ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Las grandes columnas que sostienen y adornan el frontispicio del hospital General Fernando Freyre de Andrade, en el Paseo de Carlos III, eran el escondite predilecto del grupo de pequeños que casi todas las tardes nos dábamos cita junto a los jardines que adornaban el lugar. La escalinata de granito negro, como también las bases cuadradas y macizas de las luminarias, servían de escenario a nuestros juegos.

En los espacios de los intercolumnios podíamos ocultarnos y usar impunemente la pequeña horqueta o el arco y la flecha, como en las aventuras de la mítica «gatita de María Ramos», que según el decir inmemorial, tiraba la piedra y escondía la mano.

Una de aquellas tardes vimos andar por la acera, gallardo y elegante, a un personaje insólito, envuelto en los jirones de una capa negra, de largos cabellos que caían como crespos sobre sus hombros, de mirada llameante y perfil aguileño. Llevaba en las manos periódicos y revistas, un ramo de ­helechos y una manzana de intenso color rojo.

Ni los padres de los niños, ni ninguna otra persona, osaron impedir que nos acercásemos al bien andante, y mucho menos interrumpir la conversación que inició con nosotros.

–¿Cómo os llamáis? –preguntó.

Cada cual respondió con su nombre y alias, tradición muy española que les otorga un mote simpático, generalmente breve y recordable, a los niños. Así, a los Roberticos, Tico; a las Susanas, Susy; a los Franciscos, Panchito, y a los Josés, Pepito, sin que faltaran entre nosotros aquellos que por la sonoridad y belleza de sus nombres latinos, o tan tradicionales en las familias cubanas, no requerían mejor presentación, tales como Andrés y Salvador, René, Teresa o Emilio, o los apodos tan alegres y casi abstractos de Lalo, Tato, Maño, Pillito y otros más.

Allí estaban la bella Hortensia, de ojos grandes y claros que tomaban el matiz de su genio, siempre con cintas y lazos, como la Magdalena del poema de Martí; Lucía, sonriente o llorosa; Suleika, espigada y discreta, por solo recordar gentilmente a las niñas.

–Yo soy el Caballero de París –dijo el señor con voz clara–, nací en ­­una ciudad antigua que ustedes no conocen, pero los invito a imaginar que tuvo
murallas, palacios y castillos, se llama Lugo y está en Galicia, tierra bellísima, donde llueve a cántaros, que tiene un mar azul del que vuelven cargados de maravillas los pescadores.

Estábamos atónitos. Mientras hablaba, su conversación era como un libro de cuentos que por arte de magia se hubiese transformado en palabra viva, y cuando tales cosas nos decía, iba entregando, mano a mano, las espigas del helecho y unas pequeñas estampas con el retrato del Apóstol, al dorso de las cuales, de su puño y letra, se leía un mensaje que decía: «Sólo Martí».

Ningún habanero habría ofendido de palabra o de obra al Caballero de París, admirado calladamente, ni niño alguno lanzaría contra él una palabra altisonante; a nadie importunaba, no podíamos explicarnos dónde comía o bebía, y, en su aparente vagar por la capital, era probable hallarlo en algún sitio recóndito donde ocultaba su lecho ordenado con restos de papeles y cartones, inseparablemente unido a su insólita biblioteca.

Cuando nos despedimos, sorpresivamente, me llamó por mi nombre y por un instante levantó a la luz la manzana roja, que me llevé como la joya más preciada.

Poco después las columnas del hospital, el fuste de las luminarias, los postes del tendido eléctrico y aun los álamos del Paseo, se vieron tapizados de horribles retratos, más bien caricaturas innobles de otra especie de personajes. Se avecinaban elecciones generales y los pasquines se habían apoderado de nuestro espacio vital; no sé por qué asocié la dedicatoria de la estampa y el perfil severo del Maestro, con aquella lacerante realidad.

Pasaron los años y otra generación vio deambular a nuestro hombre. Celia –alma delicada e impar– le obsequió un traje de etiqueta, bastón y capa nueva, indicó discretamente que en las zonas donde pudieron decirle que se sentaba, cansado de su inacabable camino, se le diesen alimentos y provisiones gratuitamente. Ella comprendió que el anciano era testigo y poeta de un tiempo ido. Varón incorruptible, venido del país de las «meigas» –hadas míticas de Galicia–, y de la Santa Compaña, espíritus que según la leyenda gallega acompañaban y se hacían ver de los labradores y los niños en los bosques.

¡Te recuerdo, Caballero, cuando me parece sentir en la palma de la mano aquella manzana mágica que una tarde invernal me diste!

*Crónica tomada del libro Fiñes.

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OrlandoB dijo:

1

8 de agosto de 2018

05:58:04


Por el sobre nombre de Caballero de Paris, me imagine un residente de Paris con dinero y su quiebra. La barba larga y sucia apestaba cuando le pasabas cerca. De pronto comenzo a desplazarse en la zona de 23 y 12 con un traje nuevo como un gran acontecimiento, gracias al gesto noble de Celia. Gracias, Eusebio por tu cronica, me ayudo a aclarar esas dudas, ademas de su buena influencia en los pequeños.

Alejandro Fernández Costa dijo:

2

8 de agosto de 2018

06:15:00


Personaje célebre que no debemos olvidar.

yamile hernandez dijo:

3

8 de agosto de 2018

07:57:12


bello .. como todo lo q escribe.

Escila dijo:

4

8 de agosto de 2018

08:42:39


Gracias Eusebio una vez más por descongelar mentalidades y mantener nuestras ciudades. Por demostrarnos y demostrar, a un muy alto precio, que lo cotidiano puede ser trascendente, que la identidad está ahí unque no se vea o se pretenda que no la veamos, que patria es mucho más que una parte del tiempo en que ha corrido la nación y que la afrenta puede ser ilimitada si no se es consecuente con el ideal patrio y la aspiración de los próceres. Gracias cubano... Gracias patriota.

la cienfueguera dijo:

5

8 de agosto de 2018

10:46:56


Gracias Eusebio por existir y aprender un poco mas cada vez que te escuchamos o leemos