ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Durante unos minutos mi computadora pa­reció abatirse. Quedó inactiva, inerte. Ella, hermosa; tan primitiva y única y valiosa; tan parte que ya es de la familia… En la pantalla azul el pequeño redondel también azul giraba y giraba sobre sí mismo. Perennemente. Debajo, una palabra: Iniciando. Así estuvo durante, por lo menos, diez minutos. Y nada de iniciar.

Sentí pavor. No tanto por el hecho de la má­quina en sí, sino porque, dentro, tengo archivada toda la información que considero útil. Li­bros, música, filmes. Mis textos. Cosas todas que considero casi imprescindibles. Es más, in­for­mación que estimo inmensa. Información vital.

Reinicié Windows. Lo mismo. La zafé de la corriente. Volví a encenderla y nada. El pequeño redondel azul continuaba girando después de teclear la contraseña. Me puse ansioso. Empecé a sudar. Si se rompe la máquina, pen­sé, pierdo la tesis; pierdo años de mi vida que he dedicado, exclusivamente, a conservar ahí dentro. Fotos, juegos, audios de mis trabajos periodísticos. Me levanté. Me fui hasta la cocina. Cuando vuelva, pensé, ya habrá iniciado. Y todo va estar bien.

Regresé. Nada. Pensé en cuánto dinero podría costarme asumir el arreglo. Y en que la máquina también podría, sencillamente, no encender de nuevo. Y no encender más, con ello, un pedazo tremendo de mi existencia… (Es sorprendente y triste cómo toda la industria tecnológica, cada vez con más fuerza, nos aprisiona.)
Dice Bill Gates, por cierto, que la computación surgió para resolver un problema que antes no existía. Y tiene razón.

Antes de tener máquina guardaba mis decenas de libros en estantes. Ocupaban un espacio tremendo, cierto, y eso me obligaba a leer, precisamente por la necesidad de prescindir de los prescindibles. De clasificarlos; de saber cuáles, por algún motivo, necesitaba conservar. Lo mis­mo con las fotos. Montones de álbumes se acumulaban en todas las gavetas de mi casa. Álbumes decorados a mano, con dibujos y recortes de revistas a color. Y era solemne el momento de sentarnos en familia a hojear aquellas páginas; y notar, por ejemplo, cuánto había cambiado una persona entre un año y otro; o cuánto no. O cuánto cambió el barrio.

Los casetes con música y películas también se acumulaban. Allí estaban todos siempre, en sus estantes. A riesgo del tiempo, de la humedad. También mis textos. Escritos sobre libretas rayadas. A lápiz.

Luego conseguí una máquina. Y el espacio incipiente de las gavetas comenzó a agrandarse. Dejé de leer libros porque, ahora, tenía miles en una carpeta que no ocupaba espacio. Con las fotos pasó lo mismo. Acumulé decenas de carpetas con fotos digitales que hoy no tengo tiempo de sentarme a mirar. Y así la vida empezó a reducirse; empezó a caberme en gigabytes tristísimos que estaban por perderse con el girar del redondel azul…

Fui a la cocina por tercera vez. Regresé susceptible. Reinicié Windows e inició la máquina. Respiré hondo, puse una memoria y copié, de todo aquello que me importa, lo que es transcendental. Por si las moscas… Y porque hay que adecuarse a la manera de resolver problemas que no estaban; pero que ahora, ineludiblemente, son cotidianos; hastían; están.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.

Mayelin dijo:

21

26 de febrero de 2016

14:36:26


Me gusta lo que usted pone a nuestra disposición, es reflexivo, lo hace con mesura, sin exageraciones. Cala hondo....Gracias. Le sigo....

Zzz dijo:

22

29 de febrero de 2016

15:32:37


Jesús, siempre es interesante leerte, casi todos hemos pasado esos sustos!! parece q el corazón deja de latir el mismo tiempo q el circulito azul da vueltas. Qué bueno q no hayas perdido tu información, aunque lo más valioso está en tu cerebro, esa manera de escribir tuya tan sugerente, la valiosa PC no podría decir por sí sola lo q tú expresas, gracias!!!