ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Marcha en Buenos Aires, a 50 años del golpe militar que instauró la dictadura de Videla. Foto: Editorial Acercándonos

Estábamos más lejos de lo que habíamos pensado y Érika me pregunta para qué vine. Para verte, boluda, le respondo tratando de imitar el acento argentino. Para qué viniste, para qué.

No tengo idea, pero aquí estamos. Hace casi tres años no veo a Érika, ni a Agus ni a Belu. Y quería verlos y que me vieran, sentir el abrazo, aunque costara 50 minutos en taxi, a través de una ciudad paralizada por una marcha; aunque luego nos quedáramos sin saber de qué hablar, solo sentados sobre la hierba medio fría de la Plaza de Mayo.

Mi hijo tiene un año y ahora Érika lo sostiene aupa y me dice algo sobre mojarle los pies en la fuente, una tradición de «boludos y boludas con bronca», que vienen a gritar cosas duras y hermosas a este parque desde hace décadas.

Mojarse los pies… para refrescar, para sentir, para heredar, para bautizarse de alguna forma. Y si Érika lo pide hay que hacerlo, porque sabe lo que dice, y me quiere a mí, ya quiere a mi hijo y yo la quiero. Y porque a uno le gusta imaginarse unos años mayor, contándole a su hijo que cierta vez, cuando apenas lograba sostenerse en sus piernas, tres argentinos buenos le pusieron sus piececitos donde mismo metieron «las patas» los obreros y obreras que, en 1945, despertaron con eso de salvar a Perón.

Después camina con él encima por el centro de la Plaza. Hay fotografías, carteles alusivos a hijos, a nietos, a madres, a abuelas. Érika no dice nada, solo mira estas cosas con mi hijo encima, en medio de la resaca de una marcha inmensa.

Corren las primeras horas de la noche del 24 de marzo de 2026. Hace 50 años, Jorge Rafael Videla dio un golpe de Estado. En el pañuelo que Érika, Agus y Belu le regalan y colocan al niño, un niño, mi niño, se ve el rostro doloroso de señoras mayores y se lee la cifra de 30 000. No estamos tristes, solo callados.

Un rato atrás, estábamos en la Esquina América. Belu no había llegado y nosotros aún no encontrábamos a Érika y Agus. Una mujer de poco más de 60 años se detuvo a preguntar una dirección. Pusimos cara de extranjeros y respondimos que apenas llevábamos unos días en la ciudad.

¿De dónde son? De Cuba. ¿Cuándo parten? La próxima semana. ¿Y cómo está Cuba? Es un momento muy difícil. ¿Pero qué va a pasar? No sabemos. ¿Si los atacan… se van a defender o no? Bueno, eso es lo único de lo que estamos seguros, de que nos vamos a defender.

La mujer comenzó a quebrarse. Nos dijo entre sollozos que a ellos –ella y mucha gente de su tierra– les afectaba mucho todo lo que le hacen a Cuba. Y se encogió a llorar más. Y la abrazamos. Después cerró el puño y lo levantó, mientras gritaba: ¡viva Fidel, viva el Che, viva Camilo! Uno no es de piedra y la patria está a unos cuantos miles de kilómetros.

Y ahora vamos saliendo de la Plaza de Mayo. Érika no ha querido soltar al niño. Caminamos por una calle llena del humo de los asados populares y «sucia» de símbolos que son más o menos de uno.

¿Para qué viniste si estaban tan lejos? Había preguntado ella. No sé, boluda, digo a mis adentros con seudoacento bonaerense, para que bautizaras a mi hijo, para que una vieja desconocida me partiera en dos…

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