ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Ilustración de Michel Moro

Las últimas derrotas del Real Madrid, club de fútbol español que muchos consideran el mejor de la historia, han desatado una discusión en el ámbito de la prensa especializada y de la hinchada internacional sobre el abc… de cómo debe funcionar un equipo.

Sin darse cuenta, quizás, el debate ha sacado a la luz determinadas interioridades del sentido común que hoy impera y que, si bien en este caso parecería enfocarse en lo estrictamente deportivo, nos habla también de cómo en nuestras cabezas tenemos bien marcados –e inamovibles– los roles y el lugar de cada cual en este o aquel multiverso.

En el Real Madrid, dicen, hay un jugador que se atreve a mandar más que los directores técnicos.

Un jugador, se entiende, por más estrella que resulte, solo está destinado a jugar fútbol, y si asume liderazgos, parece, estos tienen límites muy claros, pues solo pueden ejercerse en el campo y de cara a sus compañeros y/o rivales.

Para más datos, a Kylian Mbappé, de él hablamos, se le ha puesto el sobrenombre de «el dictador».

La manera de funcionar hoy día los clubes profesionales, sean de beisbol, de fútbol o de cualquier otra disciplina, tiene una estructura que parte de cualquier cosa menos de lo estrictamente deportivo.

Como tanto se dice, son negocios, son empresas. Y como en cualquier gran negocio o empresa, existe un presidente casi plenipotenciario, más abajo un grupo de gerentes, entre los que se incluyen los entrenadores y el director técnico; y un poco más al fondo, aunque con más reflectores, van los deportistas.

Hoy, que el Real Madrid apunta a acabar la temporada sin trofeos, el foco del asunto es que el director tiene que dirigir y el jugador que jugar y el presidente que presidir. Lo que se salga de ese esquema, se convierte, de cara a la opinión pública, en una dictadura y quien lo encabece, por supuesto, en un dictador.

Pero la historia del deporte, por quedarnos ahí, aporta determinadas luces.

Existió en el Brasil de entre 1982 y 1984 un fenómeno llamado Democracia Corinthiana. Sócrates, capitán del Corinthians y de la canarinha, médico, encabezó una transformación radical en el equipo, a raíz de la cual jugadores y trabajadores del club tenían el mismo poder de decisión que los directivos. Ese poder se empleaba para decidir fichajes, salarios y hasta director técnico, este más bien un representante.

Kenny Dalglish dirigió el Liverpool en 1985, siendo también jugador. En el Chelsea, el holandés Ruud Gullit fue escogido por sus compañeros en 1996 para encabezar el vestuario y, dos años más tarde, lo sustituiría otro futbolista en activo, Gianluca Vialli.

George Weah, ganador del Balón de Oro en 1995, dirigió y jugó al unísono para la selección nacional de Liberia entre 2000 y 2002. Dos décadas más tarde sería presidente de ese país. Hay otros nombres.

¿Ha sido lo ideal? Quién sabe. ¿Lo exigió la circunstancia? De seguro. Pero pasó y no se acabó el fútbol, más bien se salvó en muchos casos de determinados descalabros y volvió a ser, por unos instantes, más deporte y alma que negocio.

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