ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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Foto: Endrys Correa Vaillant

En días recientes leí un cartel inquietante a escasas puertas de mi casa: vivienda en vigilancia. En otro momento podría tratarse de un posible caso de dengue o de cualquier otro asunto de salud pública, pero esta vez podría ser un caso sospechoso del nuevo coronavirus, descubierto tras la pesquisa realizada a contactos de enfermos confirmados.

No es lo mismo, aunque pueda sonar egoísta, saber que los casos están en otra provincia, en otra ciudad, o, incluso, en la otra cuadra, que sentirlos tan cerca como a dos puertas, que sea a quien saludo cuando salgo a trabajar y pregunta por mi familia cuando pasamos días sin vernos. No faltó la preocupación de los amigos más cercanos por la salud de mi vecina, las llamadas desde el hospital para informar a la familia y la atención por el área de salud.

Mientras eso acontecía, apresuraba mis rutinas nocturnas para tratar de sumarme al aplauso de las nueve.

Primero esta redactora hacía una ovación privada, discreta y hasta fuera de hora, pero después pasó lo que pasó. A medida que avanzaban las medidas gubernamentales para controlar la propagación de la covid-19 y se intensificaba la labor de los médicos y estudiantes de Medicina, se incrementó la percepción de riesgo y ya no nos sentamos juntos en la cerca de la acera de enfrente aún cuando llevamos los nasobucos.

Cuando se confirmó la noticia –«negativo al coronavirus»–, la alegría fue colectiva y, la llegada de la vecina, todo un acontecimiento. No hubo besos ni abrazos, pero sí una dicha desbordante, anécdotas sobre los días de hospitalización y consejos para no volver a ser sospechoso.

Ese día, a las nueve de la noche, en mi cuadra hubo un aplauso prolongado y agradecido de mi vecina, su familia y los moradores de todas las casas colindantes. Así recordamos que todos somos susceptibles ante esta pandemia, que la enfermedad también puede tocar a nuestra puerta y que no hay nada mejor que estar vivo.

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