Era una mañana gris, de esas de lluvia fina. En el último viernes de su vida, al clarear el día, Carlos Manuel de Céspedes hizo la última anotación a su diario, correspondiente al 27 de febrero de 1874. Como si presintiera una desgracia cercana, consignó “para lo que pueda importar de aquí en adelante”, algunos datos de sus más crueles enemigos: Tomás Estrada Palma, Salvador Cisneros Betancourt, Fernando Fornaris…
Guardó la pluma para disfrutar del frugal almuerzo, que siempre tomaba a las diez de la mañana. Ese día lo acompañó José Lacret Morlot, entonces capitán y jefe de la prefectura de Guaninao, a la que pertenecía el caserío de San Lorenzo. A ese lugar lo había desterrado la Cámara de Representantes de la República de Cuba en Armas, tras deponerlo de la presidencia en Bijagual, el 27 de octubre de 1873.
En los tres meses siguientes a su destitución, permaneció atado al Gobierno mambí, cuyos funcionarios no solo le despojaron de su escolta y comitiva, sino que no perdieron oportunidad de vejarlo y humillarlo. A finales de diciembre la Cámara le autorizó a permanecer en Cambute. Ante el avance de los españoles, el 23 de enero de 1874 tuvo que trasladarse a Guaninao.
Aquel viernes de febrero, en el almuerzo, se evidenció que Lacret estaba enfermo, andaba con calenturas. Carlos Manuel le aconsejó que se fuera a acostar. A Carlitos Céspedes, su hijo y luego coronel mambí, lo envió a buscarle unos zapatos.
Vino Pedro Maceo Chamorro y como siempre se enfrascaron en una partida de ajedrez. Al terminar de jugarla, echó a andar por el caserío.
Nunca lo hacía solo, siempre lo acompañaban Lacret, Carlitos y el ayudante Pavón, todos armados, pero ese día los dos primeros no estaban con él y a Pavón, el mismo Céspedes lo había enviado adonde una familia para que la ayudara a construir un rancho.
A su paso, los vecinos lo saludaban con respeto: los ancianos se quitaban el sombrero, los niños se le acercaban, estaban aprendiendo con él a leer y escribir, y les saludaba poniéndole una mano en la cabeza. Para ellos era el Presidente Viejo, así le llamaban todos los serranos.
Entró en uno de los bohíos, adonde por costumbre iba al mediodía. Una mujer negra, sonriente, llenó de café una tacita, hecha de un fruto ya irreconocible. En esos momentos, guiados por un traidor, una patrulla de seis soldados españoles y un oficial avanzaban por la manigua, desbrozando monte. Entretanto, al bohío entro una muchacha, de tez trigueña y pelo negro, quien silenciosamente se sentó en un taburete. Ella ya llevaba en su vientre un vástago suyo pero nadie aún lo sospechaba.
Dicen que una niña avistó la llegada del enemigo. Céspedes trató de escapar por el camino del barranco, con los españoles detrás. Corría con dificultad y tenía problemas en la visión. Dos veces se detuvo para disparar contra sus perseguidores, quienes le dieron alcance. El Héroe del 10 de octubre volvió a disparar pero uno de aquellos hizo fuego primero. El chaleco se le fue humedeciendo debajo de la tetilla izquierda y el Presidente Viejo rodó cuatro metros barranco abajo. Ya lo había advertido tiempo atrás: “Nunca vivo me tomarán prisionero”.
Si con la muerte de Ignacio Agramonte, en 1873, la Revolución Cubana había perdido al Hombre de la unidad, a quien podía unir a todos los patriotas de la época, con la muerte de Céspedes se perdió al último líder con capacidad de salvar la revolución, a aquel que la había iniciado al grito de Independencia o Muerte, al adalid de la abolición de la esclavitud y la igualdad entre sus compatriotas, al intransigente de Yara, para quien doce hombres bastaban para la lucha y todos los cubanos eran sus hijos.
A partir de su muerte, achacada por muchos a la torpe y malsana actitud de la Cámara, cundieron la desconfianza y la animadversión entre las filas mambisas. Luego vinieron los sucesos de Santa Rita, las indisciplinas villareñas, el Motín de Santa Rita. Algunos se cansaron de luchar y pactaron con el enemigo. Vino el Zanjón.
En Baraguá, Antonio Maceo retomó la intransigencia de Yara y demostrando que en Cuba nunca podía haber paz sin independencia, transformó la capitulación en simple tregua. Diecisiete años después unas 35 localidades, al llamado de Martí, hicieron ondear nuevamente las banderas del ingenio Demajagua, Yara y Baraguá, y otra vez en la manigua se volvió a “batir el cobre” por la emancipación nacional.













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George dijo:
1
27 de febrero de 2015
17:34:26
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