Donald Trump no utiliza la inteligencia artificial solo para producir imágenes llamativas. La emplea como una herramienta política para fabricar realidad en el ámbito simbólico.
El fenómeno fue descrito recientemente por el diario Financial Times, en un artículo dedicado a la «slopaganda», un neologismo en inglés que une las palabras slop –bazofia– y propaganda. El texto explica cómo el equipo de Donald Trump y su ecosistema digital están usando imágenes generadas con inteligencia artificial (IA) para la glorificación personal, los ataques a adversarios, la dramatización de políticas y la producción de imaginarios políticos antes de que existan en la realidad.
Según esa información, en mayo Trump multiplicó por siete las imágenes de IA publicadas en Truth Social: 57 en las tres primeras semanas del mes, frente a ocho en todo abril. Además, habría publicado más de 2 700 veces en esa red social en lo que va de año, una media superior a 19 mensajes diarios.
Trump usa imágenes falsas o exageradas como parte de su política digital desde hace más de una década. Lo nuevo es la escala, la frecuencia y la función de esas imágenes. La IA permite representar a Trump como guerrero, constructor, redentor, figura religiosa o líder histórico, mientras sus adversarios aparecen degradados, ridiculizados o convertidos en amenaza. La imagen ordena emocionalmente el mundo. Dice quién es el héroe, quién es el enemigo y qué comunidad debe sentirse atacada.
Para entenderlo de forma sencilla, la propaganda clásica intentaba convencer con discursos, carteles o anuncios. La propaganda algorítmica busca algo más inmediato: producir reflejos emocionales. No se trata tanto de que una persona crea racionalmente un argumento, sino de que sienta miedo, ira, pertenencia o entusiasmo antes incluso de analizarlo. La IA acelera ese proceso porque permite fabricar, en minutos, símbolos que antes exigían equipos de diseño, edición y planificación.
Varias investigaciones recientes sobre la comunicación de Trump ayudan a explicar esta estrategia. Una de ellas habla de «carisma algorítmico»: Trump adapta su liderazgo a la lógica de las plataformas, donde importan la viralidad, la repetición, la polarización y la espectacularización. Su poder comunicativo no depende solo de lo que dice, sino de cómo sus mensajes son amplificados por audiencias, influenciadores, familiares, cargos institucionales y comunidades digitales que reinterpretan, comentan y multiplican cada contenido.
La extrema derecha digital ha aprendido, además, que el odio puede funcionar como cemento comunitario. Estudios sobre plataformas como Truth Social, Gab, Parler o Gettr muestran que estos espacios no son simples refugios frente a la moderación de las grandes tecnológicas. Se han convertido en infraestructuras de reclutamiento, pertenencia y radicalización. Allí se fabrican agravios compartidos, se normalizan enemigos y se convierte el resentimiento en identidad política.
La IA encaja perfectamente en ese modelo. Permite producir una propaganda sin pausa, visualmente impactante y emocionalmente simple. Cada imagen dice: «nos atacan», «nuestro líder resiste», «el enemigo es monstruoso», «la nación debe ser recuperada», «Cuba next» –Cuba es la próxima–. Es la vieja lógica del autoritarismo, pero adaptada a la economía de la atención.
Por eso el problema no es solo tecnológico. Es político. La inteligencia artificial, en manos de proyectos reaccionarios, puede convertirse en una fábrica automatizada de mitos, enemigos y obediencia emocional. Frente a eso no basta con denunciar las imágenes falsas. Hay que comprender la arquitectura que las hace eficaces; es decir, las plataformas que premian la polarización, los algoritmos que jerarquizan lo escandaloso y las comunidades entrenadas para confundir espectáculo con verdad.













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