ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Gobierno de Estados Unidos declara terroristas a manifestantes antifascistas. Foto: Getty Images

El «terrorismo trasnacional de izquierda extrema» –categoría recién reciclada de la Real Academia de la Guerra– tiene consternado por estos días al señor en jefe de la diplomacia estadounidense, quien se reunirá el 15 de julio con –los que lleguen de– los 60 países que ha invitado para resolver, en conjunto y de una vez y por todas, el tema del terrible fantasma que recorre el mundo.

Desde el Departamento de Estado andan particularmente preocupados por una organización –que nadie todavía sabe bien cómo se organiza o si lo está–, Antifa(scista), que se suma a la lista de peligros, seguramente extraordinarios, que mantienen en sitio a Washington y a otras capitales, herederas también de lo mejor de la moral y las buenas costumbres.

Cuando la Casa Blanca, que no es un edificio de gobierno perdido en el Índico, dice sentirse en peligro y acosada, poco después suele temblar la tierra a golpe de estruendos y ondas expansivas. Lo que pasa es que, si un peligro parece ir apagándose, llega otro y lo sustituye o se le monta encima. Y así, si los estruendos parecen estar aplacándose, llegan otros y los sustituyen o los refuerzan.

El miércoles se sabrá mejor –o se intuirá–, que es lo que viene, aunque por las pistas que van cayendo, parece que será serio. Según el señor Rubio, la seguridad nacional e incluso el pueblo de Estados Unidos tienen un nuevo enemigo: ni más ni menos, la Corte Penal Internacional (CPI).

«La CPI supone una amenaza intolerable para la soberanía de Estados Unidos: se arroga la autoridad para juzgar e incluso encarcelar a militares y funcionarios estadounidenses que actúan en defensa de los intereses nacionales. (…) La CPI ya abrió anteriormente una investigación sobre militares y agentes de inteligencia estadounidenses y, desde entonces, se ha negado a archivar estos casos», reza el más reciente comunicado de la acosada política exterior de ese país.

A su vez, anuncia una campaña de gran envergadura para desmantelar la afrenta, que incluirá, dicen, llamadas de alto nivel, fuertes sugerencias a algún que otro aliado, mayor escrutinio a quienes «se nieguen a rechazar la falsa autoridad de la CPI», revocación de visados y sanciones.

Parece menester que dicha Corte tenga otros asuntos de los que preocuparse, cuando ee. uu. inicie –otra vez inicie– sus acciones contra el «terrorismo trasnacional de izquierda extrema».

En su tercer volumen de Memoria del fuego, Eduardo Galeano fechaba en Washington, 1984, una breve nota bajo el rótulo de «Somos todos rehenes»:

«–No toleraremos… –advierte el presidente Reagan.

«(…) dice que san Lucas (Evangelio, 14.31) aconseja multiplicar los gastos militares para enfrentar a las hordas comunistas. Se militariza la economía: las armas disparan dinero para comprar armas que disparan dinero; se fabrican armas, hamburguesas y miedo. No hay mejor negocio que la venta del miedo. El presidente anuncia, jubiloso, la militarización de las estrellas».

Huele a Cóndor.

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