallina, conejo, codorniz, pavo real, guanajo, pollo conchinchilla, faisán y otras especies.
“Esto ha llevado mucho trabajo. He logrado algo, pero es solo el comienzo. Puedo hacer más, sobre todo con ayuda de los compañeros de la Asociación Cubana de Producción Animal (ACPA), a quienes les estaré eternamente agradecida, porque me descubrieron y me han apoyado con su experiencia”.
En opinión de Aurelio Quiñones Soria, vicepresidente de esa asociación, “no todos los hombres se atreverían a hacer lo que ha hecho Midaisy, quien ha despertado interés en numerosos eventos aquí, en otras provincias y está propuesta para el Premio Nacional a la excelencia en el trabajo de la mujer productora”.
Macizos de impenetrable marabú, sol abrasador, polvo, sequía, viento… se estrellan minuto a minuto contra la delicadeza de una mujer a quien nadie imaginaría inmersa en tan rudas faenas de campo, cuando camina por las calles de la ciudad.
—¿Cómo logras mantenerte así?
—Sencillo: se puede ser campesina y productora sin perder la ternura; se puede trabajar en las labores más duras sin renunciar a la delicadeza o a la preocupación constante por el cuidado de la piel, del pelo, de las manos. Se puede andar a caballo o cultivar la tierra de sol a sol sin dejar de ser femenina. Se puede ser más dura que el marabú y suave como una flor.
Por eso, cuando cae la tarde Midaisy se detiene junto al rancho a mirar esas reses que hoy ella y su familia arrean, pero que un día voceará y vendrán hasta sus pies, tal y como vino ella hasta las pezuñas del marabú, ante el llamado de la tierra.


















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WILFREDO dijo:
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29 de abril de 2015
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Requeda dijo:
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chacal dijo:
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30 de abril de 2015
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Yanelys dijo:
13
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Joaquin barcelo dijo:
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27 de noviembre de 2016
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