Los años 20 del siglo pasado estuvieron marcados por el fascismo, una palabra que no se debería emplear de forma leve. Ocurre lo mismo con el concepto de genocidio, una vez utilizado no hay marcha atrás. «Es una palabra avalancha: una vez que la pronuncias, no hace más que crecer», dijo David Grossman en una entrevista con la periodista italiana Francesca Caferri cuando el escritor israelí definió por primera vez lo ocurrido en Gaza como un genocidio.
Desde el inicio de la segunda presidencia de Donald Trump, hace un año, pero sobre todo desde el brutal despliegue en Minneapolis de los paramilitares federales del ICE y de la Patrulla Fronteriza, la impresión de que el fascismo se ha instalado en Estados Unidos no ha hecho más que crecer entre escritores, comentaristas, historiadores y ciudadanos.
Las imágenes de individuos armados hasta los dientes, sin identificar y con el rostro cubierto, que apalizan a personas que tratan de protestar por su presencia, un derecho protegido por la Primera Enmienda que garantiza de forma muy generosa la libertad de expresión en EE. UU., y detienen a ciudadanos solo por su acento o color de la piel, incluyendo niños como el pequeño Liam, son incompatibles con una sociedad plenamente democrática.
La muerte de dos civiles a tiros, Renée Good y Alex Pretti, con imágenes que parecen una ejecución extrajudicial en este último caso, desataron una indignación global y una oleada de referencias a lo que ocurrió en Europa el siglo pasado, cuando los Camisas Negras de Mussolini y los Camisas Pardas de Hitler se apoderaron de las calles de Italia y Alemania.
El escritor Stephen King habló directamente de «Gestapo americana» en X; Siri Hustvedt escribió un artículo en este periódico titulado Un nuevo tipo de fascismo afecta al mundo entero. La sola presencia de unos pocos agentes del ice en Italia, durante los Juegos Olímpicos de Invierno, ha provocado una oleada de indignación en el país, y ha sido necesaria una delirante aclaración del ministro de Exteriores y vicepresidente del Ejecutivo, Antonio Tajani, que demuestra cuál es la imagen internacional de EE. UU. en estos momentos: «No es que lleguen las SS».
«Sí, es fascismo», escribió esta semana Jonathan Rauch en la revista Atlantic en un artículo demoledor. El primero que lanzó la voz de alarma fue Robert Paxton, un historiador experto en fascismo, de 93 años, que durante su larga carrera ha demostrado una lucidez y una valentía bastante extraordinarias.
Autor del ensayo Anatomía del fascismo (Capitán Swing), se había resistido a utilizar la palabra hasta enero de 2021 cuando, después del asalto contra el Capitolio, escribió en un artículo: «Retiro mi objeción a utilizar esta etiqueta que ya no parece solo aceptable, sino necesaria».
Pero en Minneapolis también hemos visto a miles de personas que parecen haber aprendido una de las grandes lecciones de los años treinta: si no se lucha por la libertad, se puede perder. La novelista estadounidense Joyce Carol Oates recordaba también en x: «Por lo general, se olvida que entre 15 000 y 20 000 alemanes fueron asesinados por protestar contra Hitler. Siempre hay personas valientes que se oponen a un Estado autoritario en ascenso, como estamos viendo en EE. UU.; si no se les unen rápidamente muchos más, realmente muchos más, el esfuerzo se perderá».
¿Estamos viviendo entonces un retorno del fascismo y no solo en EE. UU.? La respuesta es mucho más importante de lo que podamos pensar porque, como señala Hervé Le Tellier en su magnífica novela/ensayo, El nombre en el muro (Seix Barral), «recordémoslo: los fascismos van más rápido que cualquier democracia. Apenas nueve semanas separan el ascenso a la Cancillería de Hitler y las primeras medidas antisemitas». No solo los estadounidenses se están jugando su futuro en libertad. (Tomado del periódico El País)


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