
LAS TUNAS.— Sigue la escasez de agua complicando el panorama en distintas partes del archipiélago cubano. En tal contexto, pareciera también que no todos acabamos de asumir esa infeliz tendencia con el sentido de gravedad que realmente encierra, ni con la correspondiente postura en el orden práctico dentro del ámbito institucional, social y familiar.
Aparentemente más asociada o visible durante las últimas décadas en el territorio oriental, la sequía ha ido “ganando terreno” también en el centro y occidente del país.
Si informaciones recientes dan cuenta de unas 80 000 personas recibiendo agua mediante el empleo de pipas o carros cisterna en territorio tunero, no menos delicado se torna el asunto en provincias como Ciego de Ávila (históricamente rica en manto freático), donde ya las autoridades han tenido que aplicar medidas encaminadas a un uso más racional, frente a la depresión que muestran las principales fuentes subterráneas.
Otras zonas como Sancti Spíritus (antaño bendecida por fértiles ríos y embalses) tampoco escapan a un dilema que repercute en directo sobre la población, empresas, industrias, servicios, entidades estatales…
Pero hay otra “sequía” causando un daño irreparable: la sequía que agrieta y empolva mentes. ¿Quién no sabe que también se derrocha agua al por mayor? Eso es innegable. La acertada afirmación de que el ahorro constituye la principal fuente de ingreso en las condiciones actuales, no parece haber irrigado —como debiera haber sucedido ya— la conciencia de todos.
A menudo declaraciones de especialistas y directivos confirman en distintas partes del archipiélago que alrededor de un 50 % del agua bombeada se fuga por salideros, como consecuencia del deterioro que presentan redes demasiado viejas y sin el adecuado mantenimiento durante años.
Más allá del contratiempo financiero o material (recurso), emergen los casos de “célebres” salideros por donde ha manado tranquilamente el agua durante horas y días, a pesar de la oportuna alerta por parte de vecinos, entidades o por medios locales de comunicación.
Tampoco es secreto o noticia, lo que ocurre en numerosos edificios multifamiliares y viviendas, a ras de llaves, tuberías, baños sanitarios, tanques sin boya o válvula reguladora… por donde gota a gota, unas veces, y chorrito a chorrito, otras, se escapan niveles que hoy hasta el mismísimo río Cauto envidiaría beber.
Afirmar que hay total despreocupación en esos usuarios sería injusto e incierto. Sé de vecinos que han hecho verdaderas “maravillas” hidráulicas y sanitarias para paliar la situación hasta que la solvencia familiar les permita adquirir un herraje no siempre al alcance de sus posibilidades o presente en las tiendas que expenden esos renglones.
De todo hay en la viña del Señor, consigna una vieja frase popular. Solo que viñas o viñedos pueden secarse y colapsar si todos no ponemos dedo ya en orificios y grietas por donde se pierden grandes e irrecuperables volúmenes del insustituible líquido.
¿Qué orificios y qué grietas? Los ya mencionados y otros muchos, asociados a la “normalidad” con que cualquier ciudadano se pasa 30, 40 minutos y más lavando un carro a toda manguera en plena calle o echándole agua a las plantas o verduras sembradas en el patio de su hogar, en una pequeña parcela o finca… por solo mencionar dos ejemplos que saltan a ojos vista en toda Cuba.
¿Será que son insuficientes los nobles y reiterados llamados a la conciencia individual y colectiva? ¿Será que se está tornando necesario pasar a formas más rigurosas de acción con negligentes, derrochadores y “responsables-irresponsables”?
Ni aun lloviendo a cántaros y saciando presas, embalses y fuentes subterráneas la sed que ya acumulan, se justificaría la pérdida innecesaria de un líquido por el que penan millones de seres humanos en otras zonas del planeta, mientras los cubanos, como norma, tenemos el privilegio de recibir potabilizado, apto para el consumo y a la medida de la salud humana.


















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JoseL dijo:
1
9 de febrero de 2015
11:17:24
Francisco Valdés Medina dijo:
2
10 de febrero de 2015
08:39:26
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