
El fundador de Wikileaks, Julian Assange advirtió hace años que «todas las guerras comienzan en los medios». No era una metáfora, sino la descripción precisa del funcionamiento contemporáneo del poder.
Antes de los bombardeos, antes de las sanciones más duras, antes de las operaciones militares, llega la construcción simbólica del enemigo. Se le aísla, se le demoniza, se le deshumaniza y, finalmente, se le silencia. Lo que denuncia el Observatorio de Medios de Cubadebate sobre el comportamiento de la plataforma X (antes Twitter) contra cuentas institucionales cubanas, debe leerse exactamente en ese contexto.
La investigación, basada en más de 600 000 menciones analizadas mediante la plataforma BrandWatch entre enero y mayo de 2026, documenta una caída abrupta, transversal y sincronizada del alcance digital de las cuentas de instituciones cubanas en x. Las nueve entidades estudiadas pasaron de unas 155 000 menciones en enero a apenas 7 500 en mayo. Un desplome del 95 %. El patrón no es aislado ni orgánico. La cuenta del Minint pierde un 59 % de menciones; la del Minem un 64 %; la del Mined un 57 %; la del Partido Comunista de Cuba un 33 %... El quiebre se produce de manera coordinada a partir de abril.
No se trata simplemente de una caída de interés. La investigación conecta el fenómeno con estudios académicos y análisis sobre prácticas de shadowban (restricción invisible del alcance) y reducción algorítmica de visibilidad documentadas durante la guerra en Gaza, cuando plataformas como x y Facebook fueron acusadas de limitar sistemáticamente contenidos palestinos o críticos con Israel. El mecanismo es conocido: no se elimina necesariamente el mensaje de los usuarios, pero se reduce artificialmente su circulación, alcance e impacto. El post existe, pero casi nadie lo ve.
La gravedad política del caso cubano es evidente. El colapso de visibilidad coincide con una escalada sin precedentes del discurso agresivo de la administración Trump y del secretario de Estado Marco Rubio contra la Isla. En las últimas semanas se ha intensificado una narrativa mediática centrada en la idea de «Estado fallido», «colapso inevitable» y «transición». Grandes medios estadounidenses y operadores políticos de Florida amplifican diariamente escenarios de intervención, sanciones extremas o cambios de régimen. En paralelo, las voces institucionales cubanas desaparecen progresivamente del espacio digital global.
Eso no es neutralidad tecnológica. Es guerra informativa.
La censura algorítmica cumple una función estratégica: impedir que Cuba pueda escucharse internacionalmente justo en el momento en que aumenta la amenaza externa. Se intenta romper la capacidad de comunicación de las instituciones cubanas con sus propias audiencias y con la solidaridad internacional. La lógica es profundamente militar: aislar al adversario, incomunicarlo y degradar su capacidad de respuesta.
La historia reciente demuestra que las plataformas digitales nunca fueron simples empresas tecnológicas. Son actores políticos integrados en la arquitectura global de poder occidental. Sus algoritmos no operan en el vacío. Responden a intereses geopolíticos concretos y participan activamente en operaciones de influencia, manipulación y construcción de consenso.
Por eso la denuncia del Observatorio de Medios de Cubadebate es tan importante. No estamos ante un problema técnico menor ni ante una simple discusión sobre métricas digitales. Nos enfrentamos a un mecanismo de censura política coordinada en un contexto de máxima tensión internacional.
Cuando se intenta silenciar a un país entero mientras se multiplican las amenazas contra él, conviene recordar nuevamente la advertencia de Assange: las operaciones bélicas empiezan en los medios y sus algoritmos de guerra.













COMENTAR
Responder comentario