ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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El Primer Congreso consolidó el principio de la construcción del socialismo en Cuba bajo los preceptos del marxismo-leninismo, pero con una profunda raíz martiana y nacional en sentido general. Foto Archivo

La celebración del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) fue el colofón en los años del proceso de fortalecimiento del sistema político cubano, incluido su perfeccionamiento y proyección futura. Ello significó una reorganización de las estructuras del partido y el Estado, que conllevó una nueva perspectiva —con signos perceptibles de continuidad— del proceso revolucionario en su desarrollo interno y externo. Demostró, una vez más, la unidad indisoluble entre las fuerzas patrióticas y revolucionarias y la ca­pa­cidad dinámica de cambio de la dirección del país y el pueblo.

Fue precedido de un intenso trabajo de elaboración de los Proyectos de Tesis y de amplia discusión. Siguiendo una tradición de la democracia revolucionaria cubana, algunos de los documentos claves no solo se sometieron a debate de la militancia partidista, sino que todo el pueblo tuvo la oportunidad de emitir sus criterios sobre ellos y enriquecerlos.

Si bien cada uno de los sucesivos congresos del Partido proyectó las tareas y acuerdos adoptados según la situación nacional e internacional de cada momento, podemos considerar que las Tesis y Resoluciones del I Con­greso han servido de fundamento a los análisis y decisiones posteriores de nuestra dirección revolucionaria.

Se efectuó entre el 17 y el 22 de diciembre de 1975, con la asistencia de 3 136 delegados y de 86 delegaciones extranjeras. En el Con­greso, a través del Informe Central presentado por su Primer Secretario, Co­man­dante en Jefe Fidel Castro Ruz, se hizo una síntesis valorativa de la Historia de Cuba, se examinaron los principales logros de la obra de la Revolución y, además, reevaluó críticamente las deficiencias e insuficiencias del trabajo desarrollado durante los primeros años. Ejemplar y meritoria es la autocrítica contenida en el Informe por los errores de idealismo y voluntarismo co­metidos en la conducción del proceso de edificación socialista.

Más que un proceso realizado por la militancia del partido, este involucró a las amplias masas trabajadoras (obreros, campesinos, in­telectuales, estudiantes, amas de casa, jubilados y otros sectores sociales) que participaron activamente en la discusión y enriquecimiento de muchos de los documentos aprobados como tesis y/o resoluciones en las sesiones de trabajo del Congreso.

De las 13 tesis y 20 resoluciones aprobadas, algunas fueron sometidas a debate previo en las asambleas convocadas por la Unión de Jóvenes Comunistas, los Comités de De­fensa de la Revolución, la Federación de Mu­jeres Cubanas, la Central de Trabajadores de Cuba, la Asociación Nacional de Agri­cultores Pequeños, la Federación Estudiantil Uni­ver­sitaria, la Federación de Estudiantes de la En­señanza Media y otras organizaciones e instituciones políticas, de masas y sociales a lo lar­go y ancho del país. Entre las tesis y resoluciones —presentadas inicialmente como proyectos— discutidas por el pueblo, podemos mencionar: el Proyecto de Constitución de la República de Cuba, Proyecto de Plata­forma Programática del PCC, Sobre la Igual­dad de Derechos de la Mujer, entre otras.

Uno de los materiales conceptuales y estratégicos más importantes del Primer Con­greso del PCC fue la Plataforma Pro­gra­má­tica. En ella se hace un recuento de la historia de la na­ción cubana y se trazan los problemas fundamentales que habrían de resolverse en la construcción del socialismo, te­niendo en cuenta las condiciones concretas del país y la situación in­ternacional imperante. En un sentido integral y sistémico se destacan las principales tesis marxista–leninistas relacionadas con el papel a desempeñar por el PCC y las masas populares en el periodo de tránsito del capitalismo al socialismo en Cuba y los lineamientos internos y externos de la política del Es­ta­do So­cialista.

Clausura del Segundo Congreso en la Plaza de la Revolución. Foto: Archivo

Se analizaron y aprobaron las Directrices del Plan de Desarrollo Socioeconómico para el primer quinquenio (1976-1980) y el Sis­te­ma de Dirección y Planificación de la Eco­no­mía (SDPE). Se orientó centrar los esfuerzos, en los subsiguientes cinco años, en el proceso de in­dustrialización, con el objetivo de fomentar aque­llas ramas que generaran exportaciones y se contempló la creación y ampliación de nuevas plantas de generación energética que permitieran los empeños antes señalados y la producción de equipos industriales, cons­truc­tivos, piezas de repuestos y de otra índole que po­si­­bi­litaran sustituir parte de las importa­ciones.

Para alcanzar tales metas, se concedió una importancia primordial al mejoramiento su­cesivo de la eficiencia económica, ahorro de recursos materiales, financieros y humanos y al incremento de la productividad del trabajo, bajo el principio socialista: “De cada cual se­gún su capacidad, a cada cual según su trabajo”. No se dejó de lado sin embargo la necesidad de elevar el nivel educativo cultural y cien­tífico–técnico de los trabajadores y de la po­blación en general, así como continuar el accionar para satisfacer las expectativas de sa­lud pública, seguridad y asistencia social y los niveles básicos de consumo del pueblo.

En el Congreso, Fidel alertó sobre el error que se cometería si se pensara que por la simple aplicación de ese sistema (SDPE), toda la economía marcharía a la perfección y más si se olvidaba la labor ideológica del Partido en­tre las masas populares, su constante retroalimentación; y el empleo adecuado de los estímulos morales en la educación de la conciencia ideopolítica de los trabajadores.

