En estas horas terribles para Nuestra América, mis primeros pensamientos son para Joglis Parra, aquel muchacho de Aragua al que habían echado de la escuela luego de un par de lecciones, porque no tenía sensibilidad en sus brazos y al director no le pareció un buen ejemplo que un alumno agarrara el lápiz con los pies; y para Yurbis Goitía, la muchacha discapacitada de Yaracuy, que tuvo que abandonar los estudios al terminar el sexto grado, porque su madre no disponía de recursos para mantener a sus cuatro hermanas y enviarla a ella a la secundaria.
Y para José Gregorio Albornoz, el hombre de los Páramos de Mucuchíes, que me contó cómo su patrón se burlaba de él por ser analfabeto, y la vergüenza tremenda que sintió una vez cuando llegó al banco, creyendo llevar un cheque con su salario de varios meses en la construcción de carreteras, y que en realidad era un papel en el que alguien sin corazón había escrito: «Me llamo José y soy un esclavo».
En ellos se resume la historia de millones de venezolanos, cuya vida dio un vuelco con la llegada de Hugo Chávez a la Presidencia del país y el inicio de las misiones sociales, a partir de la redistribución de renta petrolera, que hasta ese entonces había sido patrimonio de la oligarquía nacional y las trasnacionales extranjeras.
«Yo pensaba que nunca iba a estudiar y dije: “bueno, tendré que seguir así, como Dios me quiera llevar”», me confesó Joglis cuando lo conocí. Por aquellos días ya había logrado el título de sexto grado y esperaba graduarse de bachiller, había aprendido a componer canciones, a hacer música y estaba preparando un disco con ellas.
Yurbis se alistaba para entrar a la universidad. José Gregorio andaba por el cuarto grado, pero me aseguró que ya sabía sacar cuentas, anotar los fertilizantes que le echaba a las cosechas y, sobre todo, defender sus derechos, porque «ahora es distinto, la gente sabe que uno aprendió a leer y no le puede hacer trampa».
Uno ve las imágenes que desde la madrugada del sábado 3 de enero estremecen al mundo, y no puede dejar de pensar en la gente que conoció allí, en esa tierra que tiene el privilegio y la desgracia a la vez, de contar con las mayores reservas de petróleo del mundo.
Duele e indigna en proporciones iguales, por lo que implican esos ataques aéreos en distintos puntos de Caracas, Miranda, Aragua y La Guaira, las decenas de heridos y muertos –incluyendo 32 cubanos–, el secuestro del presidente, Nicolás Maduro, y su esposa; porque «ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: yo mato para robar», como diría el escritor uruguayo Eduardo Galeano, pero está muy claro que ese es su objetivo.


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