
“¿Ves si tengo razón? Tú no me ayudas en nada —se queja enojada y en exigente tono la adolescente— mañana tengo que entregar el trabajo y todavía no me lo has hecho”.
Penosamente exhausta, por el intenso ritmo laboral, más la agobiante sumatoria de quehaceres en el hogar sin la correspondiente ayuda, la madre apenas atina a suspirar, toma el bolso y enrumba otra vez hacia su empresa, para bajar de Internet (tal vez de la misma Ecured que la muchacha tiene en su escuela o cerca de allí, en el Joven Club de Computación) los contenidos que seleccionará, redactará e imprimirá para que la hija cumpla la tarea y se mantenga entre los mejores alumnos de su colectivo.
¿Quién niega que sucede así en una buena cantidad de hogares? Supongo que nadie.
¿Ocurría de ese modo 30 o 40 años atrás? Muy poco o nunca.
¿Es esa dañina tendencia o práctica expresión de fraude? A mi modo de ver, sí.
Quizá no todo el mundo coincida con tal punto de vista. Yo solo invito a meditar si se aviene a los objetivos de la Educación cubana que un estudiante presente como suyo el trabajo que, prácticamente de principio a fin, le ha hecho el padre, la madre, el tío, la abuela…
En primer lugar, es un engaño al profesor, quien, por cierto, debe estar apto para determinar si el estilo de redacción, profundidad del contenido y presentación general del material, coinciden con lo que habitualmente él aprecia en clase.
Y es, sobre todo, un autoengaño que mañana, en el recinto universitario, o después de la graduación, cobrará amargo precio para el estudiante (huérfano de conocimientos e incapaz de valerse por sí mismo para investigar, enfrentar y resolver una situación determinada), así como para la familia, que solo entonces “despertará”, demasiado tarde, frente a la ya irreparable deformación.
Acerca del asunto he hablado con varias personas y hay quienes remontan los orígenes del fenómeno a la complejidad, envergadura o falta de claridad en las tareas que, desde la enseñanza primaria, sin excluir luego a la secundaria básica, orientan algunos maestros, a veces imposibles de realizar por los alumnos solos.
Ello, sin embargo, no justifica nada. Usted puede AYUDAR a la niña o al niño, facilitarle incluso elementos, ideas, argumentos, pero no hacerle íntegramente el trabajo. Puede usted indicarle dónde y cómo buscar información, de qué modo redactar, cómo darle no solo elegancia formal sino también consistencia y rigor al contenido.
Pero incurrir en el facilismo y en la errónea sobreprotección de hacerle todo a su hijo, puede conducir, sin remedio, al fraude en clase cuando por sí mismo no sepa qué responder, o al “copia, corta y pega” con que a veces el plagio campea entre investigaciones, tesis y otros espacios, no precisamente en las enseñanzas media, técnico profesional o media superior.
Seguro estoy de que si ahora le aplicamos una encuesta a mil padres, los mil condenarán la repudiable práctica del fraude, por considerarla ajena a los valores de una sociedad como la que queremos edificar.
La otra pregunta, en cambio, sería: ¿Pero, en el plano individual, usted lleva, de verdad, a fondo esa convicción en casa?
Quede, la respuesta, como tarea… para usted y para su hijo. (Tomado de Invasor)


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cayo dijo:
21
25 de agosto de 2016
08:07:02
Orestes dijo:
22
26 de agosto de 2016
10:38:45
Idarmis Díaz dijo:
23
28 de agosto de 2016
00:38:27
Mayra Escalante Pacheco dijo:
24
13 de septiembre de 2016
10:08:07
Aurora Fajardo Pérez dijo:
25
13 de septiembre de 2016
20:57:35
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