ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Septiembre nos hace ver la vida o al menos el paso de esta, pues de tan rápida que surca, a veces no nos percatamos del tiempo que llevamos en ella. Y nos los advierte este noveno mes del año en una hermosa sonrisa, la de nuestros hijos.

Los que tenemos el privilegio de haber visto esa alegría ya por más de 13 septiembres, volvemos a llegar hoy a la universidad. Aquella o aquel que dejamos en el círculo infantil, luego en la escuela primaria, más tarde en secundaria, en el preuniversitario o en el tecnológico, ahora no quiere ser acompañado. No ha cumplido los 18, pero ya quiere ser mujer u hombre, de ciencia y de conciencia.

Son ellos los destinatarios de este día, el del inicio del curso escolar, el 59 de esa majestuosa obra humana que es la Revolución Cubana, la que convirtió los cuarteles en escuelas para que en vez de tiros, balas y muerte, se estableciera el conocimiento como el arma más poderosa de los pueblos y la única que ha de mantenernos libres.

Es una fiesta sí, la alegría es inmensa. Pero la responsabilidad es también gigantesca para quienes se sentarán en el pupitre con el futuro de la Patria, y para quienes los que les enseñarán con la calidad y prosperidad de ese porvenir.  Entre ellos, libros, pizarras o explicaciones mediante, nace el amor que solo el magisterio es capaz de engendrar.

Pero hay algo que marca esa relación y la eleva hacia la eternidad, pues preside cada paso en esa vertiginosa y bella carrera que es la vida: el ejemplo.

Cuando está presente y conduce cada clase el alumno no olvida el nombre de su primer maestro o maestra. Recuerdo como si fuera ahora a Emilia, la mujer que me enseñó a leer en primer grado, la misma que me envió una notica tras publicar en estas páginas mi primera reseña informativa.

Entonces, sea septiembre o no, caminamos al lado y bajo la custodia de ese paradigma. Hablo de ejemplo y pienso en la modestia y en la fidelidad sin límites de José Ramón Fernández Álvarez, a quien todos conocemos como el Gallego, aunque nunca le hayamos escuchado pronunciar una zeta. Claro que es maestro, por pedagogo y por ideal, pero su magisterio se asienta en su capacidad de comunicar, de dialogar lo mismo con un dirigente que con el más modesto trabajador, en el gran revolucionario que es. Este hombre a quien Fidel le confió la misión de defender, en la primera línea, a la Patria socialista en las arenas de Playa Girón, encerró en una frase el valor de lo que vivimos en este septiembre: «la educación es el gran monumento de Fidel a la Revolución».

El ejemplo de su compañera de vida, Asela de los Santos Tamayo, fundió para el magisterio una de sus páginas más bellas. La inseparable compañera de Vilma, la que recibió del entonces Comandante Raúl Castro, en agosto de 1958, la responsabilidad de dirigir el Departamento de Educación del II Frente, en el cual se pusieron en funcionamiento y se crearon para los niños más de 400 escuelas, además de grupos para la alfabetización de los combatientes en los diferentes campamentos, ha expresado que «la Educación fue una Revolución dentro de la Revolución».

Es septiembre, y por Fidel  llegan los nuevos dueños de los pupitres y los que continúan, también sus maestros, para seguir el camino.

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Miguel Angel dijo:

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10 de septiembre de 2018

05:15:59


Bonito trabajo, breve pero preñado de profundos sentimientos y convicciones. Fidel es el mejor discípulo de Martí, ambos consagraron sus esfuerzos e inteligencia, todo su talento a dirigir el proceso revolucionario, su participación en la única Revolución iniciada por Céspedes en La Demajagua el 10 de octubre de 1868, continuada a través de duros años de lucha, hasta lograr el triunfo revolucionario el 1º de enero de 1959, que permanece vigente y pujante hasta hoy, fue decisiva, su legado será imperecedero. En ambos próceres la educación es su legado más monolítico y trascendente a nuestra Revolución.