Como el Caribe integra una civilización, y esa civilización no responde de modo exclusivo a una geografía, resulta un hecho que las tres guyanas, asentadas al borde de poderosos ríos, en la zona norte de Sudamérica, comparten una experiencia histórica común desde la última década del siglo xv. De modo que hay una Guyana británica, una holandesa y otra, la que nos ocupa, francesa. Su superficie alcanza
86 504 kilómetros cuadrados. Un bosque tupido circunda sus espacios. El tema del idioma es crucial y aunque en todas se hablan las lenguas metropolitanas correspondientes, lo cierto es que el habla cotidiana, entre las capas más humildes, se produce en el creole de cada identidad, según sus variantes. Hay, por otra parte, una literatura emergente que reclama su legitimidad.
La más reciente edición de la Feria del Libro de Guyana francesa corrobora esta verdad, pues tuvo como temas centrales la literatura y la historia. A su vez, al dedicar también a la Isla de Cuba esta edición, sus promotores –auspiciados por la institución Promolivres– estaban rindiendo honor a la diversidad de las expresiones literarias antillanas y de la cuenca caribeña.
Un intercambio transparente marcó las presentaciones de los cuatro invitados cubanos en las afueras de la capital, concretamente en la comunidad de Montjoly, en donde radica la sede de la Universidad de la región. Dos escritores de la Isla y otros dos radicados en Francia y Portugal ratificaron un concepto literario amplio y renovador. Los escritores fueron Lorenzo Lunar, de Santa Clara, cultivador del género policíaco; Karla
Suárez, exitosa narradora habanera, así como Joel Franz-Rosell, quien cultiva la literatura para niños y jóvenes de manera rigurosa, de gran aceptación por los lectores de numerosos países. Las producciones de Karla y Joel han alcanzado una resonancia indiscutible en el mercado del libro hoy. Quizá la belleza del inmenso río que atravesamos, juntos, el Saint-Laurent du Maroni, contribuyó al mejoramiento nuestro y, sobre todo, al de nuestras relaciones.
Otros autores se enfrascaron en sugerentes intervenciones sobre el realismo mágico, así como lo real-maravilloso, ambas corrientes fundamentales a los estilos de Gabriel García Márquez y Alejo Carpentier. Mucho aprendí con los brasileños Guiomar de Grammont y Jean-Paul Delfino, a propósito de la defensa de la literatura como un arma contra la depredación, la opresión y el desprecio a la condición humana. Por su parte, Kei Miller y Miguel Bonnefoy hicieron las delicias de los investigadores de la literatura comparada.
Es importante consignar la presencia de dos grandes figuras literarias guyanesas como lo son Elie Stéphenson, fundador del Premio Carbet del Caribe en 1990, y Christiane Taubira, quien, a propósito del tópico de la esclavitud en nuestro entorno insular, ha contribuido al esclarecimiento de temas familiares y sociales. Su más reciente libro, Noche de espinas, lanzado en la Feria junto a la narradora guadalupeña Estelle Sarah-Bulle y la cubana Karla Suárez, es un testimonio fehaciente de las similitudes y contradicciones de la sociedad caribeña.
En Matoury, asistí a una clase de español, en el CDI del Colegio Lise Ophion, donde varios alumnos declamaron, en mi presencia, poemas de mi autoría. Ya sentada ante la clase, escuché decir a un alumno: «Los ojos de Abel Santamaría están en el jardín», de «Una rosa». Fue un momento conmovedor e inolvidable.




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Joel Franz Rosell dijo:
1
10 de diciembre de 2019
16:49:48
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