Tengo un platicelio que amo con todo mi corazón. Un regalo de alguien que sabe con creces de mi embrujo por ese verdor único de las plantas. Pero el mío no es uno de esos que se parece a las astas de un reno adulto. Unas pocas hojas tenía cuando llegó a mis manos y, aunque a mi lado le nacieron otras, terminó por secárseme y entendí el hecho como un adiós definitivo.
Tal vez al lector no le quede muy claro que diga “tengo” cuando después afirmo que la planta se me murió. Lo que sucede es que hace unos días, como mismo le pasó al olmo seco que hizo escribir a Antonio Machado uno de los más grandes sonetos en lengua española, a mi moribundo platicelio “algunas hojas verdes le han salido”.
La alegría simpar que me causan estos brotes me llevan a la literatura. No es posible, cuando cada mañana me llego hasta él para ver el avance, evitar en la memoria aquellos versos inmortales con los que el poeta eternizó al olmo del Duero escribiendo “la gracia de su rama verdecida”.
A un olmo seco fue también el pretexto que usó el ilustre español para expresar su hálito de esperanza cuando el desaliento lo embargó (“Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera”). Así el poema recorrió el mundo y sigue socorriendo a aquellos que sin tener el don de la palabra poética necesitan usar las ajenas para expresar con exactitud que les queda todavía una ilusión.
Si quedara algún incrédulo que dude de ciertas utilidades de la literatura, será porque no ha sido aún atrapado por un libro. La literatura está llena de respuestas. Leyendo la Comedia Humana de Honoré de Balzac aprendió Federico Engels más sobre el capitalismo europeo del siglo XIX que de todos los economistas de la época. El poeta español Luis García Montero, Premio Nacional de Poesía de su país, asegura que les debe con creces a los poemas que ha leído.
De muchas amarguras nos salvan las letras cuando tienen el propósito de convertirse en buen arte. La literatura puede hacer que nos sintamos autores de lo que leemos. En ella están a veces las soluciones que para nuestros problemas aún no conseguimos ver, y yendo al encuentro de una novela podríamos estar leyendo pasajes de nuestra propia vida.
Los ejemplos sobran. Un fabuloso poema escrito por la uruguaya Juana de Ibarbourou pretendió levantar la autoestima de la higuera gris, de gajos torcidos y apariencia frágil, en medio de cien árboles bellos a los que todos halagaban. Leerlo es una llamada de atención al cuidado que debe tenerse para con los otros, un canto solidario que enseña el respeto por las diferencias, y a no mirar únicamente las apariencias. Miles son las razones para que vayamos por el mundo aliados a la literatura. ¿Quién de los que hayan desandado alguna vez esos parajes no recordará con el pecho apretado los 10 minutos de parada, de Azorín, y comprenderá que, como a su personaje principal, un amor a primera vista le cambió para siempre la vida?
¿Habrá alguien que no se haya estremecido cuando el tren de aquel cuento de Pablo de la Torriente pasó por encima de la pierna del Héroe? ¿Quién no suspiró feliz al saber que la mole de hierro solo trituraba la pierna de palo porque la de verdad estaba enterrada en el campo de Ceja del Negro, donde su dueño la había perdido en combate por la libertad de Cuba?
¿Cuántos no recurrieron a Benedetti, Neruda, Lorca, Borges o Martí, por solo mencionar a los primeros que se amontonan en el pensamiento, para homenajear con versos a una persona particularmente importante a quien era preciso impresionar? ¿Qué mujer no preferiría a una expresión vulgar los hermosos cuestionamientos de Gelman cuando pregunta “¿cómo será tocarte a mi costado?”.
¿Acaso ha podido alguien mejor que Cervantes describir un estado de locura, de esas “que no vale la pena curar”, para decirle al mundo que hay locos extremadamente cuerdos porque están dominados por esa fuerza mayor que es el amor?
La literatura sirve para que la belleza nos endulce el alma y para refinar nuestras hosquedades. Cuando esas horas de bestia de las que hablaba Martí embargan al ser humano y “los dientes tienen necesidad de morder” es preciso, si queremos triunfar, ponerle frenos a la bestia y “sentar sobre ella un ángel”. En ese intento mucho conseguirán ayudar las lecturas que guardemos con nosotros.
Dentro de unos días, La Habana acogerá la 24 edición de la Feria Internacional del Libro para continuar hasta abril por el resto del país. Tengo fe en que la hermosa cita les traiga como regalo a quienes viven aún sin conocerlo un encuentro inolvidable con esa maravilla de la invención humana que se llama literatura.


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Carlos de New York City dijo:
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