ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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El son mantiene su vigencia y dialoga con otros géneros musicales. Foto: Juvenal Balán

Cuando en Cuba y en muchas partes del mundo hablamos del son, también hay que acudir, obligatoriamente, a los referentes que la cultura popular cubana ha sedimentado durante muchos años, incluyendo no solo lo meramente musical como herramienta simbólica, sino todos los atributos inherentes al género.

El escenario visual y alegórico no puede resultarnos ajeno –menos en estos tiempos– y forma parte inseparable de los principales cultores del son, cuyo auge se ubica en la década de 1920 –y su punto de ebullición en 1928– cuando el Trío Matamoros graba en Estados Unidos su primer disco y reconfigura el panorama musical bailable en Cuba a partir de ese momento.

Instrumentos como la guitarra, las maracas, la trompeta y el tres se complementaron con los zapatos de dos tonos, el sombrero de paja, el traje blanco crudo de dril (todo a su vez extraordinariamente reflejado en la criollísima poesía de Nicolás Guillén) para comenzar así la gran aventura sonera.

Puede ser atractivo –y también polémico– el uso de elementos referenciales ligados a esos contornos cronológicos, desde 1928 hasta 1950 aproximadamente, y que aún se manifiestan en la proyección nacional e internacional del Son; para unos significan meros clichés y para otros son símbolos de autenticidad.

Pero, más allá de una u otra posición, lo verdaderamente importante es la telúrica sensación de ver salir a escena a un septeto y que temas como Son de la Loma, Bruca Maniguá o Chan Chan nos hagan sentir orgullosamente cubanos. Ese es el punto que hay que defender a ultranza y la meta que no debe perderse de nuestro horizonte cultural, sobre todo a raíz de la declaración de la práctica del son cubano como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, anunciada el 10 de diciembre de 2025 por la Unesco.

Como antecedente institucional debemos recordar que desde el año 2020 se instituyó el 8 de mayo como Día del Son Cubano, iniciativa que aboga por la consolidación del género y respalda aún más el apoyo e interés gubernamental por la preservación de este.

Numerosos formatos ejemplifican hoy día esa tradición y una buena parte de la discografía nacional ha podido reflejar, si no todo el cúmulo y el amplio repertorio existente, al menos una zona bastante atractiva, tanto para el público como para los investigadores y la crítica especializada.

Con la vista en mercados foráneos, debemos recordar que a finales de 1999 un ambicioso proyecto llamado El Joven Son fue gestado por la discográfica EMI-Odeón España, en el cual se nuclearon cuatro extraordinarios proyectos que emergían en el cenit sonero cubano: Son Esperanza, 5 pa ti, Luna Negra y Postrova fueron los encargados de decirle al mundo que el Son no se había extinguido y que continuaba su desarrollo musical con fuerza y talento renovados.

En paralelo, otros consagrados como el Septeto Santiaguero, el Conjunto Arsenio Rodríguez, los Jóvenes Clásicos del Son, Adalberto Álvarez, el Septeto Habanero, Los Naranjos, Ernestina Trimiño y el Quinteto Criollo, el Septeto Nacional Ignacio Piñeiro y muchos formatos más por todo el país continúan aportándole al género y a sus autores; a la vez que se produce un relevo compositivo muy interesante, gracias a que el son, el público y la tradición conforman una tríada monolítica que no puede fragmentarse de ninguna manera, aun en tiempos de tsunamis musicales globales.

Solo faltaría afinar un poco más la maquinaria promocional, y retomar que la amplia gama de formatos soneros tanto clásicos como también sus vertientes más transgresivas formal y conceptualmente, regresara al centro de la vida musical nacional; y poder lograr que, como mismo deliran miles de personas bajo el misticismo del son en codiciados escenarios internacionales, en nuestro entorno también sintamos el hormigueo que nos hace mover los pies, sobre todo nuestros jóvenes.

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