
La muchacha que da brinquitos para que el pequeño bebé sobre su hombro deje de llorar, la señora de la falda gris, que sostiene como puede dos bolsos de no sé qué mientras torea con la pierna libre a un trigueñito que parece haber desayunado pica pica. La señora que le aclara a otra que no es madre, sino abuela preocupada.
A mi lado, la mediotiempo que sostiene la cabeza de su niño mientras vomita en una bolsa de nailon —es que está en ayunas, se excusa con el resto— , y hacia atrás, mujeres y más mujeres con sus hijos a las que escucho cotillear de miles de cosas, contarse la vida con la sana confianza de las desconocidas y entregarse, con tranquila parsimonia, al deporte nacional de chotear lo humano y lo divino.
En la esquina izquierda, mucho más tranquilo, un hombre con un niño igualmente callado. A nuestro lado, entre los paseantes que no son médicos, enfermeros o personal del Hospital Pediátrico Pedro Agustín Pérez, en una hora han pasado solo unos pocos, todos acompañados de la madre.
Somos, en definitiva, mayoría, y no solo esa mañana. Somos mayoría también en las reuniones de los círculos y las escuelas, en los días de prueba, en las canchas deportivas y los teatros, en los cumpleaños, en los parques…
En pleno siglo XXI, cuando es posible que a algunos les suene reiterativo el discurso de la igualdad de género, de la paridad de derechos y deberes; al interior de la familia cubana siguen reproduciéndose, silenciosa pero eficazmente, las mismas prácticas machistas de los tiempos más oscuros.
Ocurre entre los matrimonios, con padre presente, en los que muchas veces es mamá quien carga con la responsabilidad del repaso, del aseo, cuidado y alimentación de sus hijos…, pero todavía más ferozmente entre los restos de las parejas rotas, en quien es «mamá y papá» todos los días de su vida, o casi todos.
Y eso tiene implicaciones más allá de lo anecdótico, más allá del «la pobre, lo hace todo», más allá del chiste que le sacamos hasta a las situaciones desesperadas.
Implica por ejemplo que la mujer esté en desventaja, que aunque no esté escrito en ningún sitio, y nadie admitiría en voz alta que se le discrimine de alguna manera, ser una mujer con hijos pequeños —sobre todo si es más de uno— todavía es visto como una especie de hándicap para asumir cargos de responsabilidad.
Esconde también desigualdades económicas. Al ser la de los hospitales y las escuelas, la todoterreno de los momentos duros, son nuestros salarios reales los que se resienten a fin de mes.
Tampoco nos socorren las vetustas leyes que obligan al padre a dar alimento a sus hijos: en la práctica, si no se llega a un acuerdo justo entre las partes, la cifra mínima exigida a un hombre para la manutención de su hijo es simbólica, tan simbólica e insignificante que resulta irrisoria.
El machismo, empero, lo ve bien, o por lo menos no se escandaliza. Y hace más: al padre todoterreno —que los hay—, al padre que asume a conciencia la carga preciosa de la educación y el cuidado de sus vástagos, todavía hay quien lo mira con desdén y burla, lo marca como blando, se compadece de él.
No es casualidad que, incluso siendo las mujeres más de la mitad de la fuerza técnica y profesional del país, los hombres que se acogen a la licencia de maternidad tras el nacimiento de sus hijos son tan escasos, que cuando contamos sus historias lo hacemos como si se tratara de un tesoro raro.
Así vamos por la vida. Así son las cosas, dirían los resignados, como si lo que hay no pudiera ser modificado, como si no fuera resultado de estereotipos, de prácticas antiguas, como si fuera realmente imposible que, en la práctica, nuestros hijos sean, de una vez y por todas, un asunto de dos.


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Yn dijo:
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