Como cada año, para fortuna de los espectadores cubanos, arriba a nuestras salas el Festival de Cine Francés. Siempre, en Granma, comentamos varias de las películas más significativas en agenda, aunque casi nunca publicamos artículos que miren a esa industria por dentro. Sirvan estas líneas para saldar tal deuda.
Si bien no recupera todavía un nivel semejante a lo registrado antes de la pandemia del COVID–19, el cine francés es uno de los que más se ve por su propio público y, pese a que el calendario anterior se experimentó cierta retracción, los más de 40 millones de espectadores de 2025 para películas nacionales no guardan comparación con los de ninguna nación europea.
La cuota de mercado del 37,7 por ciento de la producción local (menor que en 2024, cuando llegó al 44 por ciento), no obstante, y como ha ocurrido en la década, sigue superando a la de las películas hollywoodenses (35,8). Eso, apreciado desde un plano global; si bien de las diez cintas más vistas al finalizar diciembre, nueve fueron norteamericanas y solo una de factura nacional.
Las 230 películas francesas estrenadas el pasado año –siete de las cuales superaron el millón de espectadores– recaudaron 272 millones de euros. O sea, prosigue la oferta y demanda del contenido endógeno, algo impensable en buena parte del mundo.
El anterior calendario –cuando esa industria coprodujo 137 películas con 41 entidades internacionales– la circulación en salas extranjeras del cine galo creció un seis por ciento, con 42,5 millones de entradas (su pantalla de animación, de las más sólidas en Europa, reunió un tercio de dichos boletos vendidos).
No tienen parangón, tampoco, los ingresos generales en taquilla de un país a la cabeza en Europa, con cerca de 157 millones de entradas vendidas en 2025 (contra las 85, 67 y 65 respectivas de Alemania, Italia y España, sus más cercanos competidores).
Se trata de una industria sana, robusta –la cual genera más de un cuarto de millón de empleos–, capaz de propiciar el estreno de un distendido diapasón de títulos: desde grandes superproducciones históricas o aventuras o dramas inspirados en sus monumentos literarios, hasta comedias, cine de acción y relatos de corte intimista, varios de cuyos títulos pertenecen a prestigiosos autores.
La industria francesa –la segunda mejor representada en los diez principales festivales Clase A del planeta– cuenta con financiación estructural, envidiable capacidad de reinversión automática y medidas regulatorias favorecedoras.
Recibe un apoyo anual de más de 300 millones de euros por parte del Centro Nacional del Cine y la Imagen Animada (CNC), encargado de redistribuir plata en respaldo de la escritura, el rodaje, la difusión y la proyección de los filmes en las salas.
Ojalá todo continúe así allí, a pesar de que las noticias más recientes relacionadas con su industria no resultan muy halagüeñas. Se encuentra en discusión parlamentaria ahora un proyecto de ley presupuestario, el cual podría provocar la desaparición de 400 películas en un lustro: esto es 80 títulos al año.
En carta abierta publicada la semana anterior en el periódico Le Monde, más de 170 personalidades de la pantalla gala –con un papel invalorable, al ser uno de los escasos contrapesos internacionales al poder de Hollywood– subrayaron que «debilitar nuestro cine es empobrecer nuestra identidad francesa y europea».
Esperemos que el proyecto –aún en examen– no sea aprobado, por su alto nivel de rechazo y por representar esa pantalla uno de los más significativos emblemas de la cultura local, portadora de una tradición y un sedimento que continúan permitiendo la irrupción de notables títulos, algunos de los cuales pueden apreciarse en el actual 27 Festival de Cine Francés en Cuba.










COMENTAR
Responder comentario