ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

De manera natural, el tema de nuestra identidad se expresa en el ámbito cultural desde tiempos remotos. Su antecedente más lejano puede reconocerse en Espejo de paciencia, ese singular poema épico en tono menor inspirado en el contrabando.

Luego se manifiesta en nuestros historiadores tempranos que, en el siglo XVIII, empiezan a interrogarse acerca del qué somos y del cómo somos. En dirección similar apunta la crítica formulada por el padre José Agustín Caballero a la escolástica dogmatizante. Los criollos comenzaban a marcar su diferencia. A partir de entonces, con conciencia creciente de nuestra condición colonial, fue cristalizando, en el reconocimiento de nuestro entorno, una rica obra de imaginación y pensamiento. En los 80 del pasado siglo, el Ministerio de Cultura auspició una investigación que abordaba el asunto desde la perspectiva de las ciencias sociales. El muy reconocido texto de Carolina de la Torre constituye uno de los resultados de aquel proyecto.

La globalización neoliberal, con sus repercusiones en todos los planos de la vida, coloca el tema en una dimensión más amplia. Se han emprendido numerosas investigaciones al respecto, orientadas casi siempre al estudio de los sectores juveniles. Sin conocer las premisas de estos trabajos, sus enfoques me llevan al planteo de varias interrogantes. Algunas giran en torno a la conveniencia de establecer un corte generacional prescindiendo de un contexto más complejo. Por otra parte, me pregunto acerca de las herramientas empleadas para abordar un delicadísimo problema en el cual confluyen factores intelectuales y afectivos.

Al nacer, la criatura carece de identidad. La construye en el contacto físico con la madre, en el despertar de los sentidos y en las circunstancias que configuran el ambiente que la rodea. En esta iniciación, lo afectivo ejerce un dominio absoluto. La paulatina adquisición de la palabra establece la intersección entre lo intelectual, lo afectivo y lo meramente sensorial. Acompañada de la voz, la palabra transmite nociones y con su tesitura modela sensibilidades.

El medio familiar constituye, pues, la matriz iniciática de la definición de una identidad cultural. Es la base constructiva de valores, de normas de relación entre los seres humanos, basadas en el respeto mutuo y en la doble capacidad de observar y escuchar. Desde lo más elemental, la cocina tradicional, la familia es un vehículo básico de transmisión de una memoria cultural fundada en las zonas más íntimas de la cotidianeidad, entre tantas otras, las anécdotas de padres y abuelos. De manera más o menos consciente interviene con peso decisivo en la formulación de proyectos de vida y en los modos de configurar la noción de la felicidad. La atmósfera de armonía, o su contraparte, el ejercicio de la violencia física o sicológica, marcan indeleblemente las conductas de las criaturas en formación. La vida moderna, con su ritmo apresurado y con la intromisión de entretenimientos invasivos del hogar, ha debilitado el papel de la familia. El fenómeno es universal, pero alcanza un grado alarmante entre nosotros.

A medida que va creciendo, la criatura amplía su círculo de interacciones. El barrio y la escuela se interrelacionan. Complementaria del medio familiar, corresponde a esta última una acción múltiple, formativa, en el diseño de una identidad cultural. Sin renunciar al factor afectivo, imprescindible en el vínculo entre alumnos y maestros, entra en juego la ancha zona que corresponde a los valores y al conocimiento. En el primer caso, ha de regirse por el principio insobornable de justicia. En el segundo, interviene de manera fundamental el dominio de la lengua como instrumento para la captación de matices, la enseñanza de la historia y el conocimiento de la literatura nacional.

Es el momento de acceder, con todas sus implicaciones, a la noción de patria, razón de ser y compromiso con las generaciones que nos precedieron. Siempre en lucha con la adversidad, nos dotaron en lo material y en lo espiritual de lo que tenemos, reconocible en la maravilla de nuestras ciudades, en la obra de escritores y artistas, tanto como en la existencia de quienes sacrificaron vida y juventud para dotarnos de un espacio propio.

Adentrarse a través del doble carril de la inteligencia y de los sentimientos en el proceso histórico de una isla pequeña y escasa de recursos, capaz de enfrentar con el valor y la astucia a adversarios que la superan en dimensión y poderío, transmite noción de pertenencia e infunde el orgullo de compartir la identidad propia con un proyecto colectivo. A lo largo de medio milenio, muchos han sido los sacrificios para forjar el perfil de lo que somos. Una nación que convoca e interpela con voz autorizada, porque alcanzó su independencia tras 30 años de lucha, término incomparable en duración y esfuerzo con el de ninguna otra del continente. Frustrada la victoria, recobró fuerzas y voluntad. Derrocó tiranos y encabezó las reivindicaciones de un Tercer Mundo víctima del neocolonialismo. Llegado el momento de negociar, lo hizo en paridad de condiciones. Ahogada por una guerra económica implacable durante medio siglo, ha sido capaz de resistir y seguir haciendo obra. Tuvo que pagar un alto precio, padecer necesidades y sufrir desgarramientos por la lejanía de quienes, familiares y amigos, decidieron tomar otros rumbos. Y, sin embargo, subsisten reservas morales. A ellas tiene que apelar la sociedad toda para sanar cicatrices, para combatir los vicios que amenazan corroernos y restaurar la fe en la capacidad infinita de levantarnos y continuar la marcha. Martí ridiculizó al aldeano vanidoso. Al mismo tiempo, supo rendir homenaje a quienes, con las armas y el obrar virtuoso, sembraron conciencia y templaron el alma para el enfrentamiento decisivo.

