ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Archivo de Granma

Dos siglos y medio han transcurrido desde el 4 de julio de 1776, cuando tuvo lugar  la Declaración de independencia de las Trece Colonias de Norteamérica, primer paso para la formación de los Estados Unidos. Desde entonces hasta hoy mucho ha variado la concepción inicial que para ese país concibieron sus padres fundadores, y sus relaciones con el resto del mundo.

Resulta interesante observar la mirada crítica de José Martí sobre ese acontecimiento, verdadero parteaguas en la Historia moderna. Fue visto en su momento y sobre todo a lo largo de todo el siglo XIX y bien avanzado el XX como un hecho paradigmático para la emancipación humana. Muchas veces se le define como ejemplar e inmaculado, y sin que neguemos el significado trascendental que tuvo en su momento, conviene revisar el asunto bajo el prisma martiano y a la luz del presente.

En toda  la obra del Apóstol abundan las referencias a este asunto. De 1885 es este fragmento:

Yo esculpiría en pórfido las estatuas de los hombres maravillosos que fraguaron la Constitución de los Estados Unidos de América: los esculpiría, firmando su obra enorme, en un grupo de pórfido. Abriría un camino sagrado de baldosas de mármol sin pulir hasta el templo de mármol blanco que los cobijase; y cada cierto número de años, establecería una semana de peregrinación nacional, en otoño, que es la estación de la madurez y la hermosura, para que, envueltas las cabezas reverentes en las nubes de humo oloroso de las hojas secas, fueran a besar la mano de piedra de los patriarcas los hombres, las mujeres y los niños.—[1]

¿Por qué Martí proponía esa peregrinación? ¿Por deslumbramiento, acaso? No. Porque era su manera especial  de recordarles a los ciudadanos de un país que ya se descomponía, los orígenes ilustres de los cuales no debían renegar. Estamos en presencia de una de las crónicas ejemplares de Martí para entender las entretelas del proceso electoral estadounidense: “Historia de la caída del Partido Republicano en los Estados Unidos y del ascenso al poder del Partido Demócrata,” de marzo de 1885, en la cual se hace una valoración de la contienda electoral de ese año, justo cuando se conmemoraba el vigésimo aniversario del final de la Guerra de Secesión.

Después de esa reflexión y de la convocatoria emotiva al homenaje, viene una larga tirada analítica, donde se exponen las interioridades de una  sociedad donde afloraban ya de manera alarmante el egoísmo, la corrupción, la rivalidad y el culto a la riqueza.

Destacó especialmente cómo la política había ido cayendo en manos de grupos poderosos, con intereses creados, y se había pervertido con prácticas innobles, tales como la compra del voto, el clientelismo, ya habituales. También hace énfasis en la voracidad y el expansionismo respecto a otros pueblos vecinos.

Poco después reitera, de forma sintética, la imagen gigantesca del principio, con el ánimo de reforzar la atención del lector sobre la gravedad de los acontecimientos del presente y la urgencia de no olvidar el pasado glorioso:

A los que en ese universo nuevo levantaron y clavaron en alto con sus manos serenas, el sol del decoro; a los que se sentaron a hacer riendas de seda para los hombres, y las hicieron y se las dieron; a los que perfeccionaron el hombre, esculpiría yo, bajo un templo de mármol, en estatuas de pórfido. Y abriría para ir a venerarlos, un camino de mármol, ancho y blanco.[2]

Todo ello da fe de la preocupación del cubano respecto al futuro de aquel país y la influencia que podía ejercer como ejemplo a seguir por otras naciones, ya que el presente se le presentaba como muy poco halagüeño. Lugar primordial ocupa en esta crónica la caracterización de las campañas electorales con sus entresijos y maniobras turbias:

Es recia, y nauseabunda, una campaña presidencial en los Estados Unidos. Desde mayo, antes de que cada partido elija sus candidatos, la contienda empieza. Los políticos de oficio, puestos a echar los sucesos por donde más les aprovechen, no buscan para candidato a la presidencia aquel hombre ilustre cuya virtud sea de premiar, o de cuyos talentos pueda haber bien el país, sino el que por su maña o fortuna o condiciones especiales pueda, aunque esté maculado, asegurar más votos al partido, y más influjo en la administración a los que contribuyan a nombrarlo y sacarle victorioso.[3]

Ninguna de las prácticas deshonestas, descritas en un texto que parece de hoy,  era coherente con la figura del conductor de la Revolución americana, como se le conoce en lengua inglesa al inicio de la contienda independentista.

Martí sentía sincera admiración por George Washington. Estimaba su honradez, su liderazgo indiscutible, su valentía y consagración al  servicio de su pueblo. Ese protagonismo lo ganó justamente en el campo de batalla con su valor e inteligencia, como bien destaca en sus crónicas dedicadas al centenario de la primera jura presidencial.

