Durante abril de 2026, al menos 70 veteranos de guerra estadounidenses fueron detenidos en las inmediaciones del Capitolio de Washington, tras protestar contra la entonces reciente agresión militar de EE. UU. contra la República Islámica de Irán. Varios de ellos habían estado en Medio Oriente y reconocían el sinsentido de una serie de operaciones que quitaron la vida de millones de personas en las naciones invadidas, pero también de miles de sus compañeros.
Las guerras, como casi todo, tienen tres procesos esenciales: el antes, el durante y el después. La primera fase suele saturarse de romantizaciones, alimentadas por toda una industria del entretenimiento que banaliza la diferencia entre volver a casa y no hacerlo; también incide determinado patrioterismo barato, que sale a poner la bandera por todas partes, clama por seguridad nacional y exige la defensa, no de estas cosas, sino de un entendimiento específico de ellas.
El durante, para un soldado común, es la ruleta. El después incluye el trauma de diverso calado y una multiplicidad de maneras de responder a él, que pueden incluir el suicidio, la exacerbación de la agresividad en el espacio cotidiano o la conciencia de –y la lucha por– que nadie más debe transitar situaciones de ese tipo; porque las guerras, cualquiera de ellas, pero también las del invasor, resultan siempre más de lo que les contaron.
Durante abril mismo, el Centro de Conciencia y Guerra de EE. UU., una organización sin fines de lucro, señalaba que, tras la agresión a Irán, sobre todo después del bombardeo a una escuela de niñas, se habían incrementado en 1 000 % las llamadas de militares para asesorarse en temas de objeción de conciencia. De acuerdo con Mike Prysner, su director, la mayoría temía ser responsable de la muerte de seres humanos en medio de un conflicto en el que no creían.
Estos debates encuentran mayor resonancia por estos días, en que el Pentágono ha sacado a la luz que casi cien de sus efectivos han sido lesionados solo desde el 7 de julio, ante las respuestas de Irán contra bases yanquis en Asia Occidental.
Mientras los altos voceros anuncian a todo micrófono que los heridos están dispuestos a volver a sus responsabilidades, se publican los nombres de fallecidos tras el ataque iraní a una instalación militar estadounidense en Jordania, durante el pasado viernes.
La primera, sin vida en el acto, resultó una joven de 19 años con ascendencia latina, Isabella Gonzales. El segundo, de 25, se llamaba Tyler James Feehan.
El domingo, en otra respuesta iraní a una base en Iraq, murió también un estadounidense de 30 años, Michael Emmanuel Swinton, confirmó el Departamento de Guerra en su sitio oficial.
Desde febrero, el Pentágono ha reconocido la muerte de 18 soldados, así como a medio millar de heridos en sus filas. La proporción es desoladora, si se compara con los más de 3 500 iraníes asesinados bajo las bombas de ee. uu. en el propio lapso.
Cada vez más, las guerras tienen el acento de la larga distancia, pero ello no disminuye en nada sus efectos sicológicos ni sus daños en vidas e infraestructura. A fin de cuentas, un misil no es más amable que un guardia al alcance de la vista; no representa menos terror ni incertidumbre.
Los territorios agredidos, que también tienen enseña, himno y nación, cuentan con pocas fichas para elegir su destino: someterse o resistir, cada una, siempre, con altos costos.
Sin embargo, el pueblo estadounidense, al que en concreto nadie externo violenta al día que corre –por más fantasmas que se invente el Secretario de Estado–, debería poder decidir si se sigue mandando a sus hijos e hijas –Isabella, Tyler, Michael…– a matar y caer bajo otros cielos y sobre otras tierras. Defender la bandera y la seguridad nacional podría parecerse más a eso.
En tanto, el Secretario de Guerra va corriendo al Congreso para que le aprueben al Presidente 87 600 millones de dólares adicionales. Con tal mensajero, no hay indicios de que sean encauzados hacia la paz.













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