ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Ambos libros han sido distribuidos gratuitamente en Cuba. Foto: Yeilén Delgado Calvo

¿Cuántas escritoras muy buenas habrá que aún no hemos leído? ¿Cuántas obras no nos podrían ser definitorias y todavía no hemos abierto sus páginas? Lejos de provocar ansiedad, es un sentimiento maravilloso saber que existe un placer inagotable, que la lectura será un viaje de descubrimiento incesante e infinito mientras tengamos vida. En resumen, que no habrá soledad.

Porque voces como las de las mexicanas Amparo Dávila (1928-2020) y Guadalupe Dueñas (1907-2002) son una compañía absoluta; inquietantes ambas, sí, pero esenciales una vez conocidas: sus narrativas desgarran el velo de normalidad que nos cubre el mundo, y muestran lo perturbador que está ahí, apenas por debajo de la superficie.

Acercó al público cubano la obra de estas escritoras, recientemente, la colección «25 para el 25», una iniciativa del Fondo de Cultura Económica que ha distribuido millones de ejemplares gratuitos entre jóvenes del continente, en pos del fomento de la lectura.

Zapatos para toda la vida y otros cuentos, de Dueñas, reúne historias donde se mezclan lo insólito con el horror de lo cotidiano. Considerada una de las mejores cuentistas de Hispanoamérica, Guadalupe es –como reza la nota de contraportada– «una autora a la que no le quedan las ortodoxias literarias ni las etiquetas; su desbordante imaginación y su lúdico sentido narrativo la convierten en una de las escritoras latinoamericanas más iconoclastas y desafiantes».

Cuentos como A destiempo, Yo vendí mi nombre, y Águeda nos sitúan como lectores frente a temas universales, tratados de forma cruda: el amor enfermizo capaz de enloquecer a quien lo sufre; el sentimiento de nulidad tras una vida exitosa que se esfuma; la presión de pertenecer para sobrevivir, que la autora resuelve de modo desgarrador en el siguiente fragmento:

«La silueta de la madre Luz oscureció la ventana. La cruz marfileña en su esclavina inmovilizó su blancor de hostia. Águeda mentalmente imploró ayuda, y el crucifijo resbaló una lágrima a lo largo de la alfombra. La madre Luz se apresuró a recogerlo y con ella se inclinaron otras alumnas. Mientras duraba el desorden momentáneo, Águeda, sin levantar los ojos, indicó a la vecina que el dulce era para Lorenza.

«Las frutas de colores pasaron de mano en mano hasta llegar a su destino.

«Águeda tembló de rabia y vergüenza. Inútilmente Lorenza esperó su mirada. Vanamente la monja le regaló el crucifijo. –¡Soy sola! ¡Soy sola!– repitió para su corazón».

La palabra «insólito» vuelve a aparecer en las valoraciones de la crítica sobre el trabajo de Amparo Dávila, considerada pionera de la literatura fantástica.

En Música concreta, la editorial señala que, en la superficie de sus relatos, «en apariencia, pasa poco (...) Sin embargo, por debajo de ese ancestral patriarcado que parece inamovible, se agitan fuerzas extrañas, insólitas criaturas, absurdas situaciones que trastocan el orden del mundo y lo cuestionan con sutil empeño (...) manipula fragmentos de la realidad para convertirlos en inquietantes universos donde la locura y la sinrazón dejan sin aliento a sus lectores».

El furor actual que despierta la literatura de terror y tintes fantásticos escrita por latinoamericanas, podría buscar jugosos antecedentes –de incuestionable calidad– en cuentos como Arthur Smith, Detrás de la reja, Matilde Espejo o El entierro.

Más de una vez, quien lee se sorprende pidiendo: «no, no, que eso no pase», y otras veces hasta se le escapa una sonrisa irónica frente a determinadas cosas terribles, porque Amparo maneja un humor sutilísimo, casi imperceptible, pero poderoso.

En un cuento como Tina Reyes, la violencia hacia la mujer y el modo en que su posibilidad la constriñe socialmente están planteadas de forma magistral, por la originalidad. Tina espera que el hombre que la ha cortejado en la calle la agreda, la descuartice, porque otra cosa no es posible, y cuando lo «normal» no se realiza, no lo puede asimilar.

Sirvan esas recias líneas finales también para cerrar esta invitación a su obra: «Ella había cruzado el umbral de su destino había traspuesto la puerta de un sórdido cuarto de hotel y se precipitaba corriendo calle abajo en frenética carrera desesperada chocando con las gentes tropezando con todos como cuerpos a solas a oscuras que se encuentran se entrecruzan se juntan se separan se vuelven a juntar jadeantes voraces insaciables poseyendo y poseídos bajando y subiendo cabalgando en carrera ciega hasta el final con un desplome un caer de golpe en la nada fuera del tiempo y del espacio».

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