Mucho agradezco a la filosofía el poder comprender el mundo circundante. A veces pasamos por alto que las cosas más simples suelen tener una explicación lógica, más allá de las apariencias. Mucho he pensado en estos días en una de esas leyes que mis inolvidables profesores describían como pilar supremo de la dialéctica materialista: la ley de la unidad y lucha de contrarios.
Sin embargo, no es mi objetivo ofrecer una clase de filosofía, para lo cual no estoy ni medianamente capacitada, sino llamar la atención sobre lo que, desde mi punto de vista, se ha convertido en una contradicción propia de nuestros tiempos, «valer por lo que tenemos o valer por lo que somos», de forma simplificada «valor» contra «valor».
No necesariamente esta relación debería funcionar así, pues las posesiones materiales no tienen por qué representar un desprendimiento de la esencia del ser humano, pero sería ingenuo taparnos los ojos y fingir que no vemos el proceso de desvalorización que avanza, como consecuencia añadida de un interés creciente por «tener más».
Este es un fenómeno global que, durante mucho tiempo vimos a millones de años luz de nuestra Isla, asociado a las grandes sociedades de consumo del sistema capitalista pero, cuidado, aunque nos duela reconocerlo, ya no nos es ajeno.
Sin ser privativa de la juventud, es este segmento poblacional el que ofrece los más claros y alarmantes ejemplos de la problemática, pues incluso ciertos estatus grupales se derivan de ella. Si alguien tiene dudas, que pregunte lo que se necesita para ser de la «farándula» o tener el cartelito de «VIP». Es muy sencillo, quienes quieran incluirse en esas categorías, como requisito indispensable necesitan llevar la última moda, los celulares más actualizados en tecnología y el dinero suficiente para entrar a los lugares más caros. Cuando ese se convierte en el objetivo cimero de un ser humano, poco le importa ya aquello intangible, lo que depende del alma.
No son criticables las aspiraciones materiales. Es injusto juzgar a alguien por lo que posea, y tampoco puede convertirse en un cliché que todo el que sea privilegiado en este sentido carece de sensibilidad, valores humanos o dignidad. Lo que sí resulta triste es que, sin que medie el más mínimo sacrificio, algunos decidan exprimir a sus padres, o elegir vías más fáciles, para alcanzar una varilla demasiado alta en comparación con sus posibilidades adquisitivas.
El mercantilismo y la materialización del ser humano son características propias del mundo moderno, sustentadas muchas veces por un interés marcado de enajenar a las personas, inmiscuirlas en una vorágine consumista para que dejen de prestar atención al mundo que les rodea, y actúen como robots pensando solo en adquirir algo nuevo.
Si bien es cierto que nuestro sistema no tiene en su esencia nada que se acerque a tales objetivos, debemos entender también que Cuba no está en una urna de cristal, y estarlo sería asfixiarnos como nación. Todo país necesita del intercambio, de relaciones que abarcan los ámbitos más disímiles para lograr un pleno desarrollo.
Negar esas posibilidades es aferrarse a un pensamiento retrógrado. Lo que no puede faltarnos nunca es la visión crítica y aguda para entender a tiempo que junto a las influencias positivas vienen otras que no nos favorecen en absoluto. El concepto de persona exitosa que prima en el contexto moderno es aquel donde no pueden faltar el automóvil del año, la cuenta exagerada en el banco y toda una serie de excentricidades que van desde amoldar el físico al gusto personal, hasta comprar un pasaje para viajar a la luna.
Aquí, lógicamente, es innegable la influencia de la industria cultural, pues desde el cine, la televisión, los espectáculos, los reality show, o el constante bombardeo de publicidad, se entroniza esta ideología. Promocionar una marca de automóvil, de dispositivo digital o de ropa, son prácticas habituales para desviar hacia el consumo la atención de las masas.
En este proceso los seres humanos son entendidos como anónimos pues prevalece la idea de que siempre necesitan más. Es por ello que se programa incluso la obsolescencia de las cosas mucho antes del momento en que realmente se hacen inservibles. Se impone el deseo de desechar todo el tiempo lo viejo para adquirir algo más moderno y mejor.
Pero lo que en raras ocasiones se difunde es que ese status quo constituye la prueba más certera del pensamiento maquiavélico: el fin justifica los medios. En otras palabras, hacer lo que sea necesario para llegar hasta allí, aun cuando eso implique ignorar contradicciones éticas y morales. Eso lo sabemos, pero no se lo explicamos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, cuya vulnerabilidad en este sentido es cada vez mayor.
Muchas veces, aun con buenas intenciones, ese «interés» se fomenta desde edades muy tempranas. Con el afán de garantizar buenos resultados en los estudios, comportamientos adecuados o respeto, se utilizan «incentivos» que a la larga se convierten en imprescindibles y sí, promueven cambios de conducta, pero no de conciencia.
Quien haya visitado un circo, un acuario o cualquier otro espacio donde se ofrecen shows con animales, sabrá que estos desarrollan los más impresionantes trucos porque saben que, después de la ejecución viene el premio. Pero si al entrenador se le acabara el alimento en pleno espectáculo, veríamos muchos actos convertirse en desastres. Tomando como base este ejemplo, no es difícil imaginar lo que sucede cuando mamá y papá ya no tienen «premios» para ofrecer.
Otros caminos que también conducen a esta problemática tienen relación con ser aceptados en un grupo, o con llamar la atención de alguien que se fija primero en los accesorios y luego en la persona que los porta. Al final el resultado es el mismo, un ser muy cargado por fuera, pero completamente vacío por dentro.
Esta reflexión no se trata de conformismo, de dejar de luchar por lo que queremos, o de negar nuestras necesidades materiales por temor a que los demás piensen que carecemos de valores humanos. Se trata más bien de entender que nuestra vida se compone de infinidad de elementos, dentro de los cuales son nuestros sentimientos, actitudes y principios los que verdaderamente nos definen.
Creo que hay que batallar muy duro si queremos impedir que un valor anule al otro.
Ese es, quizá, uno de los más grandes retos de la sociedad cubana para preservar el futuro. En lo que respecta a cada quien, de forma individual, tal vez valga la pena mirarnos al espejo y preguntarnos ¿cuál es el legado que queremos dejar?, pero, antes de responder a la pregunta, pensemos que todo lo material se destruye y solo perdura aquello que, casi siempre, es invisible a los ojos.


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fernando dijo:
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21 de marzo de 2017
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jorge dijo:
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leidys Respondió:
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el socialism real dijo:
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Lujan dijo:
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22 de marzo de 2017
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pequeño príncipe dijo:
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Alberto Núñez Betancourt dijo:
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pablos dijo:
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Carlos Lemus dijo:
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José garcía dijo:
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19 de junio de 2021
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