
Cuando el 10 de junio de 1989, en plena calle 23 del Vedado, un accidente de tránsito cegó la vida de un apresurado transeúnte, la música cubana perdió a un imprescindible: al King. Con ese y otros apodos era conocido José Antonio Méndez; quien, desde joven, desgarró el alma de la canción romántica en Cuba, para consentirla y arroparla como pocos.
Para hacer referencia a su legado de forma valorativa y justa, es esencial revisitar el lugar preciso donde la canción cubana y diversos afluentes como el bolero o el jazz convergieron junto a otras influencias sonoras, hacia finales de la década de 1940, dando origen al filin.
Y no fue ese un palacete con servidumbre ni manjares exóticos, ni tampoco propiedad de un extravagante mecenas foráneo, sino todo lo opuesto. Me refiero a la casa de Tirso Díaz, trovador raigal y hombre de sabiduría infinita, y situada en el humilde pero muy musical barrio de Cayo Hueso. Allí iban muchos artistas a compartir, pero también en modo de descarga, a cantar y a estrenar temas que muchas veces los mismos músicos –en calidad de público o de severos críticos– ayudaban a moldear a sus autores, sugiriendo algunas cadencias de finales de frase, textos, acordes y más.
Allí asistían habitualmente, al llamado de Tirso, varios músicos como César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Ñico Rojas, Frank Emilio Flynn, Adelaida (Aida) Diestro, Elena Burke, Moraima Secada y muchos más.
Sin saberlo, o al menos desde una perspectiva de profundos cambios morfológicos, los compositores estaban reelaborando al bolero y a la canción cubanas, pero con una sólida comprensión musical basada en enriquecer tanto la línea melódica como el acompañamiento, con adiciones armónicas novedosas y textos que resaltaban por su calidad poética, aunque fueran en muchos casos de corte romántico.
Y es así como se va fortaleciendo la personalidad autoral del King, imbuida por todo un ambiente colectivo, pero también gracias a su honda introspección personal, desde la cual nacen canciones como La gloria eres tú; Novia mía; Cemento, ladrillo y arena; Si me comprendieras; Por nuestra cobardía y muchas más; la mayoría de tema amoroso, pero impregnadas por el estilo de su autor, en el que sobresalen una compleja armonía acompañante y una línea principal en la cual existen intervalos difíciles para el intérprete.
Y aunque ello fue una característica común del filin, en José Antonio sobresalió como un horizonte de posibilidades tangibles; bastaría tararear alguna de sus canciones para notar esa singularidad, sobre todo en lo concerniente a la afinación, principalmente por los ya mencionados difíciles saltos o intervalos que requieren seguridad vocal para cualquier cantante.
Alguna vez le espetaron que su voz ronca le limitó algunos caminos, o que tal vez hubiera alcanzado otros, de haber sido diferente su tesitura. Pero esas tesis bien podrían caer en terreno baldío si tenemos en cuenta su carrera musical y discográfica, su paso por México dejando huellas, su éxito en varios países, así como en el nuestro; sus actuaciones casi diarias, giras y demás. Porque al final de cuentas, el filin no es producto, sino una filosofía de vida. Y eso estaba muy claro para José Antonio, el King.










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Ren. dijo:
1
13 de junio de 2024
16:20:32
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