ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Hace muy poco quedó constituida la Asamblea Nacional del Poder Popular para su IX Legislatura; a lo largo de cinco años cruciales para la vida del país, sobre sus horas y minutos, con toda seguridad, pondrán pupila ojos entendidos en el arte político del «mal de ojo», pero situarán, también, muchas más manos los artífices directos de ese otro arte, netamente cubano y patriótico, que sigue significando andar con paso seguro hasta por encima de los abismos.

Corresponde a 605 cubanas y cubanos, de todos los sectores y segmentos sociales, productivos y de servicios; de todos los confines, de todos los orígenes, razas y creencias, esa mezcla de honor, con satisfacción y sobre todo con el duro reto de ocupar el mismo escaño o silla que muy bien pudieran llenar cientos, miles de personas de este país, con el mismo derecho a opinar, sugerir, preguntar, votar, concordar, discrepar, aprobar o rechazar… como ha sido práctica durante todos estos años: con el debido respeto y la intención del bien.

No conozco la cifra o el nombre de quienes en este abril de victoria cesaron en tal responsabilidad o encargo popular, para dar paso a los nuevos diputados.

Lo que sí puedo afirmar es que quienes integraron la VIII legislatura, como los de la séptima, como todos los anteriores, difícilmente adoptarán una postura tangencial, al margen de la asunción parlamentaria actual. Sencillamente, imposible.

Si durante un lustro, una mujer u hombre se entregó, de verdad, al trabajo de la comisión y a los debates en plenario correspondientes a ese periodo; si al intervenir puso voz propia pero con el rostro y el latido de todas las personas conocidas y desconocidas a quienes tuvo el deber y el placer de representar, entonces no hay despedida o punto final posibles.

Un diputado cubano –ese, que por tal condición no cobra ni un centavo más por encima del salario que devenga en su centro laboral, ese a quien tampoco le conceden un minuto «extra» para enfrentar las rigurosas tareas parlamentarias– puede terminar cuando expira de manera oficial el mandato establecido, pero nunca se va.

Con él, o con ella, la Asamblea Nacional sabe, perfectamente, que puede seguir contando, a la hora que sea, en el lugar donde haga falta, para lo que se necesite.

No verlo, no concebirlo, no enfrentarlo así, en el orden personal, sería estampar con firma de ingratitud la farsa que ningún diputado cubano lleva dentro.

El tiempo ha sido el mejor espejo, desde que nacieron los órganos del Poder Popular. Y lo demostrará esta nueva y decisiva etapa que inicia Cuba, en la que ningún obsequio al pecho del futuro será mejor que el de seguir haciendo, todos y todas, lo que la dirección histórica de la Revolución aprendió, por sí misma, de nuestra historia y nosotros de ella, encabezada por ese hombre gigante, único, que –nadie tenga la menor duda– nos sigue acompañando, de la mano y del pensamiento, despierto, desde el corazón de la adormecida piedra de donde decidió no irse, ni descansar, jamás.

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