La nación se hace todos los días mediante el actuar eficaz de sus ciudadanos. En ese presente que nos envuelve y en la recuperación viviente de la historia construida entre todos, se reconocen los hechos concretos de la realidad. En el plano simbólico de lo abstracto está la síntesis que reverenciamos. La bandera y el himno se gestaron en la sangre, en la lucha, en el inmenso sacrificio de la existencia en los campamentos mambises y en el dolor infinito de los padres que ofrendaron sus hijos.

Les debemos reverencia y respeto. No podemos vulgarizar su uso, sino enaltecer su presencia en los instantes excepcionales. Con sus peculiares ideas, sus arrestos y su voluntad de reafirmar su identidad, los jóvenes se integran a una comunidad intergeneracional, porque toca a ellos continuar nuestra lucha y sostener la defensa de una soberanía difícilmente conquistada.

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Renato peña dijo:

1

16 de mayo de 2017

11:45:14


Excelente artículo. Indudablemente el neoliberalismo trata de diluir las identidades y transformarlas a su dominio, para luego homogenizar a imagen y semejanza. Las TIC obviamente dejan la puerta abierta para invadirnos de basura, como bien relata Abel Prieto, pero así como para casos de evidencia epidemiológica por contactos con virus, debemos tener las herramientas, vacunas disponibles para minimizar este impacto comunicacional nocivo que viene desde afuera.

Guillermo Morán Loyola Respondió:


30 de mayo de 2017

09:16:19

Ese Neoliberalismo ha puesto en crisis la Tv, el consumismo aumenta gracias a la Internet, las Redes Sociales, el vídeo. las memorias flash, el celular, etc, que hacen de lo abstracto algo concreto. Si quieres saber de un tema con buscar google lo encuentras, pero a veces las informaciones adolecen de un enfoque adecuado, y detrás siempre hay consumismo, propaganda, y comercialización.

OrlandoB dijo:

2

17 de mayo de 2017

05:40:22


Como nos tiene acostumbrado, la Dra Graziella hace un resumen genial de la evolucion social del pais con todos sus detalles y vision futurista. Gracias por su enseñanza.

ELP dijo:

3

17 de mayo de 2017

17:30:16


Excelente artículo de la profesora Graziella Pogolotti, como nos tiene acostumbrados, en efecto, el papel de la familia es determinante en la actitud que asumirá el individuo cuando llegue a la adultez, creo que el principal factor es la comunicación, que genera confianza y que los hijos perciban a los padres como sus mejores amigos, si la familia logra esto es muy difícil que influencias externas deformen al individuo, no creo que haya que satanizar ahora a las TIC e internet y hacerlas parte absoluta de la pérdida de valores que se aprecia, lo malo no está en ellas en sí, sino en quien está detrás del mensaje o del teclado que los envía, hoy en día ningún país puede aspirar al desarrollo sin contar con internet, pero no limitada a unos pocos "confiables" sino que su acceso sea masivo y disponible para todos.

emilio Fernández lobeiras dijo:

4

3 de junio de 2017

02:41:40


El eje fundamental, muy bien estructurado, y planteado, es, o son "Los Pinos Nuevos", al decir de la prosa sublime, de nuestro Maestro José Marti, refiriéndose a esa nueva y futura generación de cubanos, que tomarán el relevo de sus ancestros, en el presente siglo, y los que estén por venir, a pesar de lo abstracto y lo concreto. Indudablemente que la familia, representa la célula fundamental desde la existencia del hombre, de transmisión de valores, sociales, de respeto y educación primaria de amor, hacia los iconos abstractos, que representan el himno, el escudo y la bandera. La fase instructiva, de formación, del individuo, la aporta el Estado con la escolarización, la formación y la ínter relación biunívoca entre el alumno y el profesorado, a lo largo de su vida, y a medida que asciende en los niveles de su formación. El bagaje intelectual, y cultural, cuanto más amplio, mejor, para la comprensión del mundo actual, y dentro de el mismo " La Historia", pasada, presente y futura, que identique a las futuras generaciones, de quienes somos, y hacia dónde vamos. Es ciertamente así, sin rodeos, la familia en armonía, y el Estado proveedor de la sapiencia, del individuo adulto. El proverbio Martiano es cierto: " Los niños son la esperanza del mundo"