La persona de quien les cuento es en extremo cuidadosa cuando de las tareas hogareñas se trata. Basta que su esposa mencione la rotura de algún equipo, el salidero de una llave o la pared despintada, para que él se encargue de enmendar la situación en un santiamén.
Su patio simula un edén. Bellas plantas adornan el jardín, en el que se combinan rosas, jazmines y gladiolos, de donde sale el regalo diario a su compañera, sí, porque en casa él es un modelo de hombre educado y cortés como pocos.
Sin embargo, cuando llega a su centro de trabajo, el señor de marras parece transformarse. Basta penetrar en su oficina para darnos cuenta que faltan dos tablillas en la persiana ubicada a su espalda, además de tener un local para nada organizado ni bonito como debiera ser.
En el centro que dirige, la suciedad en el techo y las paredes resulta manifiesta, por no hablar de los baños y el pésimo alumbrado del sitio, por solo citar algunas de las anomalías que más se manifiestan allí, a lo cual se une su falta de cortesía con sus subordinados, quienes a duras penas logran arrancarle el saludo mañanero.
Tal conducta, que no es fruto de la ficción, aunque no está generalizada, para desdicha de nuestra sociedad se expresa con cierta frecuencia, y no puede ser llamada de otra manera que desidia, indolencia, doble moral y muchos calificativos más.
Cómo es posible que un directivo o simple trabajador tenga una conducta en su hogar y otra en su escuela, hospital o centro de trabajo, al parecer llevado por aquello de que «lo que es de todos no es de nadie».
Aprender a convivir con los problemas y no enfrentarlos, tal como se haría en el lugar donde uno reside, constituye un mal cada vez más recurrente y que nada tiene que ver con nuestras carencias materiales, más bien, con la pérdida de algunos valores vinculados a la sensibilidad y la decencia que siempre nos caracterizaron.
Pongo un simple ejemplo. En un barrio ubicado en la carretera a Camajuaní y Circunvalación, en Santa Clara, hace más de un mes existe una rotura en la conductora de cuatro pulgadas o más que abastece a la comunidad, la cual bota agua noche y día, sin que nadie ponga fin a tal despilfarro.
Los vecinos del barrio, preocupados por ese absurdo, y ante la imposibilidad de resolver la situación con medios propios, se han quejado ante el delegado y las autoridades de Acueducto y alcantarillado, los cuales, incluso en una ocasión se personaron allí y quedaron en resolver el salidero, sin embargo, parafraseando a Augusto Monterroso, el salidero aún está ahí.
El desafío planteado está en ser coherentes y ver a la sociedad como nuestra casa común.


COMENTAR
Dieudome dijo:
1
11 de marzo de 2019
03:56:26
moraima dijo:
2
12 de marzo de 2019
09:12:33
MARLENE CASTRO dijo:
3
15 de marzo de 2019
11:32:54
jj dijo:
4
25 de abril de 2019
13:44:13
Responder comentario