En este año que aún no llega a su mitad, nuestra música ha sido golpeada por la muerte de diversas figuras que la enaltecieron durante décadas. Nombres como Roberto Sánchez Ferrer, Amado de Jesús Dedeu, Frank Padrón «El Bayoya», Rogelio Nápoles, Luis Chacón «Aspirina», o Marcelo Lamas, entre otros artistas, han dejado huérfana una importante zona de la cultura musical nacional.
Y, casi siempre, cuando esto sucede, nos preguntamos –y sobre todo debatimos– sobre el futuro y la renovación generacional en el país.
La principal fortaleza educativa de esta esfera en Cuba radica, hoy día, en el sistema de escuelas de arte, que ha sido coherente y eficazmente diseñado para satisfacer las condiciones de nuestra música en todas sus plataformas. De esa manera se suplen los niveles profesionales del panorama nacional, desde las orquestas sinfónicas, de cámara, grupos de jazz, coros, formatos de rumba, solistas, orquestas típicas, de música bailable, bandas de concierto y más, hasta los claustros de profesores en varios niveles educativos
Pero, obviamente, el reto de la renovación es un tema al que siempre ha de volverse; pues, a pesar de los esfuerzos y recursos disponibles, no solo importa –y aporta– lo aprendido en la academia, sino lo que se va sumando con el roce y los consejos de los más sabios y experimentados.
Para todo músico recién graduado o en años terminales de estudio, el fogueo in situ es una experiencia maravillosa y aportativa que se contempla en el plan de asignaturas; aunque, en algunos casos, sea poco valorado.
Las prácticas preprofesionales o el servicio social pueden significar para el joven artista un acercamiento vocacional o el descubrimiento de otros universos sonoros antes desconocidos para él; no obstante, estas deben contemplar mesura y profilaxis en cada selección.
Si por un lado lo seductor y lo atractivo pueden constituir elementos efectivos y certeros con buenos resultados en el joven estudiante o graduado; por otro, la asignación de una plaza en alguna zona del entramado musical nacional que se aleje de sus aspiraciones reales conllevará el efecto contrario.
En cada caso es muy importante tener en cuenta las necesidades reales del sistema de instituciones de la música y las aptitudes de cada artista; para que, de conjunto y con vistas a lograr un resultado óptimo, ambas aristas se combinen.
De igual forma, y como esbocé antes, hay muchachos que saben aprovechar cada experiencia laboral que les es asignada en esta etapa inicial y otros, lamentablemente, no. Y me refiero al hecho puntual de que, quienes emanamos del sistema de enseñanza artística coincidimos en los diferentes ámbitos donde fuimos ubicados al graduarnos, con grandes maestros que nos guiaron y apoyaron en cada etapa.
En lo personal, recuerdo al maestro Armando Romeu, cuando impartía clases en la entonces Escuela de Superación Profesional Ignacio Cervantes, a quien me dirigí en varias ocasiones orientado por mi profesor de Armonía en la Escuela Nacional de Música.
También están en mi memoria maestros como Martha Cuervo, Roberto Chorens, Alina Castro, María Elena Vallejo, Armando Suárez del Villar, Roberto Kessel, Alina Orraca, Jesús Ortega, Aldo Rodríguez y otros que fueron esenciales en mi etapa estudiantil y de graduado, ya fuera debido a sus clases directas o por sus aportes y consejos al acercármeles por alguna duda. Son innegables los resultados pedagógicos de estos y de tantos profesores hacia sus educandos, hoy reconocidos artistas cubanos dentro y fuera de nuestras fronteras. Es por ello que los jóvenes de hoy día, cuando sean ubicados en alguna faena profesional, no debieran perder la oportunidad de preguntar y aprender junto a los grandes músicos que tienen al lado; con ellos complementarán de seguro, en la práctica, todo lo estudiado en las escuelas y continuará así esa espiral de renovación que distingue a nuestra música.










COMENTAR
Responder comentario