Cuando terminé de conversar con Nico prácticamente estábamos sin aire, en ese estado medio depresivo que se apodera de la gente cuando intuye que lo que sueña es tremendamente difícil, doloroso, contradictorio, ¿posible?
No es para caerse –le dije–, sino para agarrar más fuerzas. Y me respondió que sí, aunque con rostro de circunstancias. Entonces me estrechó la mano. Me llamó compañero. Y volvimos las caras al resto de los que estaban en la mesa, para adentrarnos en otra conversación sobre cosas de más fácil remedio.
Era la noche del jueves 30 de abril en un Santiago de Chile que por esta época comienza a pasarse de frío. Por la madrugada, una niebla densa comenzó a inundarlo todo y, a las nueve y tanto de la mañana del viernes, la niebla seguía ahí, mientras la gente se concentraba en las inmediaciones del palacio presidencial, para marchar hacia la zona oriente de la Alameda.
No es un tramo largo, aunque probablemente el suficiente para que la gente grite un par de cosas, entre ellas, un constante llamado a paro nacional. En las marchas, por su propia configuración y mosaico, muchas veces se da lo que no consigue el discurso, porque en las marchas conviven y se amalgaman casi todos los símbolos que comparten aparatos de sentido, y hasta merodean los que no son irreconciliablemente contrapuestos.
Viene un viejo y pide un cigarro. Le doy dos. Rechazo su dinero. Me pregunta de dónde soy. De Cuba. Entonces se aleja unos metros para mostrar la túnica que le cubre la espalda, una bandera con el mapa de América y el semblante del Che. Y ya, se va sin decir mucho.
Luego, prendiendo un cigarro similar, otro hombre sin querer se cubre el rostro con una bandera palestina, y deja ver entre un ala y otra de la chaqueta el rostro de Allende que le sale del pulóver. Y más atrás y adelante hay banderas grandes y pequeñas de Cuba y banderas de Chile, grandes y pequeñas también, y la gente que grita, grita cosas, sin imaginar que la niebla espesa con que amaneció Santiago va a disiparse en la tarde, cuando el sol grite más que todos ellos.
Entonces pienso en la conversación con Nico y en esas noches que en general no siempre sirven para mucho, y viendo pasar otra bandera pienso además en Fernando Martínez Heredia y lo que dijo poco antes de morir a dos personas buenas del Estado español que lo entrevistaban:
«Y no se sientan tan mal, recuerden que a Marianita Pineda la mataron por estar bordando la bandera de la libertad, hace 200 años. Acuérdense que Simón Bolívar una vez se le apareció a un individuo en la puerta del Quinto Regimiento, que había sido un convento en Madrid, y el hombre le dijo: qué tú haces aquí, Maestro. Y Bolívar: Yo vengo cada vez que despierta el pueblo. Yo resucito cada vez que despierta el pueblo.
«Y los pueblos –continuó el viejo Fernando– parece a veces incluso que están muy mal y que son apolíticos y que es increíble cómo pueden votar por lo que votan. Espera... si se produce, sobre todo si se actúa, resucitan también, y ponen la patria incomparablemente hermosa».













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