En una de ellas escribe, cuando se refiere a las duras polémicas que precedieron a la elaboración y puesta en vigor de la Constitución: “Por Washington que juntó sobre su corazón a los partidos hostiles salió triunfante de sus primeras pruebas la Constitución que solo a regañadientes aprobaban los Estados recelosos. «Por eso la aprobamos, como experimento, porque el Presidente va a ser Washington».[4]

Ello no le impidió ver las debilidades de aquella independencia tan fría y calculada, concebida únicamente para beneficio de la aristocracia. Así describe el  inicio de la guerra en su discurso “Madre América”, pronunciado el 19 de diciembre de 1889 en la velada que la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York dedica a los delegados al Congreso de Washington, cuando realizó el análisis en paralelo de la América de Lincoln y la de Juárez, para establecer las diferencias y dejar claro que no había inferioridad alguna en los pueblos del Sur:

A su héroe, le traen el caballo a la puerta. El pueblo que luego había de negarse a ayudar, acepta ayuda. La libertad que triunfa es como él, señorial y sectaria, de puño de encaje y de dosel de terciopelo, más de la localidad que de la humanidad, una libertad que bambolea, egoísta e injusta, sobre los hombros de una raza esclava, que antes de un siglo echa en tierra las andas de una sacudida […][5]

En ese breve párrafo de alto vuelo poético, se refiere a un asunto polémico en su tiempo y aun hoy: la negativa de los Estados Unidos a ayudar a la Francia revolucionaria en su conflicto con Inglaterra, a pesar de que un militar francés de ideas liberales, el Marqués de Lafayette,  apoyó voluntariamente a EEUU y su contribución fue decisiva en la batalla de Yorktown y en la victoria de los rebeldes.

En “Vindicación de Cuba”, texto que desmonta una campaña mediática en contra nuestra, en el sentido actual del término, Martí da respuesta a las acusaciones de “inferioridad” que la prensa norteamericana le achaca a los cubanos. Destaca la generosidad de Carlos Manuel de Céspedes y demás patriotas al darles la libertad a los esclavos en el primer momento de rebeldía, a quienes acogieron como a hermanos en las filas insurrectas, con lo que de hecho estaban aboliendo la esclavitud. El gobierno español la eliminó por ley en la Isla en 1886. Ese acto de justicia no sucedió en los Estados Unidos hasta 1865, con el fin de la Guerra de Secesión.

De manera especular se apoya Martí en la historia independentista estadounidense para analizar las causas del fracaso de la Guerra de los Diez Años y desmentir las acusaciones de cobardía con que se pretendía demeritar a las fuerzas cubanas:

Nosotros no teníamos hessianos ni franceses, ni Lafayette o Steuben, ni rivalidades de rey que nos ayudaran: nosotros no teníamos más que un vecino que «extendió los límites de su poder y obró contra la voluntad del pueblo» para favorecer a los enemigos de aquellos que peleaban por la misma carta de libertad en que él fundó su independencia: nosotros caímos víctimas de las mismas pasiones que hubieran causado la caída de los Trece Estados, a no haberlos unido el éxito, mientras que a nosotros nos debilitó la demora, no demora causada por la cobardía, sino por nuestro horror a la sangre, que en los primeros meses de la lucha permitió al enemigo tomar ventaja irreparable, y por una confianza infantil en la ayuda cierta de los Estados Unidos: «¡No han de vernos morir por la libertad a sus propias puertas sin alzar una mano o decir una palabra para dar un nuevo pueblo libre al mundo!» Extendieron «los límites de su poder en deferencia a España». No alzaron la mano. No dijeron la palabra.[6]

Si el gobierno del coloso vecino hubiera sido consecuente con los tan celebrados ideales libertarios de los padres fundadores, hubiera empezado por lo mínimo que se le solicitaba: reconocer el derecho de Cuba a la beligerancia en esa guerra justa.

Aún así, y a despecho de los intentos reiterados de comprar a España la última joya de su corona, de las campañas y declaraciones ofensivas de los órganos de prensa, de la venta de embarcaciones para perseguir las expediciones armadas, hubo en el pueblo de aquel país muchos ciudadanos honestos que simpatizaron y apoyaron directamente nuestra causa. Un número importante de ellos combatió  junto a los mambises, y los más conocidos y recordados, pero no los únicos, siguen siendo Thomas Jordan y el legendario Henry Reeve. Amigos y colaboradores de Martí fueron, entre otros, Charles A. Dana y Horatio S. Rubens. Manos solidarias piden hoy en casi todos los estados de la Unión el cese del bloqueo genocida y las sanciones contra nuestro pueblo. Todos ellos son capítulos de historia compartida que merecen ser más conocidos.

Dra. Marlene Vázquez Pérez, Directora del Centro de Estudios Martianos*

[1] JM: Historia de la caída del Partido Republicano en los Estados Unidos y del ascenso al poder del Partido Demócrata.—Obras completas, edición crítica, tomo 22, p. 53. (En lo adelante, OCEC).

[2] JM: OCEC, t. 22, p. 54.

[3] JM: OCEC, t. 22, p. 55.

[4] JM: OCEC, t. 32, p. 107.

[5] OC., t. 6, p. 135.

[6] OCEC,t. 31, p. 218-219. 

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.