ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Rabelais afirmaba que la peor enfermedad que podía aquejar al hombre era la falta de dinero... Yo diría que hay enfermedad peor: no tener curiosidad. Porque la posesión de dinero no exime al hombre del aburrimiento. En cambio, la carencia de curiosidad puede llevarnos a extremos absurdos. Cierta vez conocí en París a un multimillonario criollo, dotado de tan poca imaginación, tan negado a toda inquietud espiritual, que solo lograba distraerse pasándose días enteros en una peluquería, hablando con su barbero... Y no es que se divirtiera mucho entre brochas y lociones. Pero allí, al menos, aburrirse no exigía el menor esfuerzo físico ni espiritual por su parte... Lo que ya era un resultado.

En La Habana mucha gente se queja del aburrimiento. Yo afirmo que deberían quejarse de falta de curiosidad. Porque La Habana tiene un privilegio que solo conocen las grandes capitales del mundo. Y es que el aburrimiento no vive en sus calles. La calle habanera es un espectáculo perenne: teatro, caricaturas, drama, comedia, o lo que sea. Pero hay en ella materia viva, humanidad, contrastes, que pueden hacer las delicias de cualquier observador. ¡Y no hablemos de ciertos suburbios capitalinos!... ¡No hablemos del puerto!... Porque en este caso penetramos en los dominios del cuento de hadas.

Por cinco centavos, una lancha, con atribuciones de alfombra mágica, puede llevarnos a Regla, la ciudad del misterio, donde reina constantemente una atmósfera de prodigio.

Para empezar... ¿Conocéis la ermita de Regla?... Es una de las iglesias más lindas que se alzan en el perímetro capitalino. No por su interior. Envuelta en su manto adornado con suntuosas rosas bordadas, la virgen de los Pescadores preside una cándida capilla, cuyas puertas se abren sobre el mar. Sobre un mar dominado por viejas fortalezas, cuyas atalayas se confunden con los tubos de un órgano, diminuto, situado sobre el coro…

En sus vitrinas, las imágenes sonrientes se crispan por obra del martirio. Una auténtica muñeca de juguetería de principios del siglo XIX, figura al niño de Praga con desconcertante ingenuidad. Pero lo más encantador de la ermita se encuentra en una hornacina situada a la izquierda de la nave.

Se trata de un san Antón.

En sí, el san Antón es una honesta figura de iglesia española, sin mayor interés. Pero ocurre que un san Antón sin cerdo no sería un san Antón... Y como aquel san Antón había perdido el cerdo, decidieron darle uno... Para ello, algún párroco bien intencionado se dirigió a un tallador reglano, que, como criollo, solo podía concebir un cerdo bajo el aspecto de los que en cada Navidad se inmolan en los traspatios de nuestras casas...

Y, de este modo, a la derecha del santo, apresado por un collar de perro, se yergue un lechón de madera negra, con ojos dorados, cuyo larguísimo hocico –criollo hasta en la proporción– anda husmeando imaginarias semillas de palmiche. En el cuello, sobre el collar de perro, lleva un gran lazo azul. ¡El cerdo se ríe!...

El día en que en La Habana se constituya un museo de folklore, este cerdo criollo deberá figurar entre las muchas joyas de pintura y escultura popular que cualquier espíritu curioso sabría descubrir en las calles de nuestra capital.

Lo prodigioso, en Regla, está en que la magia comienza a sentar sus fueros detrás de la misma iglesia... A pocos metros del delicioso jardín colonial, lleno de hojas amarillas, encarnadas, moradas, que se extienden junto a la sacristía, se alza una casa donde se encierra otra imagen de la virgen de Regla, tan suntuosa como la del templo...

Está rodeada de azulejos azules y blancos. Sus pies –como los de la virgen de Rimbaud– se posan en un planisferio azul, adornado por un áncora y un garabato de cuerdas...

Más abajo hay una barca ocupada por tripulantes indios (que de ningún modo podrían confundirse con los tres juanes tradicionales de la virgen del Cobre). Y, sobre un armario cercano, un caballo de san Cristóbal, modestamente representado por un juguete, avanza una cabezona adornada por cerdas blancas que harían las delicias de un poeta suprarrealista...