La Revolución Cubana, sometida a una fuer­te presión externa en esos primeros años de agresiones militares, bloqueo económico y di­plo­mático, no tenía opciones para lanzarse a nuevos derroteros inexplorados. Se hizo ne­cesario estabilizar e institucionalizar el país al má­ximo.

Por otra parte, la Revolución Cubana en­con­tró en el campo socialista, y en particular en la URSS, al aliado estratégico real para con­trarrestar la agresividad de las admi­nis­tra­cio­nes norteamericanas y salvaguardar la in­de­pen­dencia, soberanía y seguridad nacionales.

El I Congreso del PCC revitalizó a la Re­vo­lución, al Partido y al Estado. Se delinearon la política educativa, la lucha ideológica, la cues­tión agraria, la política religiosa, la cul­tura ar­tística y literaria, la formación de la ni­ñez y la juventud, los estudios del marxismo-leninismo y la política internacional, en­tre otros.

Se coronó la concepción de que el Partido y el socialismo cubano se edificaban y regían sobre la base de los principios del marxismo-leninismo y, al mismo tiempo, se nutrían de las mejores tradiciones gestadas en las luchas por la emancipación nacional y social a lo lar­go de su rica historia. Por lo tanto, el pen­sa­miento martiano se conjugaba con los enun­ciados teóricos y la aplicación creadora del mar­xismo-leninismo y formaban, según la ex­­­pre­sión del Comandante en Jefe, una síntesis que permitía asegurar sin retórica que en Cuba se construía un socialismo auténtico y autóctono y, a la vez, universal.

El Partido salió fortalecido. Se aprobaron los estatutos y reglamentos, con énfasis en el centralismo democrático como principio esencial en su estructura organizativa y funcional. De­bía ser —y es— un partido de vanguardia, de hecho y no solo de derecho, con un papel rector en los destinos del país, y predominio de los mejores obreros elegidos selectivamente por las propias masas populares.

Se eligieron sus órganos de dirección: el Comité Central, con 112 miembros efectivos, más 12 suplentes. El Buró Político, con 13 miem­bros; y el Secretariado, integrado por nue­ve miembros. Fidel Castro y Raúl Cas­tro fueron ratificados como primer y segundo se­cre­ta­rios, respectivamente.

La verdadera clausura se realizó en la Plaza de la Revolución, en La Habana, ante la presencia de cientos de miles de cubanos que ratificaron los acuerdos emanados de la reunión. Es­pecial connotación tuvo el consenso mayoritario y democrático acerca de la política internacional de la Revolución Cubana. El internacionalismo proletario puesto en práctica, una vez más, en esos momentos, con el envío de tropas a la República Popular de Angola.

Fue el epílogo de la provisionalidad de las estructuras del Estado que había cumplido cabalmente sus funciones. Además, la Re­vo­lución, sus cuadros de dirección y el pueblo ha­­bían ganado en madurez y experiencia co­mo para arribar a conclusiones de cuál sistema socioeconómico, político, jurídico y de­mo­crático debería ser refrendado y llevado a la práctica, más aun cuando en su concepción es­taba presente la idea de someterlo a un perfeccionamiento permanente.

Este proceso de institucionalización no significó una discon­tinuidad o negación absoluta de las enseñanzas pasadas; ni tampoco la presunción —co­mo a veces se valora desde el exterior— de que an­tes no existieran ejercicios democráticos del pueblo que permitieran afirmar que la Re­volución no contaba con su participación y apoyo.

La Ley Fundamental del año 1976 reflejó la victoria de la Revolución Socialista, refrendó la esencia clasista del Estado cubano, como Es­tado de la dictadura del proletariado en alian­za con los campesinos y demás trabajadores ma­nuales e intelectuales; estableció los prin­cipios de su organización y actividad y, co­mo objetivo principal la construcción del so­cia­lismo. Fue aprobada en referéndum po­pu­lar, con el voto del 98 % de todos los electores, de los cuales el 97,7 % lo hizo afirmativamente. Esto po­si­bilitó consolidar la institucionalización al crear­se los Órganos del Poder Popular.

Ya en el Segundo Congreso del PCC, celebrado en La Habana, del 17 al 20 de diciembre de 1980 con la asistencia de 1 772 delegados y 142 delegaciones extranjeras invitadas, se va­loró el quinquenio 1975-1980 y la influencia negativa de la crisis económica capitalista. An­te la batalla por el desarrollo económico y las crecientes agresiones del imperialismo se lan­zó la consigna de Producción y Defensa, y con­sideró darle la más alta prioridad a la organi­zacion de las Milicias de Tropas Territoriales. Asimismo fueron ratificados Fidel y Raúl como primer y segundo secretarios.

En el discurso de clausura en la Plaza de la Revolución José Martí, tras manifestar que la característica esencial del Congreso había si­do su carácter internacionalista y que las dos tareas básicas del momento eran la producción y la defensa, Fidel expresó: “Preparar al Partido y al pueblo para luchar en cualquier circunstancia”; y concluyó:
“Y realmente, compañeros delegados al Con­greso, compatriotas, tenemos muchas ra­zones para sentirnos satisfechos, para sentirnos in­cluso orgullosos de lo que ha sido este Con­gre­so, para sentirnos orgullosos de lo que ya es hoy nuestro Partido, de la calidad de nues­tro Parti­do, de la calidad de los hombres y las mujeres que lo representaron. Estamos or­gullosos de esta prueba de vinculación del Par­tido y las masas, del apoyo del pueblo a la Re­volución, del apoyo de nuestro pueblo a nuestro Partido, que ustedes han evidenciado hoy (…).


* Investigadora del Instituto de Historia de Cuba.

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