
En el año 1972, la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente cada 5 de junio. A pesar de ello, la intención de sensibilizar a la opinión pública ante el deterioro del medio ambiente y la promoción en las personas de una conciencia de cambio, no ha surtido, seguramente, los efectos que la comunidad internacional deseaba. Muchos gobiernos continúan volteando la cabeza hacia otro lado ante los derramamientos de petróleo en los océanos o la contaminación del aire por poderosas industrias.
Sin embargo, algunos países sí promueven el desarrollo de campañas y programas ecológicos con el fin de educar a sus habitantes en el cuidado al entorno. Por ejemplo, en Cuba, según el Informe sobre gastos de inversión para la protección del medio ambiente, publicado por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, se destinaron, solo en el año 2013, 517,3 millones de pesos en actividades de protección ambiental, distribuidos en sectores como el agua, los suelos, la atmósfera, los recursos forestales y los residuos sólidos. Y eso no es todo. El Instituto de Planificación Física realiza, desde el año pasado, un plan de reordenamiento en las playas de la Isla, atendiendo al daño que reciben las dunas y la vegetación costera a causa de las construcciones ilegales sobre ellas.
La labor gubernamental no basta. Es necesario sumarse, desde las comunidades e incluso desde la individualidad, a la lucha por la protección del medio ambiente. Sería oportuno poner en práctica, en los tiempos que corren, aquello de escribir un libro, tener un hijo y sembrar un árbol. O al menos, incrementar la conciencia ambiental en las urbanizaciones, donde la limpieza de las calles, la poda irresponsable y la contaminación acústica dejan aún mucho que desear.
A pesar de las crecientes campañas en la televisión, en las vías públicas o en Internet, personalmente creo que la razón principal por la cual no acabamos de comprender la gravedad del problema que supone el deterioro del medio ambiente, es que no hemos interiorizado las consecuencias en su totalidad. Es decir, sabemos que el planeta sufrirá de sequías más frecuentes, pero no nos percatamos de que seremos nosotros quienes padeceremos sed. Sabemos que el aire se llenará cada vez más de gases tóxicos, pero no que esos gases nos matarán lentamente. Los suelos se vuelven cada vez más áridos y no vemos que seremos, con el tiempo, incapaces de cultivar en ellos… El quid de la cuestión está en aceptar que formamos parte de esa humanidad que está destrozando el planeta y que sufrirá —y sufre— en carne propia los daños al entorno.
El 2014 ha sido declarado por las Naciones Unidas como Año Internacional de los Pequeños Estados Insulares en Desarrollo, bajo el lema “Alza tu voz, no el nivel del mar”, sobre todo a partir de que serán estos territorios los primeros afectados por el cambio climático. En nuestro país las actividades estarán centradas en el desarrollo de estrategias y acciones para contribuir a la adaptación a ese fenómeno, y la provincia de Pinar del Río fue la escogida como sede principal, bajo el llamado: “Cambio climático, ¡Nuestra acción cuenta!”.
De lo que se trata, entonces, es de sumar voces a favor del entorno. Pero voces comprometidas, que sepan realmente que no se trata ya de una lucha por el futuro del planeta, sino por el presente inmediato de la humanidad.


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glen roberts dijo:
1
7 de junio de 2014
13:02:06
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