Este altar, que suele iluminarse suntuosamente en días de fiesta, no es del todo ortodoxo. A pesar de los exvotos que lo acompañan, a pesar de las velitas encendidas cuyas llamas temblequean en vasos encarnados, esta imagen es de la que acepta promesas que se rechazan al lado.

Un poco más lejano, más allá del parque, se encuentra otro altar heterodoxo, que se cuenta entre los más hermosos que he visto en mi vida... Además, casi puedo afirmar que es único en su género, ya que se trata de un «altar acuático»...

Imaginad una fuente llena de agua viva, que sirve de albergue a una fauna marina de peces, caracoles y esponjas. Hay abanicos de mar, hipocampos y estrellas. En esa piscina, flotando eternamente se encuentra un velero, tallado en madera por un devoto marino, y un acorazado británico, color gris plomo, que lleva el nombre de Southampton. Hay también algunas embarcaciones de menor cuantía... Pero todo este convoy solo sirve de escolta a la pieza capital del océano en miniatura; una barca de carpintería, en que bogan, con las manos juntas, los tres Juanes de la más popular de las oraciones criollas, Juan Indio, Juan Odio y Juan Esclavo.

Y sobre este paisaje acuático encerrado en una habitación, se cierne un doble altar sostenido por columnas salomónicas y adornado por dos ángeles barrocos, con las manos llenas de guirnaldas de flores. En el piso inferior, hay una gran virgen de la Caridad, con riquísimo tocado. En el piso superior una virgen de Regla, del mismo tamaño que la anterior, que domina con su autoridad todo un mundo prodigiosamente marítimo, que encierra, en sí mismo, como un pequeño universo, todos los elementos de la poesía moderna.

Al pie de ese extraordinario altar, que mide más de tres metros de alto, he podido escuchar, hace un año, los más admirables toques de tambores batá que yo haya tenido el privilegio de conocer en largos años de andanzas por el folklore afrocubano...

A pocos metros de este, se halla otro altar, dedicado a santa Bárbara, diosa de la guerra, que los fieles adornaron con soldados de plomo, tanques de juguetería, aviones, baterías antiaéreas, y cuantos atributos bélicos o motivos en rojo –color ritual de Changó–, fuese posible hallar...

Pero... ¿dónde está todo esto?,  me preguntarán ustedes. Dejaos guiar por la curiosidad. Quien es curioso nunca se aburre en este mundo. La curiosidad abre todas las puertas y devela todos los misterios. El tapiz mágico conduce a Regla (....).

Tomado del libro Crónicas Caribeñas.

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dr orlando gutierrez boza dijo:

1

5 de abril de 2019

15:09:29


homenaje no solo a regla,sino a nuestro gran escritor Alejo Carpentier ,cuando precisamente este mes se cumplen 39 años de su desaparicion fisica,,,regla ciudad magica con un pueblo rebelde y religioso,por donde entra5ron aquellos negros que producto de la trata trasatlantica fueron arrancados de su continente y que tanto han aportado a nuestra cultura desde el punto de vista antropologico,,,pueblo solidario,unido,alegre ,con gran sentido de pertenecia y amor por su terruño,, fue precisamente inspirado en esta magia reglana que Carpentier escribio su primera novela ECUE YAMBAO,,,impresionado por la majestuosidad y colorido de una fiesta o plante abacua que presencio ,invitado por amigos de esta fraternidad religiosa que conocio durante su estancia en el presidio de la habana por luchar contra machado,,,, esa regla,llamada la sierra chiquita por sus accion contra la dictadura batistiana ,que fue donde se honro a lenin por primera vez en el mundo fuera de union sovietica plantando un olivo en la llamada colina lenin;;;regla novia del mar que demostro en estos dias del tornado que oso tocar parte de su territorio QUE MAS FUERTE QUE UN CATACLISMO NATURAL ES EL CATACLISMO SOCIAL DE UN PUEBLO EN REVOLUCION,,,GRACIAS ALEJO CARPENTIER POR ESCRIBIR SOBRE ESTA TIERRA AMADA,,,GRACIAS PUEBLO DE REGLA,,,,GRACIAS REDACCION DE GRANMA POR RECORDAR ESTE TEXTO MARAVILLOSO