ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

La dignidad no se adquiere con dinero y mucho menos se vende.

Este axioma debía comprenderlo muy bien un mandatario que se respete, por cuanto no puede hacer creer que su experiencia propia sobre el término dignidad pueda ser aplicable a otros, a quienes nunca les ha faltado.

Jair Bolsonaro ha olvidado tan importante reflexión.

Pretender justificar su irracional acción con cuestionamientos al modelo de formación de médicos cubanos –de los mejores del mundo, reconocidos por instituciones internacionales y regionales de Salud– es un hecho lleno de odio hacia la vida y la solidaridad humana.

O quizá nunca aprendió, ni en su carrera militar ni en su gris participación parlamentaria, que para un médico cubano –en Brasil o en África, en Cuba o en tierras andinas– el valor de ser digno, humano y solidario, es un patrimonio irrenunciable.

Nuestros galenos, hombres y mujeres, jóvenes y menos jóvenes han dicho sí cuando se les ha convocado para salvar vidas.

Aun en las más complicadas circunstancias, como la atención a enfermos de ébola en África, o los afectados por los terribles terremotos en Haití, Paquistán, Perú y otras naciones, nuestros médicos no han vacilado ni un momento para dar el paso al frente, ni han preguntado por dinero alguno como pago a su labor.

Y no es que no haga falta, pero nunca podrá ser el dinero la bandera a enarbolar para cumplir con la sagrada misión de salvar vidas humanas.

Debía saber Jair Bolsonaro que durante 55 años de cooperación médica internacional, los galenos cubanos han salvado 6 millones 428 165 vidas, sin preguntar a nadie cuánto les pagarían por la tarea. Muchas de ellas, estoy seguro, son de niños que antes morían por falta de atención médica.

Qué decir de los más de 3 millones de personas condenadas a la opacidad, hasta que llegó el milagro cubano –la Misión Milagro– a través del cual decenas de miles de oftalmólogos les devolvieron la vista –que es como devolver la vida–.

Al país que ofende el nuevo mandatario brasileño le sobran razones para que los médicos, como todos los cubanos, defiendan, sin importar peligro alguno, la obra que se levanta, que tiene imperfecciones y carencias, pero donde el ser humano es centro de atención y algo intrínseco en el sistema social escogido.

Con qué moral Bolsonaro puede cuestionar al sistema social cubano, cuando en su campaña electoral y en estos primeros días luego de ser electo, ha echado por tierra programas sociales logrados en tiempos de Lula y Dilma. Cuando con su arrogancia ahora deja a millones de sus conciudadanos sin servicio médico, o pretende privatizar el patrimonio de Brasil.

El solo hecho de alinearse con el presidente estadounidense, Donald Trump, y seguir sus pasos en política exterior, lo convierte, además de peón de la peor causa, en un rechazable gobernante para los millones de brasileños pobres y un enemigo de los pueblos latinoamericanos.

Recuerdo, finalmente, lo dicho por nuestro Comandante en Jefe, Fidel Castro, en un acto en la Escuela Latinoamericana de Medicina, el 3 de diciembre del 2002:

«Somos un país pequeño, pero este país pequeño ha podido demostrar cuánto se puede cuando se quiere, cuánto se puede si los recursos humanos de cualquier país pueden ser bien utilizados. Y hoy resulta una vergüenza que… hoy este pequeño país sea indispensable si se quieren librar verdaderas batallas contra enfermedades que amenazan con la desaparición de naciones enteras o, incluso, regiones enteras de determinados continentes… lo que significa para cualquier país, donde los índices de infestación superan el 10, el 20 o el 30 % de las personas entre 15 y 50 años de edad, y donde los médicos escasean y escasean los hospitales… Realmente no recuerdo haber conocido en algún otro momento de la historia situaciones parecidas».

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