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«De la beldad vivía prendida su alma», dijo Martí sobre Julián del Casal Foto: Archivo Granma

Paradójicamente, murió de risa. Al borde de los 30 años, en la sobremesa tras una cena a la que lo habían invitado, el chiste de uno de los presentes le provocó una carcajada y la consiguiente rotura de un aneurisma. Tras la hemorragia, falleció.

Pero Julián del Casal (1863-1893) no fue un hombre feliz, aunque –según los testimonios de sus contemporáneos– tampoco tan lúgubre como se le ha dibujado a través de la interpretación de su obra.

Este mes se cumplieron 160 años del nacimiento del gran poeta cubano, cuyo nombre se inscribe entre otros poquísimos que conforman la más alta expresión del modernismo en las letras hispanas.

José Martí, quien comparte tal cima, dijo de Casal que había muerto «del pesar de vivir», en un artículo en el cual, a pesar de dejar claras sus diferencias en cuanto a la actitud vital ante la existencia, manifiesta su respeto por «aquel nombre tan bello que al pie de los versos tristes y joyantes parecía invención romántica más que realidad».

«De la beldad vivía prendida su alma», agregó sobre el autor de Hojas al viento, Nieve, y Bustos y rimas (libro conocido póstumamente). El notable crítico literario Enrique Anderson Imbert agrega otras luces sobre el espíritu creador de Casal: «No da un juicio sobre el mundo: su tema es la propia tristeza, que le sube de escondido manantial. Siente disgusto por la vida, eso es todo».

No faltan entonces los pretextos para acercarse a la Poesía completa del autor, disponible en la red de bibliotecas del país. Leerla constituye una oportunidad de primera mano para palpar su evolución, desde el romanticismo, a través de esos versos que él consideraba «negras mariposas».

En los poemas, Casal parece contestarse una y otra vez ¿Qué hace el huérfano en el mundo? La muerte de la madre, la ruina de la familia, la imposibilidad de hallar la plenitud del amor, la endeblez del cuerpo, vuelven incesantemente como motivaciones del dolor y del acto creativo.

Yo en los abismos del pesar me hundo / Y solo guardo en lo interior del alma / La nostalgia infinita de otro mundo; dice en un poema, y en otro declara: Soporto de la vida el rudo fardo, / Porque me alienta el formidable orgullo / De vivir (…) Persiguiendo fantásticas visiones.

Mientras se hunde en Abismos insondables de tristeza y afirma que En cualquier parte he de encontrarme solo, lo persiguen las sentencias recreadas en Nocturno por intermedio de la voz de su padre: No busques los aplausos o el renombre / En la lucha tenaz de la existencia; / Ten solo por hermano a cada hombre / Y por único juez a tu conciencia.

Julián ejerció, para sobrevivir, el periodismo, con una ironía tal que le costó ser cesanteado. Buscó otros aires en España, anheló una vida parisina, pero no fructificó. De vuelta a La Habana, su modesto cuarto siguió siendo el palacio de oropeles y porcelanas que construía en su imaginación el admirador y conocido de Rubén Darío.

Prefiguró la muerte: Gravad sobre mi tumba estas palabras: /«¡Amó solo en el mundo la Belleza! / ¡Que encuentre ahora la verdad su alma!», y vivió poco, pero ¿Quién pretende que dure más de un día / El aroma de un lirio?

Su reconocimiento llegó demasiado tarde para hacerle leve el andar por la realidad. No obstante, más allá de los estudios y las menciones en los manuales de literatura, quizá a Casal lo confortaría, sobre todo, el hecho de que podamos tener su poesía cada vez que digamos: ¡Yo también en el alma tengo frío!

 

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