ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

En mi carrera de relevos con los hijos, iniciada poco tiempo atrás cuando Jennifer era pequeñita, y ahora con Angie, una rubita de tres años y nueve meses de nacida, el parque La Maestranza siempre ha sido un lugar ideal para avivar el amor familiar.

No solo este escribidor, sino todos los del hogar, nos vanagloriamos al llegar a esa céntrica instalación en la Avenida del Puerto y hallarla restaurada, pintadita, con nuevas casetas para quienes custodian los distintos aparatos, y también consumimos las variedades allí ofertadas, que van desde las africanas, chocolitos, Pelly, galleticas, hasta pizzas, helados, hamburguesas y refrescos, únicamente en moneda nacional, a un precio asequible a los bolsillos modestos.

La Maestranza, además de ser un sitio ideal para pasarla juntos, está concebida como un espacio que enseñe a departir entre amigos, por lo que quienes acuden allí no han de sentirse cual simples «usuarios», ajenos a lo que acontece a su alrededor, sino, en medio del disfrute, velar porque nuestros hijos aprendan sanos hábitos de conducta y confraternicen.

Entonces, un errado criterio de respeto hacia los demás transmite a sus hijos el padre que dice a sus descendientes: ¡ven por aquí, no hagas cola!, mientras otras personas, incluso madres en estado de gestación, sí guardan su lugar en la fila, aun cuando el embarazo es razón más que suficiente para permitirles entrar al centro sin dilación.

El parque abre desde hace meses a las 12 del mediodía y, como reúne en una misma idea la posibilidad de distraer a los infantes a la par de consumir golosinas, pues los «bichos» (revendedores no acompañados por niños) cazan las ofertas para acapararlas y luego «multarlas» cuando las venden en las calles.

Si solo se expende a cada familia lo que tiene derecho a comprar con el tiquet de entrada, alcanzarían mejor los productos para satisfacción de todos, y ello contribuiría también a erradicar la indisciplina de no pocos que violan la cola de acceso al lugar con el pretexto de que las golosinas se acaban antes de tiempo.

Vistosos e instructivos son los murales colgantes de las cercas perimetrales de La Maestranza. Ofrecen información sobre el nombre de la instalación y de otras obras arquitectónicas del centro histórico de La Habana Vieja. Cuidar este parque, donde el sol y la sombra se confabulan en un propósito concebido para aportar a la felicidad de niños y mayores, es la tarea para este y los futuros veranos.

Restaurar ha de ser sinónimo de cuidar. Hoy nuestros hijos disfrutan de este centro infantil, pero mañana corresponderá a los hijos de nuestros hijos sentirse felices allí. Y qué bella historia de antaño contarán los abuelos cuando, bajo aquella arboleda, frente al Malecón, les enseñen a sus nietos la mejor manera de compartir haciendo amistades.

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