
LAS TUNAS.— Es octubre de 1976. Cada paso que Carlos da multiplica la intensidad de un dolor que amenaza con hacerle estallar la cabeza.
Apenas puede respirar. Una punzada ardiente le perfora el lado izquierdo del pecho. No. No puede ser cierto eso del sabotaje contra el avión donde venía Carlitos. Vuelve a morder entre los dientes el grito de desesperación que lleva dentro.
Por fin llega a la casa. “¿Qué te ha pasado, viejo?”, le pregunta su hija. Quizá ni la ciencia tenga explicación, pero en un puñado de cuadras gran parte del cabello se le ha teñido de gris. Nunca Maricela, hermana del mártir Carlos Leyva González, olvidó aquella lastimosa imagen. “Mi padre murió con la muerte de Carlitos —me confesó una vez—. Eran uno solo. No exagero. Eran una sola persona.
“Yo creo que papá presentía la desgracia. Recuerdo que días antes de aquel viaje le aconsejó con voz muy dulce y angustiada: Ten cuidado, Chicho; ten mucho cuidado con esos aviones… Y mira lo que sucedió días después, el 6 de octubre”.
De nada sirvieron los más tiernos consejos, ni la insistencia de familiares cercanos y queridos. Muerto en vida, Carlos se negaba a alimentarse, a beber agua. El dolor fue carcomiendo su salud.
Finalmente falleció: una víctima más a la cuenta del terrorista Luis Posada Carriles y sus sanguijuelas internacionales. Con un sufrimiento no menos desgarrador e irreparable vivió Gudila González, la mamá de Carlitos. Un infarto cerebral la llevó a permanecer en silla de ruedas. La muerte terminó cargando con ella.
Imposible soslayar en estos difíciles días de octubre la inmerecida angustia (luto) de 73 familias, incluidas 11 guyanesas y cinco coreanas, cuya alegría cercenó en pedazos el terrorismo para sepultar, envuelta en llamas, en el fondo del mar.
Hoy la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) lleva en Las Tunas el nombre de Carlos Leyva González. La sala polivalente (una de las que mejor se conserva en el país, a pesar de su intensa y permanente actividad) honra generaciones con el nombre de Leonardo McKenzie Grant, asesinado también durante el crimen.
Los restos de papá Carlos descansan inquietos. Jamás vi su rostro en vida, pero lo imagino de estatura más bien pequeña, noble carácter y tierno hasta los huesos.
Por eso cuando paso cerca del viejo aserrío y del ferrocarril, me parece verlo, con una tenue sonrisa en el semblante y una carta entre las manos: la carta que casi a diario echaba en un buzón para hacerle llegar a Carlitos, hasta La Habana, el abrazo que por razones de distancia geográfica en ese instante no podía darle.
Solo que ni el terrorismo, ni sus artífices y más connotados representantes, sabrán jamás lo que significa un beso de padre a hijo, de hijo a madre, de hermano a hermano… un abrazo desde el fondo del pecho, convertido desde 1976 en triste abrazo desde el incierto e impreciso fondo del océano, allá en las costas de Barbados.


















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Olmes dijo:
1
4 de octubre de 2014
12:52:40
Aparicio dijo:
2
4 de octubre de 2014
13:19:56
Eliane Acosta Moreira dijo:
3
5 de octubre de 2014
15:45:24
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