ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Más de cien niños han muerto en Gaza desde que se decretó el alto al fuego, en octubre de 2025. Foto: Unicef

Ali Abu Zour no pudo pronunciar siquiera su primera palabra cuando tuvo que ser enterrado. Tenía tres meses y murió por hipotermia. El bloqueo de Israel a la entrada de ayuda humanitaria a Gaza extrema las condiciones de supervivencia, en medio de un fiero invierno.

Salman al-Zawarah, de 13 años, y su primo Mohammed al-Zawarah, de 15, recogían leña para cocinar y calentar a sus familias, cuando un avión no tripulado israelí los asesinó.

De acuerdo con la Unicef, más de cien niños han muerto en el enclave costero desde que se decretó el alto al fuego, en octubre de 2025. Se trata de un aproximado, dicen los medios. Las cifras «podrían ser mayores».

En Kermanshah, Milina Asadi, de tres años, y su padre, regresaban luego de comprar leche y medicamentos, cuando fue alcanzada por disparos en la espalda, lo que causó su muerte. Una niña de ocho años, de Isfahán, que se encontraba también de compras con su familia, fue impactada en el abdomen, el mentón y la parte posterior de la cabeza. Los exámenes forenses determinaron que las balas eran de «tipo militar israelí».

Según las autoridades iraníes, grupos armados y elementos terroristas al mando del Mossad y Estados Unidos fueron los responsables.

Legitimar la violencia y la muerte en nombre de la geopolítica no es una moda, es un crimen constante que vulnera todo derecho, y se perpetúa porque así lo permiten los que ordenan, los que aprietan el gatillo, y los que callan. Una vez leí: «Hay que estar en silencio cuando los niños duermen. No cuando los matan». Gritemos más alto, los estruendos de las bombas no pueden sonar más que todas las voces juntas.

Desde abril de 2023 hasta la fecha, más de ocho millones de menores en Sudán, lo que representa casi la mitad de los 17 millones en edad escolar, llevan unos 500 días sin clases, en lo que se ha convertido en uno de los cierres educativos más prolongados del mundo, superando los registrados durante la pandemia de la COVID-19, reportan medios y ONG. El combate ha paralizado la educación en todo el país. Para los pequeños que queden con vida, ¿qué futuro habrá: casas devastadas, algún familiar, escuelas reducidas a cenizas?

¿Cuánto se ha quebrado la humanidad que ya los niños no les temen a los fantasmas que se esconden debajo de las camas, sino a las balas? Los monstruos que antes hacían a los pequeños pedirles a sus padres que los acunaran se han vuelto realidad y, muy a su pesar, los mayores no pueden protegerlos. Monstruos son las criaturas sin alma que, disfrazados con piel de hombres, les disparan a quemarropa a los niños o los privan de su infancia. Cualquiera de las dos variantes es una forma de muerte. 

Y de los enterrados en los escombros; los muertos por desnutrición, hambruna o frío, ¿qué se sabe? Poco o nada. Quizá cifras y, ¿qué pueden hacer los números por esas familias? Quedarse en denuncia –al parecer– porque las guerras persisten, patrocinadas, sobre todo, por aquellos que las convierten en negocios, como el grupo de Paz, que no ha alcanzado soluciones al conflicto en Gaza, pero sí ha pedido millones. 

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