ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Ocho en punto. Ocho y treinta. Las personas se desesperan. Todos necesitan su salario, pero la cajera está ausente y nadie sabe por qué. Algunos aluden un posible problema familiar, otros hablan acerca de un imprevisto, pero son solo especulaciones y la puerta continúa cerrada.

A las nueve y cinco aparece la tan esperada compañera, alguien se le acerca, la saluda y con preocupación le pregunta «¿por qué llegaste tan tarde?, hay varias personas esperándote». La susodicha le mira, pone cara de «bah, me tiene sin cuida'o» y responde acorde con su gesto facial, «a mí que me importa». Sin siquiera un «buenos días» o «disculpen el retraso», pasa oronda entre la gente, se dirige a su oficina y comienza a pagar, casi hora y media después del horario establecido.

Si penoso y triste es observar la nula consideración hacia los demás, la poca conciencia en relación con la falta cometida y la ausencia de explicaciones, mucho más duro es percibir cómo la impunidad vuelve a reinar, pues no hubo un llamado de atención, una reprimenda o, al menos, la exigencia de un motivo que justificara tal retraso.

Este es solo un caso de los cientos que se dan a diario donde las largas esperas no dependen de factores objetivos ni de problemáticas puntuales, sino del sentido de pertenencia que tenga cada quien con sus responsabilidades. Nadie tiene el derecho de jugar con el tiempo de otros, que muchas veces es escaso y apenas alcanza para todo cuanto debemos hacer en el día.

Siempre he pensado que la paciencia es una virtud, que hay que saber esperar para alcanzar cualquier objetivo por simple que sea, pero eso es una cosa, y permitir que las horas se nos esfumen solo porque a alguien se le ocurre tomárselo todo con demasiada calma, es otra muy distinta. ¿Cómo es posible que un ser humano pueda permanecer impasible, sabiendo que otros lo necesitan para completar procesos indispensables de la vida cotidiana?

Hace algunas semanas observaba el documental de Enrique Colina Más vale tarde que nunca, referido precisamente a este tema, y aunque su dramaturgia transcurre matizada por un fino humor y situaciones hiperbolizadas, es asombroso como nos mueve la reflexión hacia un fenómeno que se manifiesta cada vez con más frecuencia y que no parece tener paliativo, al menos a corto plazo.

Lo que muchos parecen no percibir, es que un minuto de retraso para alguien, puede significar la pérdida de horas e incluso días para otro ser humano. La impuntualidad, la calma exagerada, casi siempre reflejos inequívocos de un pobre sentido del deber, constituyen limitantes muy serias para el avance social, para el curso propio de todos los procesos que tienen lugar en el ámbito en que vivimos.

Ríos de argumentos fluyen constantemente en un intento de justificar lo injustificable. El transporte, las enfermedades, la familia y quien sabe cuántos más, sirven de parapeto para esconder la verdadera esencia del problema: despreocupación e irresponsabilidad. No digo que no existan los imprevistos, pero ellos no son casi nunca la causa real de las «demoras».

El ser humano es un ser social, no puede prescindir del mundo que lo circunda. Esa es la razón por la que en muchos ámbitos dependemos de los demás como ellos dependen de nosotros. No es justo que alguien asuma una postura que obstaculice el curso normal del día a día.

La vida es una suma de constantes esperas, dictadas por el curso lógico de las leyes naturales, por el tiempo reglamentario que requieren ciertos acontecimientos. Hasta para caminar debemos dar primero un paso y después el otro. Traduciendo al argot popular, «no puede ponerse la carreta delante de los bueyes». Pero si a esas esperas infranqueables sumamos las que provienen de caprichos y actitudes absurdas, perderemos en vano gran parte de nuestra existencia.

El tiempo es oro y por lo tanto debe ser respetado y aprovechado en su justa medida. Si aspiramos a eso, tenemos doble responsabilidad, primero, respetar el de los demás, y segundo, exigir en el momento adecuado que los demás respeten el nuestro. De lo contrario, la cajera de la vivencia narrada se multiplicará en los más diversos roles sociales, y el llegar tarde será el placer exquisito de unos, en detrimento de otros.

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apolinarioa dijo:

26

19 de agosto de 2017

18:54:53


Muy linda Leydis y, qué bien escribe. Es un tema muy difícil. Para ser honesto, debería decir que, siendo yo el Jefe, no soportaría un comportamiento similar al descrito por Leydis, Inmediatamente llamaría a la cajera y respetuosamente indagaría sobre la causa de su comportamiento y le lexplicaría la importancia y responsabilidad de su trabajo, que es un reflejo del respeto que la administración siente, por todos sus trabajadores y así sucesivamente, hasta que expontáneamente ella lograra mejorar o pidiera irse a otro lugar, en el caso de que no pudiera adaptarse a un estilo de trabajo serio y responsable, que es el que debemos tener todos. La puntualidad, la disciplina y el interés de desempeño, debe primar siempre en nosotros, por muy insignificante que sea nuestra responsabilidad. Es un tema muy actual en todo el mundo y muy bien presentado por Leydis. Felicidades!

Arnaldo Maceo Fajardo dijo:

27

21 de agosto de 2017

10:39:05


mi saludo ,muy bueno su articulo es muy bueno reflexionar todo eso es maltrato y debemos ponernos en el lugar de los demas,lo que sucede es que el jefe es tan indisciplinado como el trabajdor al no exijir el cumplimiento de la jornada laboral.gracias Leidys María por su belleza y que te mantenga por mucho tiempo.

lazaro lucio dijo:

28

22 de agosto de 2017

16:22:34


me gustan tus comentarios,no soy un ducho en la materia pero se que lo estas hasiendo super .y eres muy bella ademas

NLG dijo:

29

25 de agosto de 2017

08:09:21


Leidys, estoy de acuerdo con todo lo que ha escrito, la impuntualidad se ha convertido en una tendencia para afectar la eficiencia de los procesos de la vida humana, en Cuba existe un Sistema de atención a la población muy bueno, y las personas lo debemos utilizar más y entonces las estadisticas le den argumentos a los Consejos de la Administración o a la Asamblea incluso, para su análisis y exigencia (a los administrativos) por que cumplan las regulaciones establecidas al respecto.