Ni siquiera estos días de pandemia han logrado arrancarles a los niños sus celebraciones, aunque casi todas sean, hace algunos meses, demasiado sui géneris: cumpleaños sin amiguitos, por ejemplo, o Día Mundial de la Infancia sin los paseos de costumbre.
Pero los niños tienen una capacidad infinita: la de asombrar, sobre todo a nosotros, los adultos, que vamos enfrentando lo nuevo con miedos viejos. Y una de esas cosas que más nos asombra es su resiliencia, por más drásticos que sean los cambios.
En los tiempos que corren han sido los niños, probablemente, quienes han tenido que enfrentar más transformaciones en sus rutinas. Para ellos, la covid-19 se ha convertido en una palabra muy familiar, entretanto, lo verdaderamente familiar: la escuela, las salidas... han quedado pospuestas.
El nuevo coronavirus impone varios retos al mundo, a sus sistemas sanitarios, a sus economías, sumidas en una profunda crisis, y también a sus pequeños, que ajustan todo su ingenio a las dimensiones del hogar.
A causa del distanciamiento social, convirtieron sus casas en aulas, los balcones y terrazas en «parques de diversiones» y han conquistado todos los espacios, con algún que otro desorden de más. Y hemos sido los padres, la mayoría, un poco de maestros en aquello de la instrucción, y un poco de aprendices en aquello de asumir la vida, siempre, desde lo positivo, desde la confianza de volver, más temprano que tarde, a la «normalidad».
Solo que ese regreso es el más alto compromiso de los mayores y depende, por el bien de todos, y en especial de los niños, de su responsabilidad y de su capacidad para no improvisar o arriesgar lo hecho.
¿Qué vuelta a qué normalidad les estamos garantizando a los pequeños si no los mantenemos hoy a buen recaudo, distantes de salidas o visitas innecesarias? ¿Qué retorno les estamos procurando si no somos estrictos en el cumplimiento de todo lo dispuesto y si no entendemos que flexibilizar no significa violar las reglas?
La irresponsabilidad de los días recientes, sobre todo en La Habana, que incrementó el número de contagios, en lugar de acercarnos a la normalidad, nos aleja, y tensa aún más la cuerda económica, obligada a enfrentar gastos de más con ingresos de menos.
A los niños les siguen faltando los parques, y viceversa. Ojalá no les falte a los adultos la voluntad para ser disciplinados, sensatos y suficientemente prudentes como para devolvérselos, sin más demoras.






COMENTAR
Responder comentario