«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto». Así comienza Kafka a describirnos, en La metamorfosis, la transformación de Samsa, el viajante de comercio, cuya transición resultó, lamentablemente para él, irreversible.
Quizá la razón de que el regreso le hubiese sido negado podamos entenderla en la reacción de Samsa frente al cambio involuntario: iba a llegar tarde al trabajo. Y el primer monólogo interior que le sigue es el debate que sostiene entre quedarse durmiendo con la esperanza de que todo fuese una pesadilla, y la necesidad autoimpuesta de cumplir con su obligación laboral.
Por un lado, seguir durmiendo le era difícil por la imposibilidad de lograr su postura favorita al dormir, y por otro, la obligación de ir a trabajar le resultaba odiosa, al detestar a su jefe, como parte de la frustración mayor que era su propia vida.
Gregorio Samsa era un alienado. Y su enajenación, sin duda, precedía en mucho la transformación final que aconteciera ese fatídico día. O mejor la noche, pues ya todo había sido consumado al despertar. Obligado por deudas heredadas y propias, Gregorio Samsa era, además, un mediocre.
Publicada en 1915, La metamorfosis forma parte de una larga lista de obras, literarias y plásticas, que sirvieron de vehículo a sus autores para denunciar la mediocridad de la sociedad en la que vivían. Treinta seis años antes, Ibsen había publicado Casa de muñecas, y la serie de pinturas llamada Celos, de Munch, data de 1907.
Pero nada más lejano del sueño gestante de monstruos de Samsa que el del narrador de la novela Por los caminos de Swann, de Marcel Proust. El narrador comienza asegurando que «por mucho tiempo se iba a la cama temprano», para habitar el libro, que tenía en la mano al conciliar el sueño, volviéndose sus personajes, sus historias, para luego desprenderse de ellos, tan solo segundos después de su primer despertar. A este primer sueño le podían suceder otros, incluso uno, en el que «una mujer nacía» de sí mismo, como resultado de «una mala postura» de la cadera. Sin duda, un mismo equívoco geométrico en la cama puede dar resultados muy opuestos.
Pero detrás de la aparente lejanía entre las obras contemporáneas citadas de Proust y de Kafka, allá, en el fondo de la narración del francés, la misma enajenación tiene su residencia donde se esconde mientras busca el tiempo perdido.
En todo caso, obras literarias aparte, la enajenación, como bien nos hizo saber Marx, se determina, en última instancia, por la personalidad propia que adquiere lo que hemos creado una vez que se escapa de nuestras manos. Y la mediocridad burguesa, que tanto detestaban todos los autores mencionados, es resultado ineludible de reducir toda aspiración cultural a la apropiación del todo, y cada una de sus partes, como mercancía.
Por eso (y por otras razones), la batalla contra el capitalismo es una batalla contra la enajenación humana que nos esclaviza. Mientras las claves de la reproducción de una sociedad solo se realicen en el mercado, la alienación será sistémica. No importa el nombre que le demos a la sociedad en la cual ocurra: capitalista o socialista, y solo proponiéndonos superarla es que podemos aspirar a una condición de libertad plena.
Mientras tal cosa llega, hay refugios en los que hallar la felicidad que en apariencia la realidad nos niega. Luchar por un mundo mejor es la riesgosa profesión de los que, en batalla permanente por no ser alienados, como que crean crecen.
Si no lo creen, miren a Chedomir Savich Chupich, que le rió a la muerte, la más terrible de las muertes, minutos antes de morir fusilado por los chetniks, colaboracionistas de los fascistas. Una foto obligatoria de los reos condenados a morir lo muestra sonriendo, el cuerpo relajado, las manos delante esposadas, y la tranquilidad en la mirada. Chedomir fue condenado y fusilado el 9 de mayo de 1942, por ser guerrillero antifascista. Tenía 29 años cuando le sonrió a la muerte y ahí, venciéndola, nos demostró que aun en las condiciones extremas, siempre queda la opción de no darse por vencido.













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